martes, 5 de mayo de 2015

No Name

NoName


I
No tenìa nombre, nadie lo sabìa, solo la nombraban en voz baja, como "Desafiante", la cara màs visible de la avanzada del maldito que destruìa nuestras vidas sin piedad.
Diminuta, con cara de santita, la primera vez que la vi estaba cubierta de sangre, con una espada en cada mano, caminando sobre una pila de cadàveres, rematando heridos.
Fue tal el impacto al verla que quedè mudo, para el mundo real era inexistente, su ùnica dedicaciòn era asesinar impiadosamente, con la sola orden de su amo, tambièn, tenìa una increìble buena suerte, ya que jamàs la hirieron.
Aquella primera vez, me perdì el espectàculo de verla en la batalla, solo vi esa espantosa imagen, fueron unos minutos, pero tuve pesadillas durante meses.
Todos le temìan, aùn màs que al Tirano, imponente, pero lejano e intocable, ella estaba a mano, hasta podrìa tocarla y hablarle.
Cobardemente me unì a ese ejèrcito del infierno, con la firme decisiòn de  eliminar a sus cabezas.
Tardè en comprender, que siempre hay un tirano y brazos ejecutores, tambièn cobardes que acatan cualquier barbaridad, como en mi caso, aunque mis fines fueran la plena traiciòn.
Bueno, todos nosotros los andrajosos que comìamos los despojos del ejèrcito del Tirano, jamàs tenìamos contacto con los principales.
De inmediato, al verla tan cerca, apenas unos metros de donde esquilmaba un pobre muerto, todas las leyendas que se tejìan a su alrededor, cobraron vida, mientras miraba esa minima mujer, que nada se aproximaba a la figura estereotipada que tenìa de ellas.
Lo que hizo que soñara, (aunque el tèrmino real fuera pesadilleara), fue que este engendro se dio vuelta, miràndome directamente a los ojos.
Un tremendo escalosfrìo corriò por mi columna, estuve a punto de orinarme encima, los ojos que no veìa por la cerrazòn del casco, me miraron durante un eterno minuto, para luego darme la espalda y continuar con el remate.
Me obsesionè, lo admito, comenzè  a prestar atenciòn a las historias sobre esa mujer que parecìa alejada de la raza humana, ya que desconocìa la piedad y todos los buenos sentimientos.
Realizo una disgreciòn, durante ese perìodo horrible en el cual el paìs fue incendiado de punta a punta, vi muy pocos buenos sentimientos, incluyèndome.

II
Durante nuestra entrada a lo que quedaba de una hermosa ciudad, nos dedicamos a saquear con tranquilidad, ya que ningùn poblador quedò vivo, rescatè de una elegante tienda, ¡bah!, lo que quedaba, una mochila de cuero, varias resmas de papel y làpices, que los despojadores no nesecitaban, ya que la mayorìa no leìa ni escribìa.
Al ver los objetos, mientras metìa en mi enorme morral las boludeces habituales, metì papeles, plumas, varios tinteros y secantes, pensando que no debìa perder totalmente mi pasado, en el que era maestro de la escuela en mi ciudad.
Ahora que traspaso en papel las impresiones, espero que mi mente descargue el horror que vivì, en realidad, que todos vivimos, para aunque sea lograr dormir seis horas, sin pesadillas.

III
Un año màs tarde, me ocurriò algo trascendente.
Para variar buscaba comida en una aldea saqueada, lo que era en extremo difìcil, con mi magra pitanza en una bolsa de tela, pasè la ùnica pared que quedaba en pie y quedè paralizado.
La imagen quedò pirograbada en mi mente, una mujer muy menuda, vestida solo con una tùnica de algodòn gris, bastante desteñida, atada con una sogita en la cintura, arriba de las rodillas, sandalias sin suela, el cabello por los hombros, color ceniza,  nariz y boca pequeña, lo màs increìble eran sus ojos, no pude definir si eran azules, casi blancos o blancos, lo que ensombrecìa sus rasgos, hacièndola parecer ciega, tambièn lo que metìa miedo eran la cantidad de cicatrices visibles, que marcaban  brazos y piernas.
No era una loca que buscaba que alguno de nosotros la violara, era la Desafiante.
Nada extraordinario pasò, la pose relajada, no se abrieron los cielos, ni la circundaban dragones escupiendo fuego, ni rayos y centellas le abrìan paso.
Al igual que la vez anterior, los segundos de cruce de miradas, se transmutaron en siglos.
Durante esos metafòricos siglos, revivì la muerte de toda mi familia bajo su espada, sí, SU espada, en realidad de la avanzada de las sombras como la llamaban en mi ciudad, algunos trasnochados pensaron que podìan hacerles frente.
Lo màs increible, leì claramente su decepciòn porque yo no podìa matarla, estaba armado, sì, pero era una verdad, no podìa tocarla una extraña fuerza, lo impedìa a pesar de mis deseos.
Para mi consuelo de tonto, ninguno de los despojadores, asì nos decìan, podìa hacerlo, a pesar que mi historia era calcada de la de todos ellos.
Inopinadamente, pedì:
_ Quiero unirme a la avanzada.
Me miro con cara de no haber entendido las palabras, pero captè su atenciòn, lo intente nuevamente, màs lentamente, como si hablara con una niña, o una retrasada mental:
_ q u i e r o u n i r m e a t u e j è r c i t o.
Obtuve su atenciòn plena, me mirò de arriba abajo durante un momento, hizo una seña que la siguiera, de esta manera, me unì al ejèrcito del Tirano, màs especìficamente a la avanzada.

IV
Cuatro meses màs tarde de este hecho, podìa decir que en nada diferenciaba a mi vida con los despojadores.
La avanzada del ejèrcito del Tirano estaba compuesta por locos, maniàticos, asesinos convictos, salvajes, con tendencias suicidas.
El ejèrcito regular les temìa, vivìan de manera asquerosa, como cerdos en un chiquero, el peor de estos ejemplares era Crofp, el segundo de la loca de ojos blancos.
Èl era el interlocutor con los estrategas del ejèrcito, ya que ella parecìa no comprenderlos, pero para ejecutar lo planeado era mandada a hacer.
Como me lavaba la cara todos los dìas y escribìa en mi diario, pasè de llevar la impedimenta en un carro destartalado, comiendo sobras, a acercarme al cìrculo de Crofp
Lo que cuento sucintamente, me costò meses de juntar la mierda de los suicidas, siempre avanzando hacia la fortaleza de los elementales, devastando todo a nuestro paso.

V
Al convivir con la Desafiante y Crofp, en varios momentos pensè que perdìa la chaveta, porque eran dos seres salidos de  pesadillas.
Avanzàbamos, sin tener encontronazos, iban delante, yo inmediatamente detràs, llevando al tiro a una mula, que transportaba la fragua portàtil de la Desafiante.
En cada lugar que nos asentàbamos, prendìa un fuego, trabajaba en la fragua, primero con sus armas, luego con las nuestras, tambièn con las que los soldados de la avanzada le alcanzaban.
Existìa la leyenda, que cualquier fluìdo corporal que cayera sobre las armas que realizaba, tenìan un poder letal mayor, en apariencia era asì ya que tenìamos muchos menos bajas, de las que normalmente tendrìamos que tener, por el trabajo realizado.
Ante cada parada, mi primer deber era armar la fragua, la utilize o no, casi siempre lo hacìa, en mi infernal existencia, el pim pim del martillo, sonaba hasta en mis pesadillas.
Creò una armadura articulada con unas pùas que sobresalìan por todos lados, ultra liviana, Crofp tenìa una, lo que lo hacìa parecer un exòtico y peligroso animal.

VI
Las escaramuzas se multiplicaron al acercarnos a la fortaleza elemental, era una zona cubierta de bosques, accidentes geogràficos y rìos, que bajaban caudalosos de las montañas.
Los que debìan abrirnos una brecha en el bosque fueron eliminados, entonces nos encomendaron abrir una brecha, para los que debìan abrir una brecha en el bosque.
Bueno, salimos a una especie de claro rocoso entre dos mesetas, Crofp que se encontraba junto a ella, cayò con una flecha en el pecho, me encontraba a pocos metros, me acerquè con alivio que fuera èl y no yo, cuando fui testigo de un extraño espectàculo.
Desafiante pidiò agua, al alcanzàrsela, la arrojò al rostro, lo màs asombroso, lo sacudiò violentamente gritando:
_ ¡Què ves! ¡Què ves!.
Saltè de terror, al escuchar a Crofp responder con angustia:
_ Mi vida, hice todo mal.
La mueca era espantosa, presentìa que mis pesadillas volverìan.
Asistì a un verdadero fenòmeno sobrenatural, aunque la gente del S XXI, dirìa que eràmos todos obsesivos compulsivos, con tendencias  psicòpatas.
Esa fue la primera vez que escuchè claramente una especie de chasquido dentro, como si algo se quebrara, pero no en el cuerpo, algo de la mente o en el alma, si la tenìa, ya que durante ese perìodo dudaba de ello.
Lo màs asombroso fue ella, por primera vez mostraba el fuego interior que la consumìa
Con un ùltimo suspiro, cagò fuego o expirò, depende lo educados o gràficos que sean.
La vi completamente abatida, arrodillada junto al cadàver, con la barbilla en el cuello, los cabellos cubrièndole el rostro, fue para mí, como una epifanìa, como cruzar un umbral.
Recuerdo cada detalle, en los cabellos tenìa restos de sangre y algo màs.
Al segundo levantò la cabeza, miràndome con los ojos blancos, hablò sin emociòn alguna:
_ Ahora sos Crofp.
Mirò la insignia del tridente en el pecho de Crofp, la flecha, lo habìa hundido hasta su mismìsimo corazòn, una ironìa del destino.
_ No importa, igual sos Crofp.
En un año, era la primera vez que la escuchaba hablar tanto.

VII
Dìas màs tarde apareciò un fulano del alto mando, a caballo, con uniforme de gala, los metales de la armadura brillantes, sus armas de apariencia nueva, claramente se notaba que le daba asco estar ahì, con la escoria màs valiente del ejèrcito del Tirano.
Durante mi tiempo con ellos lo habìa visto varias veces, traìa las òrdenes de los cràneos del comando general, kilòmetros atràs, donde se decìa que la gente estaba limpia, comìa y bebìa en vajilla, en fin.
Con la nariz fruncida por el olor a muladar humano, preguntò:
_ ¿Y Crofp?.
Le hice una expresiva seña, que entendiò enseguida, se dirigiò a ella:
 _ Desafiante  ¿Quièn es el nuevo lugarteniente?.
Sin responder, me señalò.
Toda esta conversaciòn la hizo sin bajar del caballo.
_ ¿Tenès nombre?
_ Shivret.
De un tiròn me dio todos los detalles elucubrados por el mando mayor, junto con unos planos del terreno, por ùltimo me preguntò:
_¿Sabès leer?
_ Sí.
Me alcanzò un primoroso sobre, lacrado, con las insignias del Tirano, con el notorio alivio de no tener que leerle la carta, ya que probablemente no entenderìa nada.
_ Adiòs y suerte.
Abrì la carta y leì en voz alta el mensaje del Tirano a su asesina favorita:
_ “Querida Asvil, mis asuntos en la capital han terminado, en breve nos veremos.
Continua asì, la fortaleza elemental està cerca de caer, todo gracias a tu entrega por la causa”.
Firmaba con una larga lista de tìtulos.
Se me retorcieron las tripas, si sobrevivìa conocerìa al causante de que la mayor parte del paìs estè en llamas y que mi familia, como la de muchos, muriera.
Màs allà de mi nàusea, con la sorpresa de saber su nombre y con la ignorancia de no entender porque nadie lo usaba, le dì la misiva, la mirò sin comprender, dejàndola caer al suelo lodoso, continuò afilando su hacha.
Hice un comentario banal sobre las òrdenes.
_  Asvil, buscarè a los exploradores para mostrarles los planos.
Al instante estuve en el suelo, con una filosa daga que me cortò levemente el cuello, los ojos blancos en los mìos destilando odio.
_Asvil, no. Desafiante, sì.
Y saltò hacia atràs, alejàndose.

VII
Al estar atravesando una zona de lagos, valles, altas motañas, bosques ocultos, resultaba natural en el otoño que hubiera niebla, durante la mayor parte del dìa.
Asì entramos en un pequeño llano, oculto entre montañas gigantes, bosques abigarrados, de pronto se abriò un camino, que resultaba notorio que hacìa rato que nadie lo hollaba.
La niebla insinuaba el contorno de casas semiderruìdas, el viento montañoso, creaba un sonido sibilante, que me dio escalosfrìos.
Desmontamos y hablò:
_ Aquì, aldea de Desafiantes de la Muerte.
Con esas palabras, el espeluznante lugar tomò otro cariz, ganando en espanto.
La seguì, porque a medida que nos metìamos en de la aldea abandonada, la niebla era màs densa y compacta, parecìa tomar entidad fìsica.
Un pànico irracional, que nacìa del estòmago se apoderò de mì, paralizàndome, al instante, la niebla me envolviò desorientàndome por completo, sentì, como si fuera una tercera persona, la lucha entre la mente que instaba a avanzar y el cuerpo que como mula, se negaba a acatar la orden.
La piedra en el estòmago cediò, al aparecer la fantasmagòrica Desafiante, los ojos blancos, fosforecìan como el fuego fatuo de los cementerios.
_ Elementales hechizar lugar, nadie encontrar. Y quien entrar, jamàs salir.
Tomò mi mano, tropezando, me guìo hasta una casa cochambrosa, que un soplido la derrumbarìa.
_Abrir puerta.
Al hacerlo, dì un paso, literalmente caì de espaldas, la casa era preciosa, como la de los cuentos, iluminada por varias làmparas, un fuego crepitante y acogedor en la chimenea, bellos muebles, una mesa servida, retratos enmarcados sobre encantadoras mesitas, en fin, parecìa que alguien aparecerìa para recibirnos.
Caì  a los pies de la Desafiante, al incorporarme, casi vuelvo a caer, un leve halo naranja, como un reflejo, se despegaba de ella
Al igual que cuando murìo Crofp, la vì trapito, con una depre notable, respirò hondo, enderezò la espalda, quedàndose en medio de la estancia.
_ Maldito padre hechizar casa donde vivir con madre. Desaparecer cuando los tres morir.

VIII
Despuès de un tiempo  (que parecìeron años),  de vivir con la avanzada, mis pensamientos sufrieron un cambio sutil.
El odio que sentìa contra la Desafiante de la Muerte, virò en compasiòn, por el sufrimiento interno que se le notaba a kilòmetros.
Su vida se reducìa a avanzar hacia la fortaleza elemental, sin importar el costo, no dormìa, apenas comìa, ni se comunicaba con nadie.
Cada tanto se lavaba la cara en algùn balde que encontraba por ahì, la ropa roñosa se la cambiaba, porque tomè la costumbre de alcanzarle limpia.
Al repartirse los saqueos, o la paga del ejèrcito, dejaba el dinero por cualquier lado, sistemàticamente, lo juntaba y al intentar dàrselo, me lo regalaba.
Sentìa asco de mì mismo por aceptar una paga por matar a mis semejantes, solo por vengarme de la Desfiante, por eso, todo lo recaudado, iba a parar a la cola de ese ejèrcito, a mis ex compañeros, los despojadores, que se lo repartìan sin entender mis motivos, miràndome con admiraciòn por haber llegado tan alto.
Cada vez que realizaba esta operaciòn, al regresar a mi puesto buscaba un sitio apartado para vomitar, porque me odiaba, ya que por màs que lo intentara, algo, una fuerza sobrenatural me impedìa clavarle un cuchillo en medio del pecho.

IX
Varias veces tuve que ir al comando general, que estaba a varios kilòmetros detràs nuestro, describirìa que estaban como reyes comparàndolos con nosotros, pero era todo un asco igual.
Allì conocì a un viejo mèdico del ejèrcito, llamado Dayou, quien me relatò la historia de los Desafiantes de la Muerte
Como una especie de antiguo pacto entre los perfectos mortales de antaño e inmortales, para mantener el equilibrio, se le pidiò a la Muerte que permitiera que unos pocos mortales no fallecieran, sino solo bajo su mano, cuando ella lo creyera necesario y en combate singular.
Unos treinta componìan este extraño clan, que la Muerte retaba cada tanto, los combates solìan durar semanas, inexorablemente, ganaba la Muerte.
Pasados los eones, un mortal asesinò a otro, porque envidiaba su trato con los inmortales, el equilibrio se rompiò, los mortales pelearon por cualquier cosa, avanzando sobre territorios vìrgenes, donde moraban los inmortales y otros seres màgicos.
Tambièn los elementales, se enamoraron de mortales, tuvieron hijos, rompiendo el equilibrio.
Poco a poco, los inmortales fueron regresando a su mundo, hasta que solo quedaron los que moraban en la fortaleza.
Los desafiantes no eran necesarios porque la Muerte cosechaba a cuatro manos, cuando se aburrìa de cosechar por guerras y plagas, los eliminaba de a uno.
La ùltima que quedò, la madre de Asvil, fue respetada por su embarazo, su padre, un elemental de fuego, acatò el mandato de ir a la fortaleza, abandonando a la madre de la Desafiante, es el que tiene la llave para la muerte, que tanto anhela la loca.
Nada la detendrà, ya que el padre del Tirano la criò en el odio, mutilàndola para que no conozca el placer.

X
Meditè durante dìas en el relato de Dayou, que conocìa de primera mano, ya que era un jovencìcimo estudiante, discìpulo del mèdico personal del padre del Tirano.
Sì, no leen mal, parece joven, pero tiene  màs años que el Tirano, segùn Dayou, los Desafiantes, no envejecen como el resto de los mortales y en mi trastornada jefa, hija de un inmortal, era màs notable.
O quizàs fuera, porque me parecìa increìble ver a un ser residual, de las èpocas en que elementales y mortales, convivìan felices, o casi al menos.
Toda esa antigüedad que yo mismo relataba a mis educandos, cuando tenìa otra vida, que imaginè inmutable.
Al contar esas historias, opinaba que eran todas un bolazo, ya que mi carácter era muy mental y racional.

XI
Tuvimos varias escaramuzas, pero ninguna batalla verdadera contra los elementales, el chisme era que todos emigraron hacia la fortaleza.
Sabido que o se unìan o morìan, muchìsimos ciudadanos traspasaron la frontera, donde cinco mil kilòmetros delante, se encontraba el legendario paìs de Dorzer.
Bueno, la hago corta, parte de mi cambio era que mi temor a la confrontaciòn desapareciò.
Antes de entrar a la zona de los grandes bosques, a la Desafiante la desafiaron, valga la redundancia, uno de los paladines que protegìa la retaguardia de los que huìan.
Admirè la valentìa del hombre que enfrentarìa en combate singular, con la que solo la Muerte en persona podìa eliminar, quizàs haya sido estupidez, en realidad.
La cita se dio en un claro, con ambos ejèrcitos de un lado y otro, sinceramente el otro era un ejèrcito, disciplinado, con armaduras, cascos refulgentes, espadas, caballos acorazados, detràs la infanterìa en tensa espera, nosotros, cien roñosos, armados y olorientos.
El verdadero ejèrcito del Tirano, estaba como a cuatro kilòmetros detràs nuestro, apenas un joven mensajero que les llevaria las noticias, los representaba.
La ayudè a colocarse la armadura que diseñò y armò, una especie de chaleco que se ataba con tiras de cuero, con una espina dorsal de aguzadas puntas, lo mismo que el casco, brazos, piernas cubiertas de placas de metal, que se fijaban con correas de cuero.
La  simpàtica creaciòn, tenìa dos espadas auxiliares en la espalda, màs las dos que llevaba en el cinturòn y las dos en la montura, màs sus dagas cruzadas a en el pecho a modo de bandolera, parecìa una niñita disfrazada para algùn carnaval.
Subiò de un salto al caballo, le alcancè las dos espadas para que coloque en la cintura, hablò mientras se acomodaba el casco:
_ Cuando este caer, atacar con todo. No dejar uno vivo.
Mirè la refulgente caballerìa que tenìa detràs el paladìn, sentì asco de mi mismo, ya que tendrìa que estar de ese lado y no con la avanzada del Tirano.
Volviò a clavarme los ojos blancos.
_ Segundo Crofp, aquì vivo, allà muerto.
Puso el caballo en camino al centro del claro, quedè con la boca abierta, porque evidentemente registraba màs de lo que yo pensaba.
Cualquiera que mirara la escena, pensarìa que la justicia estaba de nuestro lado, porque parecìamos unos pobrecitos desahuciados y los paladines de los elementales unos snobs relucientes, pero se sabe que las apariencias engañan.
Como pasa habitualmente, esperaba una espectacular liza, lanzàndose uno contra el otro, que el choque sacara chispas de las armaduras de los caballos y las espadas.
Pero la Desafiante era experta, en un acto circense, parada sobre el caballo, con un movimiento de equilibrio perfecto, cruzò las espadas a travès del cuello del paladìn, atravesando el metal que lo protegìa, perdiendo la cabeza, literalmente.
La mìnima mujer saltò del caballo, agarrò de los pelos la cabeza, enganchàndosela del cinturòn, mientras nosotros avanzàbamos.
Montò y a toda velocidad se lanzò contra la caballerìa, muchos de ellos, descendientes de elementales.
De manera increìble, los refulgentes caballeros, dudaron unos segundos, porque ver a una mini tipa, con una cabeza colgando del cinto, arremetiendo contra ellos, resultaba casi un portento.
Bastantes desordenados, la seguimos, cuando ella de manera asombrosa abriò una brecha, luchando con las dos espadas, nosotros caìmos e hicimos una faena bastante buena.
De pronto, entre el caos de la batalla, ya detràs de ella como correspondìa a mi puesto de segundo Cropf, quedamos frente a un hombre de unos sesenta años, con barba y bigotes blancos, de armadura plateada, perfecta, creada por los elementales.
Un pibito pàlido con gesto de horror, estaba detràs, con un estandarte que marcaba al viejo, como hijo de un elemental.
Con sorpresa, me di cuenta que la trastornada, abriò paso directamente hacia la retaguardia de los paladines, dando con uno de sus lìderes.
El viejo, dijo algo, que solo lo entenderìa, años màs tarde, que quedò enterrado en el fondo de mi memoria:
_ Ves como los elementales.
Y la atacò de manera brutal, pero ella con aparente facilidad, (escribo: aparente) lo atravesò con las dos espadas en el centro del pecho.
Una luz blanca cegadora los cubriò durante unos segundos, al volverse visibles, el viejo, cayò del caballo.
La Desafiante, no sè si por la contraluz solar, brillaba, hasta que se moviò, vièndola tal cual, cubierta de despojos, con gesto aburrido, en la punta de las espadas, restos del corazòn del finado hijo del elemental.
El resultado de la batalla con los paladines fue obvio, porque si no, no estarìan leyendo esto.
Al rato cayò, la reluciente caballerìa del Tirano, sus oficiales se quejaron porque no les quedaban pares para luchar, pedazos de pelotudos.

XII
No quiero dar la imagen que llegamos a la fortaleza elemental, surfeando sobre cadàveres, muy por el contrario, a medida que nos acercàbamos, sacaron la magia de sus galeras para enfrentarnos.
Con la perspectiva que dan los años, vi que los elementales se confiaron en su propio poder, que el ejèrcito del Tirano caerìa, porque el bien siempre vence al mal.
Permìtanme una irònica disgresiòn: ja, ja y ja.
Màs allà que a nosotros nos guiaba una especie de fuego interior, muchos de la avanzada morìan como moscas, por diversas enfermedades y heridas en batalla.
Pero esto venìa a cuento que al ver claramente que nada detendrìa a la Desafiante, solo la Muerte, lo intentaron de todas las maneras posibles.
Obesionada que en la fortaleza estaba su norte, los elementales pensaban que matàndola o neutralizàndola, el Tirano se desmoronarìa.
Lo que contarè a continuaciòn, pasò dentro de este plan.
Unos quince dimos a un pueblucho, enclavado en la punta de un risco, nos paramos en el centro, en una especie de plaza, como tienen todos los pueblos.
Curiosamente, los habitantes no lo quemaron al retirarse, quizàs por estar alejado del camino principal, la vista desde la altura, era imponenente, parecìa que estàbamos entre las nubes.
Bueno, la cuestiòn es que de las casas que rodeaban la plaza, algunas muy bonitas y antiguas, aparecieron una jaurìa de perros enormes, la mayorìa leonados, con rayas, completamente furiosos.
Atacaron a los que se encontraban  dispersos cerca de las puertas, me sorprendiò la velocidad con que los eliminaron, escuchè los gritos de agonìa, aterrado.
_ Mandar elementales. _ mascullò la Desafiante.
Pensè que era una locura y que me iba a volver loco.
Ràpidamente los perros abrieron un camino entre los hombres, casi sin daño alguno, por parte de los animales, por supuesto.
La Desafiante se puso en guardia, directa y ràpidamente cinco de ellos la atacaron, de manera feroz.
Defendièndose con las dos espadas, los perros màgicos la mordieron en un brazo, la pantorrilla izquierda, por primera vez la vi sangrar de verdad.
Nos paralizamos, al ver que la Desafiante llevaba las de perder, no la matarìan, pero quizàs quedara mutilada gravemente.
Utilizè toda mi fuerza de voluntad para intevenir, ya que en mi, luchaba la satisfacciòn de ver como los perros la malherìan y cierto cariño de la convivencia.
Los perros solo la atacaban a ella, dejando de lado al resto, cuando no soportè màs la escena, intervine, de inmediato los perros se lanzaron en mi  contra.
Varios hombres se sumaron al rescate tardìo, a mi flanco derecho, vi a la Desafiante pasàndola realmente mal, con la derecha, intentaba mantener alejados a dos, mientras que otro lo tenìa prendido del brazo izquierdo, tuvo que distraer la defensa, para cercenarle la cabeza al del otro brazo.
No sentì lo mismo que al pelear con hombres, tenìa miedo, de verdad, inexplicable, una roca en el estòmago, que me volvìa màs lento.
Quedè tan cerca de la Desafiante, que fui salpicado por su sangre, mezclada con la de los animales, realmente la admiraba, ya que luchaba sin cejar, lanzando estocada tras estocada, llevando todas las de perder.
En algùn momento, nuestros hombres salieron del estupor y nos ayudaron, con lo cual la pelea con los perros màgicos, comenzò a inclinarse a nuestro favor.
Los perros tenìan una voluntad y fuerza sobrenatural, todos intentaban llegar a la Desafiante, que resollaba como un caballo cansado, la sangre formaba un charco a sus pies, ya que de manera insòlita, las dentelladas, destrozaron los metales que le cubrìan las pantorrillas.
En un momento, en lo màs sangriento y ruidoso de la pelea, tanto la Desafiante como los perros se detuvieron sùbitamente, como si escucharan un sonido lejano.
Debiò haber sido asì, porque como si oyeran una orden inaudible, los perrros se fueron como llegaron.
En el centro de la plaza, de la cual los animales no nos dejaron casi movernos, brotaron ayes de dolor terribles, para variar, al oìr, sumando la visiòn de los hombres mordidos, algunos destrozados, supe que retornarìan las pesadillas.
Me encontraba a unos pocos metros de la loca, pero de espaldas, me di vuelta, solo para verla caer despatarrada.
Claro que no estaba muerta, no podìa dejar de mirarle las dentelladas, que en algunas partes le arrancaron pedazos de carne, sangraba como una canilla abierta, parecìa que cada lugar de su cuerpo menudo estaba lastimado.
Claramente, como si fuera una pelìcula, mi mente desgranaba el tiempo, como si todo fuera màs lento la reacciòn fue alzarla, conciente que tambièn estaba lastimado y tenìa dolores espantosos.
Milagrosamente aparecieron parte de nuestros hombres, con la caballerìa del ejèrcito, entre ellos Dayou.
Luego me dirìa, que al vernos hechos mierda, lamentàndonos como niñitas, no comprendiò lo que pasaba, ya que los perros que matamos, se convirtieron en cenizas, que el viento del este esparciò.
Sus ayudante se dedicaron a los hombres, me indicò llevar a la Desafiante a una de las casas.
Al entrar, preguntò boludamente:
_¿Què es ese olor? Parecen flores, lo sentimos, apenas tomamos el camino hacia aquì.
En efecto, un aroma exquisito, flores, frutas, maderas, ¡bah!, a magia, el aroma elemental.
Sentì asco de mì mismo, por profanar lo bello, màgico y sagrado de la Tierra, sirviendo a este engendro del infierno, de igual manera, con este deprimente pensamiento, literalmente arrojè a la Desafiante sobre un primoroso jergòn, que al instante quedò chorreando sangre.
_ Sacale la ropa. _ ordenò, mientras sacaba unos utensilios, que parecìan refinados instrumentos de tortura.
De sus ropas que normalmente eran trapos, solo quedaban jirones, el vòmito brotò de mì, al sacarle lo que quedaba de la protecciòn de la pantorrilla derecha.
Las dentelladas, como a Crofp, rompieron el durìsimo metal, enterràndose en sus flacuchas piernas, al tirar, escuchè su carne desgarrarse, al mirar, un colgajo (perdòn la redundancia), colgaba del metal destrozado.
Vomitè, hasta que las arcadas me hicieron doler el estòmago.
_ Si terminaste, agarrà un balde y trae mucha agua._ oì la voz de Dayou.
Le alcancè dos baldes, con varios trapos, que eran mononos repasadores bordados, limpiamos a la Desafiante que estaba hecha mierda.
Colaborè durante horas, superando mi asco, così los cortes menores, mientras Dayou intentaba reparar los mayores.
De pronto, la Desafiante despertò, incorporàndose, mirò al mèdico con odio, volviò a recostarse, la obliguè a beber una pòcima, que la dejarìa drogada y en las nubes.
Cuando terminamos lo grueso, la pasamos de jergòn, al taparla vi su pubis, retrocedì espantado, casi no tenìa vello, pero tampoco labios vaginales
Con morbosidad perversa, observè el raro fenòmeno, tenìa unidos los labios, salvo por un  pequeño resquicio, la costura,( sì, estaba cosida) se notaban las cicatrices de los pinchazos, terminaban a la altura del ano.
Al ver mi cara de espanto, Dayou susurrò:
_ El padre del Tirano trajo un cirujano de Dorzer para hacerlo, fue cuando tenìa unos siete años. Tambièn le rebanaron el clìtoris, aunque no se ve.
_ Hijos de puta_ me saliò del alma.
Comprendì la razòn de su odio, sumàndome al sentimiemto.               
Despuès que Dayou me curò, se fue a ver a los otros, apoyè mi cabeza a los pies de la cama y llorè desconsoladamente.

XIII
Desafiante tardò unos cuantos dìas en despertar, porque sìguiendo la indicaciòn de Dayou, le di la pòcima a mansalva, ante mis ojos observè su asombrosa recuperaciòn, sì, màgica.
Tambièn enviaba comida especial para ella, compuesto de cierto tipo de alimentos y una buena raciòn para mì, craeda por el cocinero de la oficialidad.
Mientras la cuidaba, volvì a tomar vino, a comer carne y verduras, a sentarme en una mesa, con mantel, vajilla, a leer y escribir.
Aprovechè esos pocos dìas para vivir en una casa normal, limpiè la sangre, prendì un fuego, hasta cocinè,  leì unos textos que encontrè en la casa, bastantes boludos, pero libros al fin.
Fue como volver a la normalidad, una casa, fuego en el hogar, cocinar, barrer, hasta me bañè minuciosamente, corte mis crenchas, me afeitè, por completo, porque desconocìa cuando terminarìan mis vacaciones.
La pòcima la volteaba, aprovechando para hacerle las curaciones, tal y como lo indicò el conchudo de  Dayou, las heridas eran muy profundas, pero curaban a una velocidad asombrosa.
En esos dìas cayò una tormenta de verano, viento y lluvia durante horas.
Morbosamente, mientras la Desafiante estaba inconciente, observè el horrror que le hicieron, era perfecto, podìa orinar y defecar, pero no tener placer.
Mis pesadillas regresaron, apenas cerraba los ojos, perros furiosos me perseguìan, al alcanzarrme, me arrancaban los genitales a mordiscos.
Debo haber gritado mientras dormìa, porque que despertè, sacudido con violencia por la Desafiante, que me miraba con los ojos blancos, de mirada anodina, sin sentimiento alguno.
Me incorporè, abrazàndola, el antiguo odio transformado en hermandad, me identificaba con cierto dolor, que ella jamàs demostraba.

XIV
Durante dìas tomò la pòcima, hecha con unas flores rojas, originarias de las tierras del oeste.
Uno de esos dìas, durante ese parate obligatorio, volvì del bosque, con una magra caza a decir verdad y ella no estaba.
Desde el comando, el mèdico enviaba una provisiòn de tònico calmante, dejàndolo en el cuarto donde la Desafiante se recuperaba, habìa cinco, ahora una sola, como la tipa estaba loca, por màs que me quemè la cabeza, no se me ocurriò adonde podrìa haber ido.
Al anochecer, fui a dar una vuelta para buscar leña, la encontrè durmiendo, enroscada como un perro, bajo un roble, frente a la casa a su lado, la botella del sedante casi vacìa.
Realmente, no me preocupè, ya que no podìa morir, pero de igual manera, la alcè, acostàndola, calentè agua, la sacudì, quizàs con màs violencia de la necesaria.
Verdaderamente estaba inconciente, con el cuerpo inerte, de repente en una de las sacudidas, sentì en mis manos el exacto momento que la mente, conectò con el cuerpo, tuve una sensaciòn sobrenatural, como de que algo hubiera entrado en el cuerpo de la Desafiante.
_ Soltame._ dijo enfocando.
Retrocedì, se sentò con las piernas cruzadas, milagrosamente, volviò a hablar:
_ Querer comer, igual que vos.
Entonces, descartè la sopa enviada para ella, dàndole mi estofado de liebre.
Primero lo olìo, le di la cuchara, suspirando comiò un bocadito, pocos minutos màs tarde, lo habìa tragado entero, tomò media jarra de agua, se tirò para atràs.
_ Maldito Dayou confesar que comida que dar, cambiar caràcter.
Recordè al instante, la noche que saliò, esa misma mañana me encontrè con Dayou que rengueaba y tenìa un ojo en compota, junto con un extraño comentario:
_ No sè si sos la mejor influencia para la Desafiante.
Chan.

XV
Ya me habìa acostumbrado a que mi jefa cada tanto despareciera, regresaba dìas màs tarde, no sè como expresar en su caso contenta, o màs tranquila.
Aprovechaba esos momentos, para escribir, o ir a buscar alguna chica, no de las que frecuentaban la avanzada, sino de las que seguìan a la oficialidad, màs o menos diez kilòmetros. detràs de nosotros.
Esas mujeres, sabiendo que todos sufriamos de carencias afectivas graves, me cuidaron muchas veces casi con amor maternal, digo casi, porque cobraban mucho.
Todas ellas, acostumbradas a las pesadillas de sus eventuales clientes, por eso al salir de mi infierno personal onìrico gracias a los llamados de Garina, casi lloro de alivio en sus brazos.
Mi maldita mente, al instante reemplazò el alivio por la realidad, que era peor que las pesadillas.
Ahì sì, llorè hecho una bola sobre la cama perfumada, sentìa que Garina me abrazaba, como un niñito degenerado, llorè a moco tendido sobre su pecho.
Se ve que algo debo haber hablado dormido, porque despuès de un largo rato, cuando ya solo nos envolvìan los sonidos nocturnos del comando y piafar de los caballos, Garina susurrò:
_ Quizàs debas dejar la avanzada.
Salì del lecho, me lavè la cara con el agua de una jofaina, levantè del suelo la botella de aguardiente, tomando un largo trago, que me quemò la garganta, dejàndome sin aire durante varios segundos.
Resollando para recuperar el aire, me di cuenta que no podìa dejar a la Desafiante, que algo me ataba a ella, negàndome de manera conciente a llamarlo sentimiento.
_ Todos lo que estamos aquì, tenemos pesadillas, cada uno las auyenta como puede. La loca a quien servìs, tiene un amigo aquì en el comando._ opinò Garina, sentada en la cama.
Debe haber sentido mi asombro, expresado sin palabras, porque riò y continuò.
_ Se llama Alac, bisnieto  de una  elemental de agua. Hace los planos.
Volvì a la cama, para disfrutar.
Al dìa siguiente, salì de los brazos de Garina, para ir a en busca del amigo de la Desafiante, bastante descreìdo que tuviera alguno.
Hacièndome el boludo preguntè a un oficial que conocìa, ràpidamente ubiquè la gran carpa donde estaba el tal Alac.
Me detuve en la entrada, buscando la excusa perfecta para mi faceta de chusma, cuando saliò de dentro un hombre menudo, de mi edad, cabello moreno, bastante crespo, de rasgos fuertes pero armoniosos.
_ Asì que sos el famoso Shivret. Pasà es un honor conocerte. _ exclamò con voz gruesa.
Exageradamente hizo una seña, la carpa era grande, una mesa dominaba la visiòn, llena de planos, reglas y làpices, sirviò dos vasos de vino de excelente calidad, que bebiò como si fuera agua, nos sentamos frente a frente, en silencio durante varios minutos.
De pronto me di cuenta que estaba molesto ante el atractivo Alac, que se daba cuenta y disfrutaba de ello.
Se levantò, buscò algo debajo del catre, corriò los mapas, apoyò una caja de madera pequeña, al abrirla, aparecieron soldaditos de metal, algunos de ceràmica y madera, caballos, delicadamente pintados.
_ Asvil viene aquì a jugar. Busca su caja, se queda  a veces horas, a veces dìas, a veces minutos.
Mi sorpresa por lo revelado, dio paso a la vergüenza por descubrir algo privado.
_ No te preocupes, me dijo que tarde o temprano te conocerìa.
La odiè, por conocerme tanto.

XVI
Luchàbamos espalda con espalda, contra los ciudadanos que intentaban detener la locura del Tirano.
Casi no escuchaba cuando mi espada entraba en alguien, ese ruido como si se rasgara una tela gruesa.
Cuando terminamos nuestra faena del dìa, quedè en cuclillas, entre los cadàveres, como siempre fui conciente de la traiciòn a mis pares, a todo lo que creìa estable, hasta que vi muerta a mi familia.
Para variar vomitè, sin tener tiempo para sacarme el casco, me chorreè todo, dàndome un silencioso ataque de nervios, tironeè de las tiras de cuero, hasta que mis torpes dedos lograron el cometido.
Dejè todo tirado, yèndome del lugar, caminando sin rumbo, hasta que esquivando cadàveres y despojadores lleguè a un riacho, bastante sedimentoso, mojè mi rostro y lo crucè.
Camine alelado, hasta bien entrada la noche, derrumbàndome junto a un àrbol, con la horrible sensaciòn de espanto por mi ètica, por la persona en la que me  habìa convertìdo.
Con la cara apoyada en la tierra, pasaron las imàgenes de cuando llevaba una vida predecible, en la cual pedìa cada dìa algo que me sacara de la abulia, aunque lo que  pintò, no era exactamente lo que deseaba para huir de la rutina.
Con el depresiòmetro peligrosamente alto, porque ciertas ideas suicidas se colaron en mi, la mente se apagò y me dormì.
Al despertar el sol estaba alto, la Desafiante se encontraba sentada delante, su caballo triscaba cerca.
Sin utilizar el pensamiento, mi primera emociòn fue odiarla, como si manara de mi corazòn, no se dio por aludida, alcanzàndome una especie de paquete, hecho con un trapo anudado.
Lo abrì, frambuesas y moras que juntò para que coma.
Estùpidamente rompì a llorar, con las manos enterradas en el rostro, entre hipidos y sollozos, la escuchè:
_ Segundo Crofp ser libre de irse, asì dejar de sufrir. Nadie tocar, dar salvoconducto.
Mirè los frutos rojos, sopesando las palabras; ambas acciones demostraban cierto cariño o sentimiento, lo que me sorprendiò sobremanera, deduciendo que la Desafiante se encontraba muy sola, para brindar cariño a alguien que la odiaba.
Como un zombi, seguì con ella.

XVII
Como lugarteniente mi ùnico deber era seguirla.
Debido a ello, sentì claramente el cambio en mi mente, antes fue solo un esbozo, o mejor escrito un destello, en ese lejano ayer, fue una maldita realidad para mi.
Ella no dormìa como cualquiera, sino cuando tenìa ganas, lo mismo con la comida, generalmente una vez al dìa.
Cuando dormìa, me acostaba cerca, descansàbamos cuidados por nuestros compañeros, apenas un par de horas, cada vez.
Con el paso del tiempo, pero sobre todo por el frìo dormìamos pegados, espalda con espalda.
Obviamente, yo necesitaba dormir màs, cuando esto ocurrìa, ella me cuidaba, al despertar, inexorablemente me cruzaba con su mirada hueca.
En este mundo trastocado, me daba tranquilidad verla al despertar.
En lo màs crudo del invierno, con nevadas a la vista, la falange de la desafiante se detuvo en un caserìo, ya desierto y semiderruìdo.
Los habitantes huìan, quemando todo a su paso, pero por  el apuro o vaya saber porque, un par de casas quedaron en pie.
Con el fuego crepitando, amontonados como perros en el suelo, dormimos por primera vez una noche entera.
De pronto despertè, la Desafiante dormìa plàcidamente, con la cabeza apoyada en mi pecho, abrazàndome de manera inconciente.
Con la soltura interna que da el estar medio dormido, la acomodè, porque sentir su cuerpo junto al mìo me daba mucha ternura.
Metiò la cabeza en mi cuello.
_ Desafiante no ama, no sabe. _ murmurando
_ No importa, tampoco sè.
La apretè màs contra mi cuerpo (estàbamos  varios grados bajo cero) y volvimos a dormirnos.
A partir de ese dìa dormimos siempre asì, abrazados.

XVIII
Y cierto dìa nublado, que presagiaba una tormenta de primavera, apareciò el Tirano.
Decir que “apareciò”, no es correcto, antes de ver su carruaje dorado, tirado por cuatro caballos blancos lustrosos, surgiò una guardia fanfarriante, que nos dejò secos con las trompetitas.
La Desafiante, que trabajaba en la fragua, mejorando las pùas de su casco, al escuchar la musiquita, lanzò un largo suspiro, dirigièndose cansinamente al camino.
Despuès del tururù de las presentaciones de un joven insignia, parò el carruaje dorado, un pibito con librea, puso una alfombra, abriò la puerta y .......todos contuvimos la respiraciòn hasta que bajò el Tirano.
Admito mi sorpresa al ver bajar a un tipo alto, gordote, vestido de terciopelo rojo, armadura dorada, barbita, recortada con prolijidad, lleno de anillos y preceas inventadas, que le colgaban del cogote papudo.
La sorpresa no fue por lo rìdiculo del Tirano, sino que era un tipo de unos cincuenta largos, Dayou, me contò que la Desafiante era varios años mayor.
Sentì un crac, que no supe si vino de las cervicales o de mi mente, solo que mis ojos viraron del perfumado Tirano, a la espalda de la loquita, porque mi racionalidad educada en la universidad, no creìa demasiado en los seres màgicos, pero ahì estaba, bañàndose con un balde en un estercolero.
Màs que crac, volò por el aire, o sea PUM.
Pero ese dìa de iluminaciòn, apenas empezaba, ya que Tirano abrazò a la Desafiante, besàndola en ambas mejillas con mentiroso cariño, extendiò la mano, un perfume floral inundo nuestras narices.
Del carruaje dorado, (obviamente) bajò la princesa del cuento, reencarnada en la hija menor del tirano Tattin, de diecinueve años.
¿Còmo describirla?, hermosa, bella, limpia, virginal, perfecta serìa lo adecuado, disculpen, hacìa meses que no veìa a una mujer tan inmaculadamente  prolija.
Como escribì arriba, la mayor sorpresa fue al ver a la Desafiante, siempre era indiferente, esta vez tenìa la boca abierta, embelesada mirando a la joven.
Tattin le extendiò la mano, e insòlitamente, la Desafiante solo le hizo una reverencia, escondiendo ambas manos detràs de la espalda.
Casi sentì ternura, ya que no se atreviò a darle la mano roñosa y callosa por la espada y el martillo.
Despuès el Tirano dijo un par de pelotudeces rimbombantes, montò con su hija al carro dorado y desapareciò rumbo al comando general.
A partir de ese momento el ànimo de la Desafiante cambiò por completo.
Si antes dormìa poco, ahora nada, si antes cruzàbamos dos palabras por dìa, ahora niguna, solo se sentaba bajo un àrbol, con su mini fragua, el yunque y las herramientas, pero nada hacìa.
Al tercer dìa, un paje de librea, con la nariz fruncida, me alcanzò un sobre, apenas pude contener la risa mientras se lo leìa.
Si, disfrutaba con su sufrimiento, a veces al menos.
“El Tirano invita a Ud y su lugarteniente al comando general, bla y bla, cena etc, etc.”
Me mirò completamente desesperada, Tattin la desestabilizò, lo que me parecìa asqueroso e increìble.
No relatarè aquì la tortura que fue la cena para ella, sentada junto a Tattin, que abiertamente le coqueteaba, apañada por el Tirano lo que fue para mì, francamente e incomprensible.

XIX
Durante el tiempo que esperamos por la pesada maquinaria para el asedio de la fortaleza, fui testigo de cómo Tattin seducìa a la Desafiante.
Ocurrìa que nosotros, la avanzada, cumplìamos bien el trabajo, ergo avanzàbamos mucho, dejando muy atràs a la infanterìa y la impedimenta.
Durante kilòmetros y dìas no veìamos a nadie, pueblos, ciudades abandonadas y quemadas, al ver esto, mi estòmago se retorcìa, brotando del fondo de mi mente adormecida la pregunta, ¿què estoy haciendo?.
Bueno, màs allà de mi ètica y moral, enterrada por el instinto de supervivencia, no me dì cuenta la forma que el Tirano, nos metìa en un plan, salido de su peor lado.
Tres dìas despuès de la cena, descansaba plàcidamente, casualmente luego de almorzar todos juntos, como una familia de psicòpatas antifuncionales, apareciò Tattin, con una acompañante madura y dos guardias.
La Desafiante, dormitaba tirada en el suelo, con la  panza al aire, absorviendo el calor del sol, interponièndose Tattin, tambièn oìmos su alegre voz:
_ Qiuiero dar una vuelta y mi padre solo me da permiso si me acompañàs vos.
La Desafiante se levantò como si tuviera un resorte en el orto, dirigièndose al corral donde estaban los caballos.
Tuve que accionar mi propio resorte anal, siguièndola al corral, nos pusimos unas pecheras de metal, llevamos las consabidas espadas, etc.
Durante el tranquilo paseo, ìbamos los tres en lìnea, Tattin intentaba  entablar una conversaciòn con la Desafiante, empresa imposible.
Realmente, me habìa vuelto un mal tipo, o quizàs lo fui siempre, porque disfrutaba enormemente, ver el apuro y sincero sufrimiento de la Desafiante, verla nerviosa, alterada resultaba toda una novedad.
Tattin hablaba hasta por los codos, solo callò cuando llegamos a un enorme lago azul entre las montañas, el paisaje bello y apacible.
La Desafiante desmontò de un salto, ayudando a la muchacha, fue raro ver, tomarla delicadamente de la cintura y depositarla con facilidad en el suelo.
Durante unas milèsimas de segundo, sus ojos se cruzaron, Tattin cayò en el silencio, solo la miraba y nos ayudaba a preparar el picnic.
No quiero que se lleven la impresiòn de un mantel con florecillas rojas, una canasta con vajilla, vino añejo y exquisito, entre la Desafiante y yo, reboleamos todo, ponièndolo asì nomàs.
Increìblemente nuestra zafia desprolijidad hizo reìr a carcajadas a la joven, lo que dejò deslumbrada a la Desafiante, que no era para nada sutil.

XX
Despùes del picnic, trabajò en la fragua durante dìas, sin detenerse, ni para comer, ni para dormir, solo para beber agua o aguardiente e ir a orinar.
La mordida de la pantorrilla aùn estaba rìgida, lo que le producìa calambres, que la hacìan retorcerse e insultar.
Cuando terminò, puso la manta de su caballo en el suelo y durmìo tres horas.
Enviolviò  su trabajo en un paño, bastante roñoso, se puso el cinto con las espadas, se lavo la cara, se mojò el pelo, para poder atàrselo.
_ Segundo Crofp, no seguirme. _montò dicièndome.
El relato vino de labios de Tattin, años más tarde:
“ Entrò al cuartel, pasando entre los guardias, hasta llegar  a mis aposentos privados, donde estaba con mis cortesanas, que me ayudaban a vestir.”
(Nota: Tattin hablaba de esa niña malvada y hermosa como si fuera otra persona, porque era otra persona.)
“ Nadie la detuvo, la vi entrar, pequeña, con un paño roñoso que tirò sobre mi tocador, ante los susurros de mis cortesanas, que echè sin dudar, porque Asvil me conmovìa y no comprendìa la razòn.
Al abrirlo, vi las joyas màs hermosas que jamàs tuve, collares, anillos, brazaletes y pulseras.
En ese momento vi que su interior era como el de una niña, que todo la sorprendìa, sobre todo las emociones, que desconocìa.”
Claramente notè, con unas pocas semanas que Tattin cambiò de actitud, de ser una niña caprichosa, venenosa y maquiavèlica, a una mujer plena y feliz.
Largos pensamientos dediquè al hecho que tener cerca a la Desafiante nos hacia crac en el interior, tambièn calibraba la posibilidad que los tres tuvimos que confluir con estas circunstancias.
Vendrìamos a ser una versiòn freak del dicho: “dios los crìa y el viento los amontona.”
Nos cambiaba y ella seguìa igual, parecìa que la energia de amor que le inyectaba Tattin, la hacìa ir màs ràpido a su destino, en fin.

XXI
Un dìa que trabajò febrilmente con la fragua, parò para comer con todos, lo que me pareciò extraño, pero ella era extraña.
A pesar de su natural huequez, la notè rara, al caer la noche, se levantò, estiràndose, fue a la choza que utilizàbamos para dormir, la seguì, se tirò sobre una pila de pieles que habìa en un rincòn y enroscada como un perro, se durmiò.
Cuidados por la avanzada, me recostè, a pesar del cansancio, tardè en conciliar el sueño, como siempre, las imàgenes de mi vida anterior, poblaban mi imsomnio.
Apenas me dormì, cuando sentì que me tocaba, acostumbrado, no me sobresaltè, ni gritè como niñita, al ver en medio de la oscuridad los ojos blancos, que tenìan luz propia.
La vi tomar un carbòn del brasero apagado, tiznarse el rostro y las manos, me alcanzò un trapo negro para cubrirnos el cabello, la imitè, suponiendo que saldrìamos.
Nos colocamos las dagas, fue al fondo de la choza de madera, en total silencio retirò un pànel, asomò la cabecita, saliò, la seguì y volviò a colocar el parche.
Esquivando  a los que estaban despiertos, salimos del campamento por las letrinas al aire libre.
Admito que tuve la cena en la garganta, asì que retuve el aliento, corrì detràs de la Desafiante, hasta que lo atravesamos.
Al correr unos quinientos metros, me di cuenta que ibàmos al comando general, supuse que visitàrìamos a Tattin, pero no.
Dimos un gran rodeo, con una habilidad inusitada, esquivamos todos los controles metièndonos, donde en còmodas carpas y una limpieza que me dio nostalgia, la oficialidad descansaba.
Levantò el lateral de una, reptamos al interior de la de Dayou que antes era la ùnica persona que cada tanto charlaba, recordàndome, que allà fuera del infierno, realmente existìa un mundo.
Siempre me sorprendiò la fuerza fìsica en alguien tan pequeña, tapò la boca del durmiente Dayou con una mano, con la otra apoyò una daga en su cuello.
Màs que ver, sentì el miedo del mèdico, solo atemperado al ver que era ella.
_ Atar y amordazar.
Realizè lo pedido, en parte por curiosidad, otra disfrutando del temor del mèdico, un hilo de sangre cayò, porque cortò ligeramente el cuello.
Bovinamente, Dayou  fue conducido a nuestro chiquero, de la misma manera subrepticia en la que salimos.
Fue notable como el hombre no hizo ruido, o muy poco, una vez dentro, con una seña me ordenò sacarle la mordaza, mientras ella hurgaba entre los cachivaches de la fragua.
_ Esto no es necesario _ fue el indignado comentario de Dayou.
Ella le hechò una mirada asesina, que lo rescato al silencio instantàneamente.
Ambos observamos con curiosidad cuando colocò junto a la cama un trapo, al desenrollarlo vimos que eran escalpelos relucientes y agujas, de su infecto rincòn, trajo un saquito de cuero, con vendas relucientes y catgut, tambièn de un rincòn sacò varias botellas del calmante hecho de la flor roja.
De un saque, hizo fondo blanco con dos frascos.
Escuchè el suspiro de Dayou, entonces lo encarò de mala manera, diciendo:
_ Hijo de puta, arreglar lo que arruinar.
Evidentemente mareada por el calmante se sentò en la cama.
_ No creo poder hacerlo. _ respondiò Dayou.
_ Si no hacer yo matar _ amenazò y se bajò dos botellas màs.
Fui el desgraciado ayudante de tan aciaga operaciòn, que se realizò cuando la Desafiante, despuès de tomarse siete botellas, cayò inconciente, con mi flojera estomacal, cuando terminò casi tres horas màs tarde, vomite llorando por la crueldad.
Durante bastante tiempo al recordar la operaciòn, las arcadas regresaban, al igual que el llanto.
El mèdico se quedò una semana, hasta que la fiebre bajò, tambièn Tattin, que trajo a dos mucamas que mejoraron nuestro muladar.
La cuidò personalmente, higuinizàndola tal y como se lo indicara Dayou, la primera vez, aguantò hasta el final, pero saliò de la choza y llorò a moco tendido.
Me mirò con esos luminosos ojos negros, arrasados por el llanto, diciendo:
_ ¿Porquè le hicieron tanto daño?  Si lo vieras....
Y volviò el mar de làgrimas

XXII
Dos meses màs tarde de la llegada del Tirano y su bella hija, llegaron las màquinas para el asedio, con lo cual dimos por terminadas las vacaciones.
Podrìa terminar la frase aquì, dando comienzo a la etapa màs àlgida y dolorosa de mi existencia, en la que me di cuenta, cuan atado estaba a la Desafiante, pero no.
La cara de culo de la Desafiante al ver la maquinaria guerrera arribar, fue horrible, entonces le demostrò a Tattin cuanto la amaba, sin disimulo, disfrutando de ese sentimiento nuevo para ella.
Para la avanzada, su ejèrcito de convictos y loquitos como ella, fue un cimbronazo verla enamorada de Tattin, demostràndole amor, a su manera, que era màs bien fuera de lo comùn.
La seguìa como un perrito, permitièndole arreglarle el cabello, hasta que le pidiò que se lo corte, porque le incomodaba con el casco, amèn de que se le llenaba de piojos.
Pero durante un tiempo, la Desafiante fue peinada, medianamente limpia, arreglada y lo màs insòlito, contenta.
Desconozco los vericuetos ìntimos del amor entre ellas, solo veìa, quizàs màs cerca que el resto, cuan felices eran.
Tattin separada de la ègida nefasta de su padre, dio un vuelco, el brillo de maldad en sus ojos, despareciò.

XXIII
Cuando solo faltaban veinte kilòmetros para la fortaleza, empezò realmente la guerra para mì.
Luchabamos durante dìas, obviamente sufrimos una paliza importante, tan importante que se nos uniò la caballerìa.
Aunque tambièn, porque necesitaban hacerse ver, con sus relucientes uniformes, su gallardìa de libro para damas solteronas, en fin, unos pelotudos totales.
El general de la caballerìa era un tipo alto, muy parecido al nieto del elemental que la palmara un tiempo antes, se la pasaba con Alac y los estrategas para hacer cagar ràpidamente a nuestros inventados enemigos.
La caballerìa estaba constituìda en su gran mayorìa por nobles, ricos y terratenientes, como de sus hijos.
En ese momento, despuès de tres años, compartìamos campamento con estos señoritos, siendo mi jefa objeto de su curiosidad y burlas veladas o no tanto.
Sinceramente nuestro aspecto no era el mejor, ya que en las trincheras (nos encontràbamos en el primer frente), todo el tiempo estàbamos con las armaduras, porque los elementales eran fenomenales peleadores, incansables, gracias al ayudìn màgico.
Durante todo el avance, la Desafiante habìa refinado nuestras protecciones, no era un armadura rìgida, sino partes protectoras  con las articulaciones al aire, lo que nos permitìa mayor movimiento y menor peso.
Un par de oficiales, sobre todo los màs jòvenes eran muy pesados con la Desafiante, despreciando abiertamente a la avanzada.
Con solo un par de dìas de convivencia forzada,  hubo varias peleas, hasta un duelo con un piojoso de la avanzada, que apenas podìa hilar dos palabras seguidas.
Mi jefa no pasaba por su mejor momento, supuse por la separaciòn de su amada, ahora sì, parecìa que tenìa una nube negra que hechaba rayos y truenos.
Yo que me encontraba de manera constante a su lado, vì su cambio de caràcter, quizàs la separaciòn forzosa en medio de su idilio, pero por primera vez la notaba irritada y hasta furiosa, lo que sumado a su locura general era en extramo peligroso.
Descànsàbamos, si se puede decir de esa manera, en un cementerio de la consabida ciudad abandonada, siempre en alerta porque constantemente nos atacaban.
En cuanto algunos de ellos se dieron cuenta que podìa hablar y hasta esbozar un pensamiento, hablaron de la advertencia de sus mayores con respecto a mi jefa, que no la molestaran, ya que estaba completamente loca.
Hasta que ocurriò lo inevitable, uno de los jovenzuelos relucientes, pasò junto a ella a caballo, en vez de frenar le tirò el animal encima gritando innecesariamente, ”Corrrete, loca de mierda”.
Esquivò al pobre caballo, con un movimiento rapidìsimo, sacò la espada cortàndole los tendones traseros, mientras el animal caìa, saltò, atajando en el aire al caballero pisaverde, atravesàndole la garganta y cayò perfectamente.
Limpiò la espada en su pantalòn, cuando oì que terminaba de caer al suelo, sin vida.
Lo màs asombroso para mì, que estaba a tres metros, con una botella de aguardiente en la mano como un boludo, fue que todo parecìo ocurrir en càmara  lenta.
Se dio vuelta para mirarme, se ve que tenìa cara de siome, con la boca abierta, porque dijo:
_Segundo Crofp,  estar a velocidad emocional.
Cierto, veìa todo màs lento, como una especie de gran angular, cada detalle de la escenografìa que nos rodeaba; los ùnicos que parecìamos movernos y pensar èramos nosostros dos.
¡Malditas cosas raras!

XXIV
El brillo de los ojos de la Desafiante cambiò por completo, al tener a la vista el risco donde se emplazaba, imponente, la fortaleza, estaba feliz y llena de energìa para continuar.
El amor de Tattin le habìa dado cierta fineza, a su personalidad inmadura.
Una mañana se levantò antes del amanecer, me pateò, ordenando:
_ Querer bañarme, traer agua para calentar. _ al ver mi cara de sorpresa, volviò a patearme_ Dale.
Metiò en la casucha en la que pernoctàbamos, un enorme tonel de madera, sacò de un morral dos potes.
_Regalar  Tattin. _ dijo al ver mi expresiòn.
Volquè agua caliente, luego frìa, se desnudò, acercò una mesa en la tenìa las navajas y ... un espejo.
Se mojò el pelo, desenredàndolo a los tirones, luego se lo cortò, dejàndose un poco màs largo en medio de la cabeza, lo enjabonò, le tirè un balde para enjuagarla.
Colocò sobre un trapo parte del contenido de un pote, refregàndose con ahìnco, el agua quedò literalmente negra, para enjuagarla tirè otro balde, saliò de la tina, se puso una camisa que le quedaba enorme.
Cargò los baldes,  a los pocos minutos, puso a calentar màs agua, para que yo haga lo mismo.
Mientras disfutaba del baño, me agarrò de la barbilla, pasàndome la navaja con mano experta, tambièn por el pelo, al soltarme, tuve un escalosfriò, dàndome cuenta que durante la afeitada, mis mùsculos se agarrotaron por la tensiòn.
Al sentir que le tenìa miedo, se entristeciò y no lo disimulò, esperaba otra reacciòn, no la que fue en realidad.
_ Segundo Crofp, desconfiar de Desafiante.
Con inusitada amabilidad, puso ropa limpia cerca de la tina, dirigièndose hacia la puerta.
Mi cuerpo actuò sin pensar, saltè de la tina, atajàndola en la puerta, dàndola vuelta bruscamente chorreando agua, con el culo congelado, la besè, sin comprender la razòn, durante un microsegundo bajò todas sus defensas,  sentì sus manos tomàndome del brazo.
Leì su jugada, no en vano convivìamos desde hacìa tiempo, me tirò un rodillazo a los testìculos, pero me adelantè, le hice una toma, estaba resbaloso por el agua y el jabòn floral de Tattin, perdì el equilibrio, caì sobre la Desafiante, atajando mi peso con las manos.
Quedè con mi rostro en su rostro, estirò los labios, la besè de nuevo, me tomò por el cuello apretàndome sobre su cuerpo huesudo, sentì como me calentaba sin quererlo.
Gracias a la penumbra, sus pupilas estaban dilatadas, dàndole una increìble expresiòn a su mirada; mi mente se apagò al leer que me querìa, como podìa hacerlo cualquier mujer.
Nos besamos mucho, durante largos minutos, tanto que me olvidè el contexto en que me encontraba.
Levantè la casaca, miràndola como si fuera por primera vez, tenìa la piel pàlida, los pechos muy pequeños, como de una pre adolescente, temblò de miedo, entonces bajè de nuevo la casaca, donde como en un flash, vi una de las cicatrices dejadas por los perros.
Volvì a sus labios, entre los mìos murmurò con un extraño dejo de dolor en la voz:
_ ¿Desafiante no gusta a Shivret?
Nunca pronunciaba mi nombre; y sì, necesitaba estar con algo parecido a una mujer, que no fueran las putas roñosas que se me acercaban.
Aunque la realidad era que me identificaba con ella.
Esta vez, le saquè la camisa, tomàndola del tobillo la acercquè medio a la rastra, a la luz del hogar.
Le mirè la entrepierna, obviamente le faltaban los labios mayores, abrì lo que quedaba de los menores, en los que se notaba la extensa costura hecha por el hijo de puta de Dayou, sus genitales eran muy pequeños y allì, metido en un pliegue, lo que quedaba del clìtoris.
Toquè ese cosito ìnfimo, hasta que lo sentì, se retorciò, agarrada a la pieza de tela de algodòn que usamos como toalla, que habìa quedado en el suelo.
Jamàs me la imaginè sintiendo placer, lo que me resultò un espectàculo que disparò mi calentura.
Sentì humedad en mis dedos, al querer meter uno, me di cuenta que su vagina era muy pequeña, la mirè a la luz del fuego y si, era muy pequeña.
Recuerdo que iba a decirle que la podìa lastimar, pero me callè la boca, volvì a sus labios, me subì, y la penetrè... y algo ocurriò.
Una vez vencida la resistencia, fue lo màs placentero de toda mi vida, me movì dentro de ella, sintiendo una extraña energìa, claro, mas allà de su hediondez era un ser màgico.
Me arañò la espalda retorcièndose como un pescado, nos mordimos los labios, no sè en que momento, el amor se transformò en lo mejor que sabìamos hacer, una guerra, violenta obviamente.
Eyaculè  empujando, sintiendo el tope, temiendo romperla, porque era diminuta fìsicamente.
Me tirè panza para arriba como una tortuga muerta, jadeando, ella sonreia con los ojos cerrados, la vì plenamente  satisfecha.
La mirè a la luz del fuego, de nuevo algo se moviò dentro, claramente fue una emociòn, quizàs por la escenografìa bastante romàntica.
Me olvide que su cuerpo musculoso era un mapa de cicatrices, que iba casi pelada y que estaba completamente chapa, la vi con la luminosidad del fuego, hermosa, delicada, pequeña.
Toquè su perfil con un dedo, hasta llegar a los labios, primorosamente cerrados, me mordiò fuerte, cortando mi romàntica demostraciòn.
En un segundo la tuve arriba, la amè, literalmente durante horas, revolcàndonos por todos lados.
No recordaba haber recibido tanto placer en toda mi vida, la pequeña salvaje, incansable volviò a besarme y de esta manera  nos dormimos, junto al fuego.
Lo ùltimo que recuerdo es haber puesto màs leña, atraerla hacia mì, abrazarla y dormirnos.

XXV
Cuando abrì los ojos, ella aùn estaba ahì, mirando el techo, serìan las tres de la madrugada, el fuego crepitaba.
Parecìamos una pareja normal, en un mundo normal.
Aunque me encontraba en el suelo, tuve un mareo, porque me acordè el odio que le tenìa, algo cambiò en mì, sintièndome una mierda, un traidor a mis muertos, hijo de puta, como todo el ejèrcito del Tirano, el rey de los hijos de mil putas.
Como buena mandarina traidor, unas làgrimas hirvientes salieron de mis ojos, corrieron por la mejillas y terminaron sobre la manta, donde estaba apoyado.
Desde que conociò a Tattin, tambièn cambiò, sentìa cierta necesidad de comunicarse; sin mirarme, con los ojos en el techo, hablò:
_ Cuando encontrar Muerte, ocuparte de Tattin. Llevar lejos del Tirano. _ el insòlito pedido era difìcil de cumplir, leyendo mis dudas continuò impaciente _ Hacer lo que Desafiante decir.
Se subiò arriba mìo, con sus ojos que tenìan luz propia, clavados en los mìos.
_ Segundo Crofp, hacerlo, asì ser feliz. Si no vivir en odio toda la vida.
Recostada sobre mì cuerpo, liviana y etèrea, pero infernal, fue un gesto dulce, tierno, como cualquier mujer enamorada que busca la protecciòn de su amado.
No saltè hasta el techo, ante este pensamiento, la abracè, con ternura, porque cierta parte de las emociones, estaban como muertas en mi interior, solo funcionaba por pulsiones o instinto.
_ Segundo Crofp, gustar mucho a Desafiante, por eso cuidarlo. _ susurrò leyèndome la mente

XXVI
Dentro de esta luna de miel inesperada, de este arranque sentimental por parte de ambos, tuvimos un descanso, como una especie de impasse, antes de entrar verdaderamente en el infierno.
Una noche, despuès del amor (sì, es la exacta palabra), saltò de la cama, desnuda se asomò al ventanuco del cuarto.
Al instante mi cuerpo saltò de la cama, pegàndose a la pared helada, porque olì el aroma elemental, junto con la visiòn de un halo naranja que la circundaba, que parecìan llamas en la oscuridad.
Con velocidad sobrenatural, se puso la bandolera de dagas, se abrochò el  cinturòn con las espadas, completamente desnuda saliò de la casa, dejando abierta la puerta.
Pudorosamente, me puse los pantalones, tomè las espadas, yendo tras ella.
Lo que vì al salir, me hizo trastabillar y literalmente, caer de orto, sintiendo en mi humanidad la dureza de las lajas.
La Desafiante estaba a unos diez metros delante mìo, con su blanco culo al aire, unos metros màs adelante, dos jinetes, mujer y hombre, tanto ellos como sus cabalgaduras, se encontraban envueltos en llamas, que viraban del rojo al azul màs profundo.
Desmontaron, la Desafiante se puso en guardia.
La mujer levantò la mano, hablò con una voz, que  subyugarìa a la persona màs vil:
_ Hemos venido a dialogar. Tu eres como nosotros, no como ellos _ hizo una ligera señal con la barbilla, hacia mi lado _ Abandona al Tirano. Ven con nosotros, conoce a tu padre.
Al escuchar esto, las llamas de la Desafiante, estallaron en explosiones que dejaron mis oìdos zumbando.
_ Ustedes no entender. Llegar momento que nosotros irnos o morir. Tierra pertenecer a humanos.
Hubo un silencio, solo roto por los chasquidos de los halos.
_ Yo no saber como irme.  _ se señalò el corazòn y la cabeza _ Aquì y aquì, solo haber odio.
_ Lamento corroborar lo que algunos de mis hermanos afirmaban _ dijo el hombre con tristeza.
De  pronto la Desafiante rompiò a reìr.
_ Irse niñitas o matar.
Desenvainò las dos espadas, las flamas que la cubrìan, ràpidamente subieron hasta la punta de ambas.
_ Muy bien. La Muerte te espera en la fortaleza.
_ A ustedes tambièn.
Montaron y se fueron.
La Desafiante dejò de brillar, soltò las espadas, tomàndose la pierna, cayò al suelo.
Al ir a ver que le pasaba, explicò:
_ Maldita energìa elemental, hacer doler mordida de perros de mierda.
Dos segundos màs tarde, se sentò delante mìo, que seguìa como alelado.
_ Segundo Crofp ir lejos. Elementales matar, porque yo preferir.
Las implicancias de esas palabras, me agobiaron bastante, cansado de toda esta historia, preguntè para hacer mi carga menos densa:
_ ¿ Y Tattin?.
Levantò las cejas de manera muuuuy expresiva.
_ Vos ser màs preferido. Cumplimos con leyes de aquì.
Caì con los brazos para atràs, con el desaliento en el corazòn, con los ojos cerrados, vi los rostros de toda mi familia, para mi mal, no sus voces, por màs que lo intentè, ni siquiera la de madre.
Escuchè su puta voz nuevamente, aunque un poco màs lejos:
_ Irte. Nadie ganar a Muerte.
La oì entrar  a la casa y despuès solo los bichos de la noche.
Como no valoraba la vida, me quedè.

XXVII
Durante ese tiempo, los elementales nos la pusieron en extremo complicadas, eran difìciles de eliminar, para nuestro mal convocaron a todo el mundo màgico, habido y por haber, para defender su bastiòn
Tambièn, mi incansable jefa, sentìa tan cerca su objetivo que era dificil que se detuviera, siquiera para tomar aliento.
Durante esa etapa de espantoso horror, que para sobrevivir debìa matar seres màgicos de los cuentos infantiles, mi espìritu desapareciò, fui un demonio, con lo bello de este mundo.
Levantaba los ojos, a mi alrededor, solo existìa  la muerte, el sufrimiento, un paràmo de lo que fue un paraìso.
Vi a la Desafiante eliminar a una elemental de aire, clavàndole una daga en el corazòn, por defenderme, al abandonar el cuerpo, el halo plateado que la circundaba, fue absorvido por el pecho de la Desafiante.
Esto ocurrìa cada vez que mataba a uno de ellos, parte de su energìa pasaba a mi jefa, volvièndose màs poderosa, no necesitaba comer ni dormir, alejàndose de su condiciòn humana.
Un amanecer que dormitaba entre la maquinaria del asedio, mientras ella estaba en el frente, pensando, añorando su amor fìsico, aunque me dolìa cada parte del cuerpo.
La sentì llegar sin verla, me habìa armado con una lona una especie de refugio, que se apoyaba en una de las vigas de madera de las màquinas de asedio, al igual que varios otros, lo que le daba el aspecto de una tolderìa de locos y trastornados.
Cerca nuestro se encontraban los mèdicos, que eran màs enterradores que salvadores.
Se sacò el casco, quedàndose con la armadura, en cuclillas, parecìa un animal mitològico.
Me miraba, pero no lograba ver su expresiòn, ya que en la semi penumbra, sus ojos refulgìan como dos faroles.
Como la lona era mi cucha particular tenìa una especie de lecho y un farol, que utilizaba para escribir, al subir la llama vi sangre en la tierra, al seguir el goteo, notè que debajo de la axila sobresalìa una empuñadura.
El puñal penetrò entre la articulaciòn de la armadura, ahì notè su transpiraciòn, los dientes apretados y la respiraciòn dificultosa.
La puse de costado en mi muladar, destàndole las correas que mantenìan sujeta la armadura, obviamente mi primer pensamiento fue ir en busca de Dayou, pero leyò mi intenciòn.
_ No hijo de puta, ayudante. _ murmurò con un hilo de voz, quizàs por el dolor.
Como la conocìa, no dije ni mu, fui hasta la carpa hospital, intentando no fijar la vista en nada ni en nadie, ya que el lugar era hediondo y sanguinoliento, con continuos ayes de dolor.
Ubiquè al joven ayudante de Dayou, que por su aspecto parecìa màs un carnicero psicòtico que un mèdico, tenìa veintitantos pero aparentaba cincuenta; la muerte constante, lo habìa embrutecido.
Le hablè al oìdo, terminò de coser una herida, buscò el morral, metiendo el intrumental, bastante sucio.
El joven facultativo de nombre Royer, no le gustaba nada nuestra faena, tambièn resultaba evidente que no estaba de acuerdo con el Tirano y sus mètodos.
Mientras lo guiaba a mi cucha, pensè si era lo mejor llamar a este joven resentido, que a un Dayou culpable por la colaboraciòn en la locura de la Desafiante.
En fin, sacò el puñal de hoja ancha de manera brusca, lo que la hizo gemir, al instante la sangre manò a chorros, me indicò presionar dos puntos, uno sobre el hombro y otro por debajo de la costilla.
Hice tanta presiòn, que pensè que la iba a quebrar, mientras Royer calentaba la misma hoja del puñal con la flama de la làmpara, para luego casi al rojo vivo aplicàrsela sobre la herida, para cauterizarla, parando el sangrado.
La Desafiante gimiò como un animal moribundo, pero no se moviò, nuestros ojos se encontraron, intentè darle fuerzas, porque allì, en ese lejano aquì y ahora asqueroso, la querìa sinceramente.
De manera profesional, curò y cosiò la herida para finalmente vendarla con fuerza, sus palabras sonaron frìas:
_ Lo normal serìa pedirte que no te muevas, para que la herida cicatrice. Pero en cuanto puedas levantarte hazlo, porque esto es intolerable.
Se fue dejàndome con una gran sensaciòn de vacìo, de pronto cerrè un instante los ojos, como si estuviera al borde de la muerte, vi pasar mi vida como una pelìcula, tuve una intensa emociòn al ver a mi familia, alumnos, mi hogar, amigos, novias, fue como una losa en el pecho.
Al regresar, la Desafiante me observaba con expresiòn neutra.
_ Sensaciòn por estar cerca la Muerte. Esperarme en fortaleza.
Le costaba hablar, con su voz similar a la de una niña muy pequeña.
_ Vayàmonos, podemos hacerlo sin que nos vean. Podrìamos cruzar el oceàno, perdernos en la tierra de Hallas._  roguè, sin que la mente pasara por el pensamiento reflexivo.
Extendiò la mano jadeando, ya que le dolìa todo y se notaba, la tomè, sintiendo el fuego que la consumìa.           
_ Elementales volver a su mundo, yo ir con  Muerte. _ intentaba dar coherencia a su discurso, o excusa de no poder romper su mandato. _ Tener que dejar a ustedes en libertad.
_ No importa, estoy con vos maldita, te odio.
_ Darme calor, segundo Crofp.
Cambiè  los trapos  que forraban mi jergòn por unos menos sucios, bueh, por lo menos no tenìan sangre, bajè la llama de la làmpara y me acostè con la Desafiante.
Dentro del cubìculo, habìa un extraño aroma, dulzòn y picante a la vez, que tapaba todo el resto, se ve que todo el tiempo estuvo ese exquisito aroma, pero solo al detenerme, reparè verdederamente en èl.
Sobrenaturalmente, la Desafiante hablò, con su vocecita finita:
_ Elemental que eliminar dejar algo en mi. _ tomò aliento _ Alac decir que ser por mi padre.
Recièn en ese momento, caì en el allì y ahora, prestàndole mi total atenciòn, en efecto, resplandecia levemente color naranja, fenòmeno solo visible por la penumbra.
Mi reacciòn fue pasar la mano a unos cinco centìmetros de su piel, ese resplandor, no daba calor, metì la mano, llevàndola a mi nariz, ahì estaba ese embriagador aroma.
_ Segundo Crofp, no jugar, y tocar Desafiante.
Aunque estàbamos en medio de un chiquero guerrero, tambièn en medio de la muerte y la destrucciòn de una era, rompì a reìr ante el requerimiento femenino.
_ Te voy a lastimar, Desafiante de la Muerte.
_ No moverme.
Volvì a reìr, utilizando su luz, con delicadeza le retirè los restos de la ropa, que eran  jirones.
Ella cumpliò y yo trabajè sobre su cuerpo, que gracias a la magia elemental habìa mejorado en materia de cicatrices, salvo las màs profundas.

XXVIII
Los elementales tenìan un solo dìa sagrado en año, en honor a la Tierra, el solsticio de primavera, que ese año caìa exactamente a la hora en que salìa la luna llena.
Al acercarse dicha hora las màquinas redoblaron su ataque, parte de la avanzada fuimos a ayudar en la tarea.
De pronto, bajo una lluvia de flechas màgicas y otras giladas similares, escuchamos como un trueno, la pared oeste de la fortaleza, cayò con estrèpito, llevàndose consigo a nuestros hombres que trepaban y los de ellos que defendìan desde arriba.
El silencio era estruendoso (como leì por ahì), me dì vuelta, para mirar al objeto de mi obsesiòn, brillaba sonriendo como jamàs la vi, con los ojos fijos en pared vulnerada.
_ Gracias segundo Crofp. Pronto Tierra ser de ustedes.
Tomò el casco del piso, tambièn el cinto con las espadas, ajustàndose las correas de la armadura, le asegurè las dagas, miràndola a los ojos.
_ Yo amar vida porque vos ser mi maestro.
Tranquilamente se dirigiò a su caballo, para luego al paso, ir al frente de batalla que ya habìa comenzado.
Me quedaba claro, que no sabìa lo que significaba “amar”, aunque yo tampoco.
Y para variar, la seguì.

XXIX
Despùes que cayò la pared, tardamos nueve dìas en traspasarla.
El interior de la fortaleza parecìa desierto, recuerdo perfectamente el sonido de nuestros pasos, a pesar del apremio que llevaba, admirè el arte elemental en la decoraciòn de la fortaleza.
A mi alrededor solo quedaban los cadàveres del ejèrcito del Tirano, porque los elementales se convertìan en cenizas segùn me dijo Alac, su energìa se unìa a la del universo creador.
Casi con un pie dentro, nos enfrentarmos con unos tipos pequeños, barbones y crenchudos, eximios peleadores, que nos dieron un gran trabajo eliminar.
El objetivo era la Desafiante, pero nada la detenìa, ya que estaba a pocos metros de su objetivo de vida, que paradòjicamente era la Muerte.
Poniendo en grave riesgo mi vida, utilizando el dicho “la curiosidad matò al gato”, me encontraba herido y bastante maltrecho, al igual que el resto de la avanzada.
Tenìa muy claro, que si habìa llegado a esa instancia crucial con vida, era ùnicamente por la protecciòn que me brindaba la Desafiante
Como si la guiara un fuego sagrado, (aunque en mi corazòn sentìa que ese fuego era en verdad sacrìlego), eliminò a muchìsimos elementales.
En el interior de la fortaleza, solo quedaban los màs recalcitrantes, entre ellos, el padre de la Desafiante.
Empujamos peleando cuerpo a cuerpo, a una especie de enorme entrada descubierta, desde la que se podìa acceder a diferentes lugares del interior de la fortaleza.
De pronto delante mìo, sin que nada visible tuviera injerencia ello, la Desafiante cayò de rodillas, tapàndose las orejas con ambas manos.
Automàticamente los que estàbamos màs cerca la rodeamos, sin dejar de luchar para protegerla, desde que mataba elementales a rolete, le pasaban cosas raras.
Al incorporarse, de los oìdos salìa un hilo de sangre, con dificultad, tambaleando, levantò las espadas.
Cruzò sus ojos con los mìos.
_ Maldito padre, estar dentro.
Con la barbilla señalò una gran construcciòn abovedada, custodiada por dragones alados de piedra.
Fue como si el tiempo se detuviera, lanzò un grito escalofriante, colocando las espadas hacia el cielo, al segundo, la cubrieron las llamas, que hacìan volar su cabello, levantaba polvo del suelo, sus ojos refulgìan como dos luceros, pero del infierno. ¡Ja!.
Ambos bandos le abrimos paso, tranquilamente entrò al recinto.
Alguien me empujò, sus psicòpatas me instaban a ir tras ella, fui corriendo, mientras que detràs mìo volvìa a encenderse el pandemonium de la batalla.
En medio del gran recinto iluminado por antorchas habìa un hombre de apariencia juvenil, de largo cabello rubio oscuro, ojos blancos; la hago short, padre e hija resultaban muy parecidos, hasta fruncìan el ceño igual.
El inmortal tenìa las espadas enfundadas, las manos en la espalda, el aura del atractivo hombre echaba chispas, al igual que su hija.
El diàlogo fue harto breve, caminò hasta ponerse a menos de dos metros.
_ Deten esta locura Asvil. Quedate con nosotros y derrotemos al Tirano.
Hubo explosiones en las llamas de la Desafiante, apoyò las espadas en el suelo de piedra labrada.
_  Criar con èl y odiarlo. Dar anillo, poder enfrentar Muerte.
Vi con claridad, que me estrujò el corazòn, la tristeza en el rostro del padre.
_ No puedo dàrtelo. Lo sabes bien hija.
_ ¡Hija las pelotas!-
Sin dudar, lo atravesò con las dos espadas en el centro del pecho.
Hubo una tremenda explosiòn, que hizo cimbrar el suelo, cuya onda expansiva me tirò de espaldas, me dejò viendo las estrellas.
Al abrir los ojos, estaba màs fulgurante que antes, en el dedo ìndice de la mano izquierda, brillaba como si latiera, un anillo con una piedra roja.
Me tendiò la mano para levantarme, transmitièndome una extraña electricidad, que me dejò supra alerta, cesando todo el sufrimiento fìsico, dejando en primer plano los conflictos mentales.
De su padre solo quedaba un montoncito de cenizas, las ropas y las armas, realmente admirè su sangre frìa.
Señalò una doble puerta de madera con los consabidos dragones tallados, chamuscados por la explosiòn, al igual que el resto del recinto.
_ Ahì estar Muerte.
Volviò a mirarme como si fuera a decirme algo màs, pero solo dijo:
_ Cuidar Tattin. _ me dio un ligerìsimo beso en la mejilla, a travès de ambos cascos _ Adiòs, segundo Crofp.
Apoyò la mano en la gigantesca puerta, que se abriò con facilidad, como si fuera de fieltro, antes de dar un paso dentro, se tomò el abdomen, trastabillando, hice el ademàn de correr en su ayuda, pero una voz suave, casi como  un viento sibilante, consiguiò que mi cuerpo se clavara en el lugar.
_ Bienvenida Asvil, del clan de los Desafiantes de la Muerte.
Corrì para poder pispear, como no se veìa un carajo, me acerquè, venciendo el miedo que me atenazaba el estòmago.

XXX
Mientras escribo la vida en el infierno, mi mente devanaba los hechos en imàgenes como si fuera un huso.
Para mi total asombro, resultò que la Muerte era una bellìsima mujer con piel de porcelana, muy alta, de cabello negro, atado en un rebuscado rodete que dejaba libre unos bucles, adornados con perlas, iba semidesnuda, apenas uno transparentes trapos pùrpura en las partes pudendas,
Al igual que la Desafiante llevaba dos espadas, pero no la rodeaba ningùn tipo de aura, igualmente, ponìa la piel de gallina.
El recinto era el salòn del solio elemental, con un trono dorado, al cual se accedìa, subiendo nueve escalones chatos y anchos, que en sì mismos formaban una gran tarima, tallado en una pieza  de cuarzo cristal, creando una impresionante luminosidad tornasolada, por las antorchas.
La Muerte estaba sentada en el solio, de manera displicente, relajada, esperando.
Evito los prolegòmenos, la Muerte saltò con las espadas, atacàndola con cierta parsimonia, sus movimientos eran gràciles, como si danzara, mientras la Desafiante retrocedìa en defensa.
Pero mi jefa era una experta total, imprevistamente saltò con velocidad sobrenatural apuntando al centro del pecho con las espadas, cortò el brazo derecho de la Muerte, porque hizo una finta para esquivarla.
Aunque se lea casì poètico, contuve el aliento al ver sangrar a la Muerte.
Enfurecida, la atacò quedando ambas a la distancia de las espadas, hipnotizado por la fabulosa escena de las mujeres peleando, pero realmente era la Desafiante mi foco de atenciòn, porque el halo se movìa a su ritmo, por primera vez desde que la conocìa que la vì feliz, lo que la transformò en una bella mujer.
Alguien me respirò en la nuca, toda la avanzada intentaba chusmear, todos tenìamos los ojos como platos.
En fin, la Desafiante usaba bolas de fuego para castigar a la Muerte, que con las mejillas rojas de furia, rechazaba con el brazo izquierdo que humeaba.
La Desafiante tenìa dos cortes, uno en el muslo, otro cerca del hombro izquierdo, que atravesaron limpiamente el duro librium de la armadura.
Las heridas no sangraron, sino que se pusieron de un feo color negro gangrenoso, que su roja energìa no lograba cicatrizar, rengueando notoriamente.
Como si fuera una coreografìa, las dos saltaron hacia atràs, alejàndose.
_ Sos muy buena, me siento orgullosa, Asvil. _ dijo levantando la voz._ Sos la ùnica que comprendiò que llegò el momento de los mortales, que sean los amos de su mundo.
Levantò un dedo hacia nosotros, se me erizaron hasta los pelos del culo.
 _ Ni siquiera los perfectos elementales lo entendieron, a pesar que es un designio de nuestra Suprema Energìa Regidora.
El inesperado discurso de la Muerte, validaba los argumentos de la loca que amaba.
Las palabras iban dirigidas a los elementales, varios enanos y entidades màgicas que presenciaban la pelea.

XXXI
Lucharon durante la mayor parte del dìa, con una de esas bombas de energìa, la Desafiante hizo un gran agujero en la pared, el cual traspasaron varias veces, ensarzàndose cuerpo a cuerpo, durante la fenomenal pelea, destrozaron todo el salòn del solio elemental.
Pero en una de esas volteretas y fintas sobrenaturales, la Muerte fue màs veloz, atravesàndole el abdomen.
El tiempo y mi corazòn se detuvieron, al ver salir la hoja por la espalda.
La Desafiante y la Muerte, quedaron cubiertas por una enorme (y colorida) bola de energìa, con rayos y truenos que rebotaban por las paredes, a pesar de ello, no retrocedì.
Todo se apagò, la Muerte estaba de pie, la Desafiante en el suelo, como correspondìa.
Tuve una extrañìsima sensaciòn de vacìo, claro, era el fin.
Sin temor a la Muerte (literalmente), subì los nueve escalones de cuarzo, donde mi jefa yacìa como si durmiera, con las facciones relajadas, pero con un enorme agujero en el vientre.
Con la mente virgen de pensamiento alguno, escuche la voz de la Muerte a mi espalda.
_ Este es el adiòs al reinado de lo espiritual en la Tierra.
_ ¿Porquè? _ preguntè, sin darme vuelta.
_ Todo termina Shivret, tarde o temprano. El cosmos tiene una velocidad, las eras seràn màs cortas, para los mortales todo serà muy novedoso.
Y lanzò una carcajada.
Sentì su mano en mi hombro izquierdo, su aliento inesperadamente càlido y perfumado susurrando en mi oìdo:
_ Nos vemos.
Escuchè un agudo piiiiiiiiiif, me quedè solo, bah!, con el cadàver de la Desafiante.

XXXII
Escribo el epìlogo sobre el fin de mi guerra.
Dos dìas màs tarde llegò Tattin sola, no sè como, sana, sin ser violada por algùn psicòpata.
Me enterè que mientras el Tirano planeaba su entrada a la fortaleza de manera espectacular, con una parafernalia de bombos y platillos, ejèrcito de punta en blanco, ciudadanos de primera que eran en realidad alcahuetes ventajeros, cayò muerto en su cuarto, mientras estaba solo.
Ante mi cara de asombro, me relatò que el dìa anterior, firmò los papeles que expresaban su renuncia total a los bienes de su padre, incluyendo tierras.
A pesar de su semblante de tristeza, ojeras, polvo del camino, sonriò de tal manera que me conmoviò, ante su sencilla explicaciòn que ya no era parte de la locura de su padre, en la que fue una pieza importante, pero ya no era màs pàrtìcipe de nada.
La enterramos bajo un roble, con la asistencia de los sobrevivientes de su ejèrcito endemoniado, muy conmovido.
Tattin se fumò los abrazos de los psicòticos de la avanzada, yo tambièn por supuesto, quedamos totalmente hediondos.
Envuelta en una sàbana blanca rescatada de la fortaleza, con sus armas, la fragua, la vimos desaparecer con cada palada, cayò la ùltima, y chau, salvo nosotros dos, todos se fueron a la mierda.
Tattin plantò unas margaritas, despuès de unos minutos de oir el viento entre las montañas, dije:
_ Vamos.
Regresamos al campamento, o lo que quedaba de èl, para juntar unas boludeces y dejar la guerra en el pasado.

XXXIII
Siguiendo los designios de mi finada jefa, me ocupè de Tattin, que estaba bastante perdida.
La sucesiòn del Tirano era un despelote,  los rumores decìan, que dividirìan los territorios, entre los hijos mayores.
Por distintos motivos, nos urgìa salir, quedamos que partirìamos al dìa siguiente, en la fortaleza quedaba el comando general, que aparentemente no podìa parar de elucubrar.
Tres despuès del entierro, sin ponernos de acuerdo, nos encontramos, en silencio, subimos la loma bajo un sol acojedor, aùn màs porque era libre de la pesadilla que me atormentaba, un verdadero final feliz.
Bueno, imaginando mi nueva vida, llegamos al solitario roble, que velaba el cuerpo de la Desafiante, a su pedido expreso, nada identificaba el sitio como una tumba.
Mi màscara de falsa congoja se hizo añicos, al descubrir que la tumba estaba profanada, la tierra removida, el cuerpo desaparecido.
Despuès de la sorpresa y  puteadas, mirè detenidamente la escena, observando lo siguiente, el pobre roble estaba parcialmente quemado, sobre todo en el tronco, numerosas huellas cruzaban el lugar,  la avanzada, antes de irse, pasaba por la tumba, tambièn parte de la caballerìa, el hijo de puta de Dayou, Tattin, que le ponìa flores diario, etc.
La tierra, salìa de adentro hacia fuera, no estaban sus armas, si la fragua, con sus partes esparcidas por doquier y la mortaja, casi toda chamuscada.
Llegamos a la conclusiòn que algùn o algunos pirados, decidieron exorcizar sus demonios con el cadàver de la Desafiante.
Furioso y en silencio, carguè los pedazos de la fragua.
En un instante de iluminaciòn, me vì en pesrpectiva, llevando las reliquias de una mina que asesinò a las personas que amaba, que estaba loca a la enèsima potencia.
Ante la mirada atònita de Tattin, reboleè todo, la tomè de la mano y fuimos al campamento.
Se ve que ese dìa no era el mejor para mì, porque apenas puse un pie en mi cucha, una voz perentoria de autoridad, bramò mi nombre.
Se trataba del  general de la caballerìa y el hijo de puta de Dayou, pusieron cara de idiotas al verme de la mano con Tattin.
(Es el dìa de hoy, que no comprendo la razòn que la escena me quedò grabada, para siempre.)
Un gordo pringoso, apareciò detràs del general, me arrojò una abultada saca con la paga, al momento, se me retorciò el estòmago y vomitè sobre la bolsa, de manera espantosa.

XXXIII
Sin hablar, carguè las alforjas en mi caballo, el de la Desafiante no estaba, quizàs se lo llevaron como souvenir, conseguì otro, magnìfico propiedad de  alguien de la fortaleza, blanco nìveo.
Como si aùn tuviera la inercia guerrera, avanzamos dejando atràs dejar la fortaleza, cinco dìas màs tarde, tomamos un camino lateral, que bajaba serpenteando por una montaña, cubierta de bosques.
El camino era de cabras, quizàs, ningùn ser humano lo haya hollado jamàs.
Una de esas noches, en silencio, ante unas brasas mìnimas se asaban dos perdices, los bùhos cantaban su mùsica, escuchè el relato de Tattin.
Su dulce voz sonaba  envolvente, como el viento de que anuncia la tormenta, la manera que se dejò convencer por su padre, movida por la ambiciòn de poder, para seducir a la Desafiante, ya que segùn la leyenda el amor, los volvìa vulnerables.
_ Si era tan ùtil ¿Para qué matarla?. _ fue mi obvia pregunta.
Escribiendo, luego de tantos años de ese infierno, es como ver y oìr a la hermosa Tattin, angustiada por el recuerdo de la persona que fue, en un susurro, respondiò:
_ Para lo ùnico que la necesitaba, era para eliminar a los elementales y reinar sobre el mundo conocido.
Claro, era lògico, a los seres màgicos solo podìan enfrentarlos seres màgicos.

SEGUNDA PARTE

I
Once dìas despuès de mi cumpleaños nùmero 49, me encontraba en el pueblo, terminando de arreglar las goteras del techo de la escuela, durante las vacaciones escolares.
Buscaba la escalera en el cobertizo, la puerta se abriò y el tiempo se detuvo, una ràfaga calurosa entrò, junto con el reflejo del sol, no me permitìa ver nada salvo una sombra menuda, que parecìa ser luminosa
El ensalmo se rompiò, al avanzar fuera del cono lumìnico.
La vì igual, con el pelo largo que le caìa crenchudo, un vestido horrible, de mala calidad, la imagen perfecta de la loca escapada del altillo familiar.
Me acerquè, desapareciendo entre mis brazos, apoyò la cabeza en mi pecho, soportando estoìcamente (el tèrmino correcto es “con estoicismo”) mi muestra desenfrenada de emociòn.
_ ¿Porquè no buscaste a Tattin?
Me mirò con sus ojos blancos que me perseguìan en los sueños, ya que mis pesadillas habìan cesado.
Encogièndose de hombros, con mucha dificultad, intentò explicarme lo que le dictaba su corazòn.
_ Mucho amor por Tattin, me hizo libre. Dar libertad.
Volvì a abrazarla, porque yo tambièn gracias a ella aprendì a no odiar, a amar, en ese orden me parece.
_ Viviràs en mi casa. _ aseverè.
Mirò mis herramientas y respondiò:
_ Ayudar.
Trabajamos a su ritmo infernal, lo que me causò satisfacciòn, le contè sobre mis hijas Ryanna y Loto, que estaban pasando vacaciones en casa de amigas, regresaban en un mes, hubo una leve vacilaciòn en el martillo, con el que clavaba una madera del alero, pero nada màs.
Recuerdo que varias personas pasaron por la calle lodosa de la escuela, observàndonos con curiosidad.
Le armè un cuarto en el cobertizo, junto al establo, sus pertenencias se limitaban al caballo, dos alforjas bastante flacas, sinceramente, suponìa que estarìa armada hasta los dientes, pero no.
Con las herramientas que tenìa en las alforjas, trabajò en mis enseres de filo, que rara vez usaba, dejàndolas como nuevas.
Un par de dìas de convivencia, me demostraron que trabajaba sin parar, para mi sorpresa, dormìa y comìa como en la guerra.
La verdad, me ponìa nervioso ver que no podìa alejarse del cìrculo de su infierno personal, la tranquilidad era que no incendiaba la naciòn buscando la muerte.
Màs allà que hacìa años me di cuenta que su manera de actuar era el peor espejo de todos nosostros, admitìa que me algraba verla, porque gracias al tiempo que vivì en el nùcleo del  horror y la bajeza moral, conocì el amor, que surgiò del peor barro.
Siete dìas mas tarde de retomar nuestra convivencia, el imsomnio volviò, como cuando la guerra elemental terminò, daba vueltas en mi cama, leìa a la luz de la vela, en fin, me dormìa casi al amanecer y al mediodìa estaba muy cansado.
Una noche sin luna, miraba el ondular de las cortinas, entrò por la  ventana, vestida con una de las camisas que le habìa dado, le llegaba hasta las rodillas.
Sentàndose en el borde de la cama, el cabello larguìsimo, enredado y sucio le tapaba el rostro, dàndole completa oscuridad a su expresiòn.
_ Con vos, aprender a mirar vida. Antes estar ciega.
Quedè mudo, la declaraciòn parecìa hecha por otra persona, o siempre fue esta y no supe verla, las palabras brotaron, sin que mediara mi mente en el asunto:
_ Yo vivìa en el odio y conocì el amor.  _ tomè su mano diminuta _  Acostate conmigo.
La arrebujè entre mis brazos, nos tapamos con un edredòn y a los minutos estaba dormido.
Lo mejor fue el despertar, porque seguìa envuelta entre mis brazos, durmiendo plàcidamente.
Abriò los ojos, vi mi reflejo en sus pupilas dilatadas, miràndome con culpa por mis muertos, sintièndome un fucking traidor.
_ Maldita demonio._ dije entre dientes.
Durante horas, nos reencontramos de la mejor manera.
Despuès, saltò de la cama, huyò por la ventana, al rato escuchè el martillo.

II
Nos dedicamos tiempo completo el uno al otro, durante ocho dìas.
Abro un comentario, viviendo entre dos adolescentes, sumados a los pàrvulos a los que daba clases, en su mayorìa niñas, mi cerebro y mis huevos, a veces explotaban.
Durante esos incomparables dìas, vivì en el silencio, con esa extraña mujer, dàndome cuenta, que la mayorìa de las palabras son al pedo.
En realidad cuando màs intercambiàbamos palabras, porque no eran diàlogos reales, era en la intimidad, donde solìa disfrutar y reìrse por tonterìas.
Tenìa mucho que reparar en la casa, con su ayuda adelantè mucho, pero se trataba  de una excusa para estar cerca; me detenìa a observarla, casi con la mente en blanco, dejando fluir mis sentimientos.
_ ¿Porquè la Muerte no te matò? _ preguntè cierto dìa.
Casi  podìa escuchar el movimiento de sus engranajes mentales, pensando como responder.
_ Al despertar en tumba, enojarme, mucho, mucho, como si fuera de acà _ se señalò el pecho _ Salir fuego de mì, mortaja y tierra volar. Quedar libre.
Cerrò los ojos un instante, se ve que estaba recordando, porque emitiò ese aroma sobrenatural.
_ Mirar mano, tener maldito anillo de maldito padre. Ver todo rojo, llamas salir, quemar àrbol.
_ ¿Porquè hablàs mal? _ interrumpì.
Levantò la barbilla mordièndose el labio inferior, haciendo el gesto “que hambre” y continuò:
_ Allì estar Muerte, cagarse de risa. Fuego ir por ella, pero nada hacerle. Decir que inmortalidad elemental protegerme, pero buscarme, porque aùn del clan Desafiantes de la Muerte.
El cuento no me cerrò para nada, pero no me importaba y no re preguntè.

III
Viviendo las mieles de un amor extraño, me puse a hacer la huerta, algo que jamàs habìa hecho, luchaba con la tierra cuando vi aparecer por el camino, un carro que reconocì al instante.
Se trataba de la mujer del jefe del pueblo, con su joven hija Kika, una vez que terminò el luto por mi amada esposa, insistìa en encajàrmela.
La madre fue tan pica seso, que en algunos momentos  pensè en Kica como esposa, pero a pesar de todas sus virtudes, no lograba crear un sentimiento en mì.
Nos saludamos con sendos besos, las invitè adentro, sentì la mirada de Kika al lavarme la mugre en la pila con agua, en fin.
Con agua helada del manantial, preparè una limonada aceptable.
Pasaron cinco minutos de charla banal, en la cual la madre ensalzaba a su hija, la puerta se abriò bruscamente, entrò la Desafiante con tres patos, colgando de un palo agarrados por el cogote.
Las presentè, la Desafiante hizo un  leve gesto con la cabeza, yèndose a la cocina para atender a los patos, aunque el estofado lo harìa yo, porque quemaba hasta las ensaladas.
Captè la mirada de la madre de Kika, tuve el presentimiento que en menos que canta un gallo, todo el pueblo se enterarìa que el maestro Shivret, tan modosito y serio, vivìa con una mujer, fea, aparentemente un poco tontaina.
Al toque se fueron, despidièndose frìamente y supe que estaba en el horno.
Con semejante boludez rondando mi mente, le dije al apoyar la cabeza en su pecho durante la noche.
_ Te amo Asvil, quiero que te quedes conmigo.
Suspirò, pero no me puso un cuchillo en la garganta.
_ Estar con vos, para eso venir.

IV
Mi  nivel de alerta estaba bajo ya que vivìa en las nubes, estaba perdidademente enamorado, necesitaba tenerla cerca, se ve que yo le gustaba mucho, porque me permitìa ser cargoso.
Geacias a su energìa màgica, tambièn a su habilidad con las herramientas, mi casa mejorò notablemente, hasta pintamos los cuartos de las niñas, todo en tiempo record.
Lo ùltimo fue pintar el exterior de la casa, al terminar estàbamos agotados, cubiertos de pintura, tomàndola de la cintura, la besè, me echò los brazos al cuello, respondiendo con dulzura.
Gracias a la abriboca, el rumor llegò ràpidamente a mis hijas, que regresaron antes del veraneo y asì nos encontraron las chicas, que astutamente dejaron el carro lejos del camino.
Luego de un incòmodo silencio, la mugre evitò nuestro contacto fìsico, las presentè, la Desafiante se eclipsò en el cobertizo.
Estùpìdamente les dije que me iba a lavar, las oì entrar a la casa, casi discutiendo en susurros, fui corriendo al cobertizo.
La Desafiante se encontraba en un rincòn, echàndose agua con un balde, refregàndose con un trapo sucio, me mojè completo, pero la agarrè para besarla, porque estaba embrujado por su caràcter simple, sin vueltas.                          
La mirè durante largos minutos, ya que al ver a mis hijas, comprendì  que nada me importaba, salvo estar con ella.
_ Segundo Crofp, estar loco de remate. _ susurrò con su clarividencia habitual
Terminamos revolcados en su jergòn con olor a metal.

V
Ni con un cañonazo hubiera podido obligarla a cenar esa noche conmigo y las chicas.
Tuvo razòn, porque la cena fue violenta y reprochona, obviamente no la comida, sino las jòvenes gorgonas, expresaron, que tuvieron que poner caras de idiotas, al enterarse por la chusma de KiKa, que vivìa con una fulana.
Con paciencia intentè explicarles, luego me di cuenta que no tenìa nada que explicarles.
Loto hablò cuando el silencio parecìa un objeto sòlido entre nosotros, recuerdo sus palabras, como si la estuviera oyendo:
_ Antes de morir, mamà nos contò todo, como los conociò, que los amaba a los dos. Tambièn sus dudas sobre la muerte de la Desafiante. Me quedè a escucharla, porque estaba muy mal, pero odiè sus palabras. Me pareciò inmoral y jamàs me lo hubiera imaginado.
Terminamos de cenar, me levantè de la mesa, dirigièndome al cobertizo, donde la Desafiante, arreglaba la hoz de mi vecino Lirut, pasè la noche con ella, tuve un deja-vù, de la guerra, cuando era normal este tipo de lechos muladares.
Fue Ryana la que dio el primer paso, buscàndola en el cobertizo, mientras Loto y yo estàbamos en el pueblo.
Las encontramos sentadas juntas, cabeza contra cabeza, mirando la caja que con objetos personales de Tattin, entre ellos las joyas que la Desafiante creò.
De pronto, naturalmente, nos convertimos en una familia.
Solìamos compartir las cenas, las chicas se fumaron que yo amaba a la loquita de la Desafiante.

VI
Volvìamos de la feria regional, cuando unos maleantes nos salieron al encuentro, diez gordos enormes a caballo, encapuchados, gritàndonos insultos, no lleguè a esbozar un pensamiento, que la Desafiante saltò del pescante de la carreta, cortàndole el cogote al de su lado.
Empujè a mis hijas al piso de la carreta, desenvainè la espada y sin dudar, me carguè al que tenìa màs cerca.
Terminamos luchando espalda con espalda, escuchando la carne chocar contra la espada, los jadeos y puteadas, que supuse jamàs volverìa a oìr.
Odiè (como antaño) a la Desafiante, por traer a mis hijas lo peor de mi pasado, vì todo rojo, una ira volcànica brotò, dàndome la adrenalina necesaria para pasar ese complicado brete.
No voy a hacerme el mosquito muerto, semejante bronca, intentaba ocultar que lo disfrutaba.
De la pared boscosa que tenìamos al costado, salieron màs tipos a caballo, cubiertos con cascos y petos de metal, armados hasta los dientes.
Pensè que  estàbamos alea jacta est, redoblè mi esfuerzo, en aras de proteger Ryanna y Loto, en pocos segundos, pasè por una gama de emociones muy intensas.
Pero en vez de aplastarnos, uno de los gigantones bramò:
_¡Basta!
Los asaltantes frenaron de inmediato, se oyeron jadeos de cansancio y piar de pajarillos.
El gigantòn desmontò,  colocàndose frente a la Desafiante, se quitò el casco, casi me caigo de culo al reconocer a uno de los capitanes de la avanzada, emocionado hasta las làgrimas, la Desafiante se perdiò entre los brazos de Heldus, durante varios minutos, luego caminò hasta mì, sufriendo el mismo proceso.
Varios de los ladrones, se sacaron los cascos, unos quince (descontando cinco muertos), diez eran de la avanzada, por ende, ambos fuimos abrazados y babeados por sus besos.
El cuento termina con todos nosostros en su campamento, un afortunado accidente geogràfico, donde terminaba el bosque, un risco, bajamos por un infimo camino, muy bien camuflado que terminaba en una gran playa, con cuevas al pie del risco, con las entradas disimuladas por largos lìquenes.
Fuimos recibidos por varios maleantes ex soldados,  mujeres y jòvenes de edades variopintas, nos alojamos.en la cueva de Heldus, que tenìa esposa y cinco hijos.
Pasada la conmociòn, reparè en mis hijas, pàlidas y petrificadas, leì en sus actitudes, que les habìa roto la imagen, que durante toda sus vidas, contruì sobre mi persona.
Bueh, la guerra era para ellas una especie de leyenda, que se estudiaba en la escuela, jamàs alardeè sobre mi pasado.
En ese lugar vivia gente que me habìa salvado el culo, en màs de una ocasiòn, esos hombres brutos,  bastantes pirados, nos trataron con inusual amor, con respeto, la Desfiante, tuvo que dominar su caràcter chùcaro, pare recibir todo tipo de homenajes.
Nos quedamos  dos semanas, disfrutando la playa con mis hijas que charlaban con los jòvenes.
Durante la noche, ante el fogòn, masculino,  medio borrachìn la Desafiante dijo:
_ Dejar pasado. Integrarse, yo ayudar.
Haldus que era un mapa viviente por las cicatrices que adornaban su enorme persona hablò, luego de un silencio.
_ Toda mi vida fui mercenario.
La Desafiante estaba sentada a su lado, bebiendo del pico de una botella de aguardiente de cebada.
_ Tambièn  errar años. Despuès añorar, buscar a segundo Crofp. Sacar odio de mì.
El gigantòn la abrazò con ternura.
Asì fue que durante bastante tiempo, nos abocamos a los mercenarios que quisieron entrar en la vida civil, incluso Ryanna que estudiaba para maestra, daba clases a grandes y pequeños.

VII
Una tarde de calor veraniego dormitaba en los escalones de la entrada, con este diario al costado, me despabilò un leve toque en el hombro, mi hija Loto, tenìa las pupilas dilatadas por el miedo, cientos de veces vi esa expresiòn en el pasado.
_ Estaba en el cobertizo. Llegò un hombre extraño. Me pidiò que me vaya.
Entrè a la cocina, la Desafiante tenìa una espada detràs de las escobas, con ella en la mano fui al cobertizo, seguido a una  prudente distancia por Loto.
Abrì la puerta de una patada, empuñando la espada, quedè boquiabierto, un hombre altìsimo, de cabello rojo, con una de armadura refulgente, circundado por  llamas rojas, naranjas y amarillas, sentado sobre el yunke, la Desafiante en un banquito, lo màs sorprendente, compartiendo una copa de vaya a saber què.
La Desafiante juntò cuatro ladrillos grandes, le puso un trapo enncima, invitàndome a sentarme, el elemental hizo aparecer una copa, me sirviò un lìquido ambarino, con ligero aroma frutado.
_ Es el nectar de los dioses _ explicò.
Los dos seres màgicos rompieron a reìr, la Desafiante me pareciò hermosa en ese instante.
Mientras degustaba la bebida, olvidè a Loto, que asomò la cabeza, tambièn fue invitada, el elemental hizo aparecer una silla de madera, tallada con dragones, sentàndose sorprendida por completo.
Escuchamos (y usted lee) en exclusiva, el relato del elemental de fuego,  Derò:
“ Los pocos elementales que aùn vivimos en la Tierra, regresaremos a nuestro mundo, vine a invitarla a que nos acompañe.”
Me entristecì, porque lo màgico se retiraba del mundo, continùa Derò:
“La Desafiante, declinò la invitaciòn, dijo que te ama, a las niñas tambièn, es feliz aquì”.
Loto y yo, abrimos la boca como tontos, ellos volvieron a reìr.
Derò abrazò a la Desafiante, que desapareciò entre las llamas, luego hizo lo mismo con nosotros, fue muy singular la sensaciòn del fuego que no quemaba, sino que liberaba.
Montò en un bellìsimo caballo de ojos fulgurante alejàndose al paso, el habla regresò, al desaparecer su resplandor en el horizonte.
Loto miraba a la Desafiante, que estaba envuelta en llamas, un enorme halo naranja, chasqueò los dedos, esa aura desapareciò en medio del pecho.
_ Maldita Muerte no matar, porque ser elemental de fuego. Al matar a maldito padre, poner anillo despertar. Vivir convencida que anillo seria llave Muerte, ser al revès, sacar mortalidad. _ dijo suspirando.
_ Ahora sì sabès  que te hace mortal. _ afirmè, en un rapto de astucia.
Riò, liberada e insòlitamente feliz.
_ El amor por segundo Crofp.

VIII
Una tarde de verano, el cielo se ennegreciò, cayò una violenta lluvia de verano, mientras nos revolcàbamos en la cama aprovechando la ida de las chicas al pueblo, luego de años de relaciòn, la amaba totamente, por suerte ese sentimiento era recìproco, aunque silencioso.
En pleno amor, saltò de la cama, un segundo màs tarde alguien atronò la aldaba de la puerta.
Los pelos de la nuca se me erizaron, porque la puerta no tenìa aldaba.
_ Ser  para mì. _ murmurò, beàndome con amor.
Le pedì que me esperara, me puse los pantalones, agarrè la espada, ya que cada tanto me llevaba sorpresas raras.
Esta,  fue LA sorpresa, por supuesto.
Abriò la puerta de un tiròn, allì parada, completamente seca (a pesar que la lluvia convirtiò el acceso a la casa en un lago), la Muerte, dejò en el perchero de la entrada, su capa de piel, iba  vestida como la vez anterior, o sea, semidesnuda.
_ Asvil, aprendiste. Tardaste bastante, pero lo lograste. _ dijo tomando asiento.
Tomè a la Desafiante por los hombros, el mensaje era màs que claro, nada podìa hacer para impedirlo, en un rapto de amor shakespereano, declamè:
_ Voy con vos.
_ Veremos. _ respondiò la hermosa Muerte.
La Desafiante tomò asiento frente a ella.
_ Hacer fiesta, para depedirme. Estar invitada.
La Muerte riò a carcajadas.
_ Vaya si aprendiste.
Levantàndose, tomò la capa, saliò con la Desafiante, susurràndose un par de palabras, le dio un beso en la mejilla.
_ Te veo, Shivret.
La Desafiante entrò, cerrò la puerta, volviò a sentarse.
_ Mandar paloma a Haldus, invitar a todos. Tirar casa por ventana.
En shock, me arrodillè, apoyè la cabeza en su regazo, sentì los dedos en la cabeza, llorè desconsoladamente ante lo inevitable.
_ Segundo Crofp, no deprimir. Ser feliz y querer despedida feliz.
_ ¡La puta madre, sos loca hasta para morir! _ gritè, paràndome de un salto.

IX
La fiesta fue apoteòtica, durò una semana, los mercenarios de la avanzada, el pueblo ìntegro, jamàs supe como se enterò, pero hasta Royer con su esposa e hijos, el ayudante del hijo de puta de Dayou.
En los alrededores de la casa se armò un campamento, muy alegre, donde camaradas, de un lado y del otro se encontraban, conocièndose y confraternizando.
Comimos, bebimos, bailamos, nos divertimos muchìsimo, hasta la Muerte (en un sitial preferencial) bailò, la verdad que no se ve todos los dìas a la Muerte contando chistes, un poco borrachina.
La pasè excelente, dì con  amigos y ex enemigos; varias veces olvidè el sentido del evento.
Al tèrmino del sèptimo dìa, la Desafiante me buscò en unas de las parrillas, donde se asaba un cordero.
_ Irme, segundo Crofp.
Sin pensar la tomè de la mano, llevàndola al interior de la casa que era un caos, por la cantidad de gente que yiraba por ahì.
La alcè, tiràndola en la cama, como un desesperado la besè, hicimos el amor, como si fuera la primera vez, pero en realidad era la ùltima.
En un momento, quedè sobre ella jadeando como un animal, mirando sus ojos blancos.
_ Te amo, maldita.
Me atrajo hacia ella y me besò.

X
Se puso la vieja armadura de la avanzada, con todos sus cachivaches auxiliares, se arreglò las chuzas, le atè el cinto con las espadas, varias veces la tomè entre mis brazos, para tocarla, besarla y amolarla.
Al salir de la casa, los viejos camaradas, amigos, los nuevos amigos, le hicieron un pasillo, todos la abrazaron
Su viejo caballo guerrero, la esperaba, palmeàndolo con cariño.
Tomè las riendos, dàndonos un largo beso, se sacò el anillo del dedo, lo puso en el mìo, màgicamente, se adaptò a mi dedo y una especie de calor, de bienestar me invadiò.
Volvì a besarla, montò diciendo:
_ Anillo de maldito padre ayudarte. Adiòs, Shivret.
Al oìr mi nombre, las làgrimas corrieron como rios silenciosos por mis mejillas.
Las vi alejarse hasta perderse por el camino, la fiesta seguìa a todo trapo, mis hijas me esperaban.
Nos abrazamos llorando y eso fue todo.
Bueno enrealidad no.
Lo ùnico que atinè fue ir a la aldea de los desafiantes.
Lleguè veinte dìas màs tarde, solo habìa un claro, con pasto, dientes de leòn y otros yuyos.
Ahì tirado en el yuyal, llorè durante horas.

EPÌLOGO
Si alguien lee en alguna ocasiòn este diario, preguntàndose por su “moderno” vocabulario, es porque gracias al maldito anillo que me dio la Desafiante al irse con la muerte, no morì.
Intentè sacàrmelo, por todos los medios, con ayuda de terceros, de la tecnologìa a travès de los siglos, sobre todo cuando no me bancaba màs, pero no hubo forma.
Hasta pensè en cortarme el dedo, pero recordè al instante, con el hacha en la mano, la deseperaciòn en mi espìritu la advertencia de la Muerte, que el anillo no se depegarìa de mì jamàs.
Bueno, aquì estoy mirando la ciudad, el rìo interminabledesde mi departamento en el piso cuarenta, luego de haber incrementado mi dinero de manera virtual.
Suelo pasar largas horas mirando el horizonte, aburrido, sobre todo solo, pasò para mì la època de locura, tambièn me aburrieron.
Escuchè abrirse la puerta de servicio, sin mirar el reloj supe que habìa llegado Pola, la señora que limpiaba sobre limpio, se ocupaba de la comida, la ropa y etc.
En general me hacìa el falso ocupado, despuès de tomar un cafè, me iba a boludear por ahì, pero mi malìsimo estado de ànimo me impedìa en esos dìas, ni siquiera caretear.
Asomò su blanca testa, hacièndome la pregunta de los ùltimos diez años:
_ Buen dìa, señor Shivret. ¿Cafè?
_ Buen dìa, señora Pola. Si, muchas gracias.
Al rato trajo la bandeja, con unos deliciosos scons, con mermelada casera, junto a la cafetera unos sobres.
_ Permiso, señor Shivret.
Mientras tomaba el delicioso cafè, mirè aburridìsimo los sobres, que ni siquiera abrì, el resumen de la tarjeta de crèdito, uno de mi abogado, una publicidad de un resort, en fin, boludeces y pavadas, hasta que....un aroma extraño, delicado y exquisito saturò mi nariz.
Un sobre largo, de papel delicado, color azul, con vetas finìsimas naranjas y rojas, escrito, con pluma, (lo reconocerìa hasta ciego) decìa ovbiamente, con una hermosa letra con firulaiz, “Shivret”.
Mis manos temblaron al abrir el sobre, despleguè un papel, de rara textura, que a su vez dejò escapar màs del perfume, exquisito, dulzòn, pero suave, llevàndome a la primera vez que vì un elemental, en mi antiguo idioma, ese que ni los arqueòlogos màs duchos, saben que existiò.
¡Lo borrè por completo!
La hago corta, me temblaban tanto las manos, que dejè caer la nota y el sobre, en ella estaba escrito lo siguiente, en el antiguo idioma de mi tierra, lo que me causò un nudo de nostalgia en el estòmago:
“Despuès de rogarle durante largo tiempo a la Muerte que suelte la esencia de la Desafiante, lo conseguimos, ahora depende de vos que esa esencia fluya, sea feliz como lo fue antes, para ser realmente completa.
Saludos cordiales.
Derò”
Quedè completamente desconcertado, la Desafiante estaba en el fondo de mi memoria, bajo nueve llaves, porque tuve millones de relaciones, ninguna como con ella, hasta que me aburrì y desistì.
Todo el hastìo desapareciò, siendo reemplazado por una actividad cerebral nerviosa y ansiosa,  me levantè como si tuviera un cuete, caminè de un lado a otro del enorme living.
Sonò el telèfono, lo atendì extrañado, porque nadie me llamaba, era un policìa de la comisarìa a cinco cuadras de mi departamento, con frìa voz profesional, informò:
_ Ayer por la noche detuvimos a una mujer, dio su nombre...
_ Voy para allà. _ interrumpì.
Llegè corriendo desaforado, casi entrò de esa manera, pero me rescatò el imaginaria.
Al identificarme, el policìa de recepciòn me mirò de manera extarña, llamò a otro y este tambièn me mirò raro.
_Està en un calabozo, en el fondo.
Me condujo  a un cuarto mientras relataba lo siguiente:
_ Esta mujer que no dice su nombre y me parece que no sabe hablar_ tomamos asiento en un cuartucho mal pintado, con olor a sudor, miedo y testosterona _ Nos llegaron unas denuncias en los bosques de Palermo, en fin estaba a caballo, con una armadura extraña, tenìa....
El oficial Morales, sacò un papelito arrugado y enumerò:
_ Cuatro espadas, 18 dagas, el caballo tenìa dos lanzas, un arco con sus flechas correspondientes. El armero està sorprendido porque no conoce la aleaciòn de las armas.
Quedè completamente pasmado, no pude elaborar un puto pensamiento, se abriò la puerta e instintivamente, saltè de la silla, pegàndome a la roñosa pared.
La Desafiante se encontraba igual que en aquella època, estaba completamente paralizado.
De pronto, sentì un cosquilleo en el ìndice de la mano derecha, el anillo brillaba, se despegò de mi dedo ìndice derecho, suavemente.
Extendiò su mano izquierda, volò hasta su dedo indice, ante mis ojos lo màgico se revelò, me desbordè emocionalmente.
Apenas el anillo penetrò en el dedo, quedò envuelta en llamas rojas y naranjas, que flameaban, chasqueaban sin quemar; el policìa, intentò sacar el arma, pero le apuntò sin disparar.
De pronto, toda la parafernalia energètica terminò, quedando la Desafiante, flacucha que guardaba en mi corazòn.
_ Maldita Muerte decir que venir final de los tiempos. Que  todos pagar con bien el que mal hicieron.
De la tùnica sacò un anillo con una piedra azul, que me arrojò, mi mano derecha como si tuviera un cerebro independiente,  se abriò quedando en el ìndice.
El policìa tenìa la boca abierta como si los mùsculos de la màndìbula se le hubieran vencido, vi con claridad como toda su racionalidad, estallaba en un segundo.
Me acerquè, la abracè quedando envuelto en ese aroma casi olvidado.


 fin