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I
No tenìa nombre, nadie lo sabìa,
solo la nombraban en voz baja, como "Desafiante", la cara màs visible
de la avanzada del maldito que destruìa nuestras vidas sin piedad.
Diminuta, con cara de santita, la
primera vez que la vi estaba cubierta de sangre, con una espada en cada mano,
caminando sobre una pila de cadàveres, rematando heridos.
Fue tal el impacto al verla que
quedè mudo, para el mundo real era inexistente, su ùnica dedicaciòn era
asesinar impiadosamente, con la sola orden de su amo, tambièn, tenìa una
increìble buena suerte, ya que jamàs la hirieron.
Aquella primera vez, me perdì el
espectàculo de verla en la batalla, solo vi esa espantosa imagen, fueron unos
minutos, pero tuve pesadillas durante meses.
Todos le temìan, aùn màs que al
Tirano, imponente, pero lejano e intocable, ella estaba a mano, hasta podrìa
tocarla y hablarle.
Cobardemente me unì a ese
ejèrcito del infierno, con la firme decisiòn de
eliminar a sus cabezas.
Tardè en comprender, que siempre
hay un tirano y brazos ejecutores, tambièn cobardes que acatan cualquier
barbaridad, como en mi caso, aunque mis fines fueran la plena traiciòn.
Bueno, todos nosotros los
andrajosos que comìamos los despojos del ejèrcito del Tirano, jamàs tenìamos
contacto con los principales.
De inmediato, al verla tan cerca,
apenas unos metros de donde esquilmaba un pobre muerto, todas las leyendas que
se tejìan a su alrededor, cobraron vida, mientras miraba esa minima mujer, que
nada se aproximaba a la figura estereotipada que tenìa de ellas.
Lo que hizo que soñara, (aunque
el tèrmino real fuera pesadilleara), fue que este engendro se dio vuelta,
miràndome directamente a los ojos.
Un tremendo escalosfrìo corriò
por mi columna, estuve a punto de orinarme encima, los ojos que no veìa por la
cerrazòn del casco, me miraron durante un eterno minuto, para luego darme la
espalda y continuar con el remate.
Me obsesionè, lo admito,
comenzè a prestar atenciòn a las
historias sobre esa mujer que parecìa alejada de la raza humana, ya que
desconocìa la piedad y todos los buenos sentimientos.
Realizo una disgreciòn, durante
ese perìodo horrible en el cual el paìs fue incendiado de punta a punta, vi muy
pocos buenos sentimientos, incluyèndome.
II
Durante nuestra entrada a lo que
quedaba de una hermosa ciudad, nos dedicamos a saquear con tranquilidad, ya que
ningùn poblador quedò vivo, rescatè de una elegante tienda, ¡bah!, lo que
quedaba, una mochila de cuero, varias resmas de papel y làpices, que los
despojadores no nesecitaban, ya que la mayorìa no leìa ni escribìa.
Al ver los objetos, mientras
metìa en mi enorme morral las boludeces habituales, metì papeles, plumas,
varios tinteros y secantes, pensando que no debìa perder totalmente mi pasado,
en el que era maestro de la escuela en mi ciudad.
Ahora que traspaso en papel las
impresiones, espero que mi mente descargue el horror que vivì, en realidad, que
todos vivimos, para aunque sea lograr dormir seis horas, sin pesadillas.
III
Un año màs tarde, me ocurriò algo
trascendente.
Para variar buscaba comida en una
aldea saqueada, lo que era en extremo difìcil, con mi magra pitanza en una
bolsa de tela, pasè la ùnica pared que quedaba en pie y quedè paralizado.
La imagen quedò pirograbada en mi
mente, una mujer muy menuda, vestida solo con una tùnica de algodòn gris, bastante
desteñida, atada con una sogita en la cintura, arriba de las rodillas,
sandalias sin suela, el cabello por los hombros, color ceniza, nariz y boca pequeña, lo màs increìble eran
sus ojos, no pude definir si eran azules, casi blancos o blancos, lo que ensombrecìa
sus rasgos, hacièndola parecer ciega, tambièn lo que metìa miedo eran la
cantidad de cicatrices visibles, que marcaban
brazos y piernas.
No era una loca que buscaba que
alguno de nosotros la violara, era la Desafiante.
Nada extraordinario pasò, la pose
relajada, no se abrieron los cielos, ni la circundaban dragones escupiendo
fuego, ni rayos y centellas le abrìan paso.
Al igual que la vez anterior, los
segundos de cruce de miradas, se transmutaron en siglos.
Durante esos metafòricos siglos,
revivì la muerte de toda mi familia bajo su espada, sí, SU espada, en realidad
de la avanzada de las sombras como la llamaban en mi ciudad, algunos
trasnochados pensaron que podìan hacerles frente.
Lo màs increible, leì claramente
su decepciòn porque yo no podìa matarla, estaba armado, sì, pero era una
verdad, no podìa tocarla una extraña fuerza, lo impedìa a pesar de mis deseos.
Para mi consuelo de tonto,
ninguno de los despojadores, asì nos decìan, podìa hacerlo, a pesar que mi
historia era calcada de la de todos ellos.
Inopinadamente, pedì:
_ Quiero unirme a la avanzada.
Me miro con cara de no haber
entendido las palabras, pero captè su atenciòn, lo intente nuevamente, màs
lentamente, como si hablara con una niña, o una retrasada mental:
_ q u i e r o u n i r m e a t u e
j è r c i t o.
Obtuve su atenciòn plena, me mirò
de arriba abajo durante un momento, hizo una seña que la siguiera, de esta
manera, me unì al ejèrcito del Tirano, màs especìficamente a la avanzada.
IV
Cuatro meses màs tarde de este
hecho, podìa decir que en nada diferenciaba a mi vida con los despojadores.
La avanzada del ejèrcito del
Tirano estaba compuesta por locos, maniàticos, asesinos convictos, salvajes,
con tendencias suicidas.
El ejèrcito regular les temìa,
vivìan de manera asquerosa, como cerdos en un chiquero, el peor de estos
ejemplares era Crofp, el segundo de la loca de ojos blancos.
Èl era el interlocutor con los
estrategas del ejèrcito, ya que ella parecìa no comprenderlos, pero para
ejecutar lo planeado era mandada a hacer.
Como me lavaba la cara todos los
dìas y escribìa en mi diario, pasè de llevar la impedimenta en un carro
destartalado, comiendo sobras, a acercarme al cìrculo de Crofp
Lo que cuento sucintamente, me
costò meses de juntar la mierda de los suicidas, siempre avanzando hacia la
fortaleza de los elementales, devastando todo a nuestro paso.
V
Al convivir con la Desafiante y
Crofp, en varios momentos pensè que perdìa la chaveta, porque eran dos seres
salidos de pesadillas.
Avanzàbamos, sin tener
encontronazos, iban delante, yo inmediatamente detràs, llevando al tiro a una
mula, que transportaba la fragua portàtil de la Desafiante.
En cada lugar que nos
asentàbamos, prendìa un fuego, trabajaba en la fragua, primero con sus armas,
luego con las nuestras, tambièn con las que los soldados de la avanzada le
alcanzaban.
Existìa la leyenda, que cualquier
fluìdo corporal que cayera sobre las armas que realizaba, tenìan un poder letal
mayor, en apariencia era asì ya que tenìamos muchos menos bajas, de las que
normalmente tendrìamos que tener, por el trabajo realizado.
Ante cada parada, mi primer deber
era armar la fragua, la utilize o no, casi siempre lo hacìa, en mi infernal
existencia, el pim pim del martillo, sonaba hasta en mis pesadillas.
Creò una armadura articulada con unas
pùas que sobresalìan por todos lados, ultra liviana, Crofp tenìa una, lo que lo
hacìa parecer un exòtico y peligroso animal.
VI
Las escaramuzas se multiplicaron
al acercarnos a la fortaleza elemental, era una zona cubierta de bosques,
accidentes geogràficos y rìos, que bajaban caudalosos de las montañas.
Los que debìan abrirnos una
brecha en el bosque fueron eliminados, entonces nos encomendaron abrir una
brecha, para los que debìan abrir una brecha en el bosque.
Bueno, salimos a una especie de
claro rocoso entre dos mesetas, Crofp que se encontraba junto a ella, cayò con
una flecha en el pecho, me encontraba a pocos metros, me acerquè con alivio que
fuera èl y no yo, cuando fui testigo de un extraño espectàculo.
Desafiante pidiò agua, al
alcanzàrsela, la arrojò al rostro, lo màs asombroso, lo sacudiò violentamente
gritando:
_ ¡Què ves! ¡Què ves!.
Saltè de terror, al escuchar a
Crofp responder con angustia:
_ Mi vida, hice todo mal.
La mueca era espantosa, presentìa
que mis pesadillas volverìan.
Asistì a un verdadero fenòmeno
sobrenatural, aunque la gente del S XXI, dirìa que eràmos todos obsesivos
compulsivos, con tendencias psicòpatas.
Esa fue la primera vez que
escuchè claramente una especie de chasquido dentro, como si algo se quebrara,
pero no en el cuerpo, algo de la mente o en el alma, si la tenìa, ya que
durante ese perìodo dudaba de ello.
Lo màs asombroso fue ella, por
primera vez mostraba el fuego interior que la consumìa
Con un ùltimo suspiro, cagò fuego
o expirò, depende lo educados o gràficos que sean.
La vi completamente abatida,
arrodillada junto al cadàver, con la barbilla en el cuello, los cabellos
cubrièndole el rostro, fue para mí, como una epifanìa, como cruzar un umbral.
Recuerdo cada detalle, en los
cabellos tenìa restos de sangre y algo màs.
Al segundo levantò la cabeza,
miràndome con los ojos blancos, hablò sin emociòn alguna:
_ Ahora sos Crofp.
Mirò la insignia del tridente en
el pecho de Crofp, la flecha, lo habìa hundido hasta su mismìsimo corazòn, una
ironìa del destino.
_ No importa, igual sos Crofp.
En un año, era la primera vez que
la escuchaba hablar tanto.
VII
Dìas màs tarde apareciò un fulano
del alto mando, a caballo, con uniforme de gala, los metales de la armadura
brillantes, sus armas de apariencia nueva, claramente se notaba que le daba
asco estar ahì, con la escoria màs valiente del ejèrcito del Tirano.
Durante mi tiempo con ellos lo
habìa visto varias veces, traìa las òrdenes de los cràneos del comando general,
kilòmetros atràs, donde se decìa que la gente estaba limpia, comìa y bebìa en
vajilla, en fin.
Con la nariz fruncida por el olor
a muladar humano, preguntò:
_ ¿Y Crofp?.
Le hice una expresiva seña, que
entendiò enseguida, se dirigiò a ella:
_ Desafiante
¿Quièn es el nuevo lugarteniente?.
Sin responder, me señalò.
Toda esta conversaciòn la hizo
sin bajar del caballo.
_ ¿Tenès nombre?
_ Shivret.
De un tiròn me dio todos los
detalles elucubrados por el mando mayor, junto con unos planos del terreno, por
ùltimo me preguntò:
_¿Sabès leer?
_ Sí.
Me alcanzò un primoroso sobre,
lacrado, con las insignias del Tirano, con el notorio alivio de no tener que
leerle la carta, ya que probablemente no entenderìa nada.
_ Adiòs y suerte.
Abrì la carta y leì en voz alta
el mensaje del Tirano a su asesina favorita:
_ “Querida Asvil, mis asuntos en
la capital han terminado, en breve nos veremos.
Continua asì, la fortaleza
elemental està cerca de caer, todo gracias a tu entrega por la causa”.
Firmaba con una larga lista de
tìtulos.
Se me retorcieron las tripas, si
sobrevivìa conocerìa al causante de que la mayor parte del paìs estè en llamas
y que mi familia, como la de muchos, muriera.
Màs allà de mi nàusea, con la
sorpresa de saber su nombre y con la ignorancia de no entender porque nadie lo
usaba, le dì la misiva, la mirò sin comprender, dejàndola caer al suelo lodoso,
continuò afilando su hacha.
Hice un comentario banal sobre
las òrdenes.
_
Asvil, buscarè a los exploradores para mostrarles los planos.
Al instante estuve en el suelo,
con una filosa daga que me cortò levemente el cuello, los ojos blancos en los
mìos destilando odio.
_Asvil, no. Desafiante, sì.
Y saltò hacia atràs, alejàndose.
VII
Al estar atravesando una zona de
lagos, valles, altas motañas, bosques ocultos, resultaba natural en el otoño
que hubiera niebla, durante la mayor parte del dìa.
Asì entramos en un pequeño llano,
oculto entre montañas gigantes, bosques abigarrados, de pronto se abriò un
camino, que resultaba notorio que hacìa rato que nadie lo hollaba.
La niebla insinuaba el contorno
de casas semiderruìdas, el viento montañoso, creaba un sonido sibilante, que me
dio escalosfrìos.
Desmontamos y hablò:
_ Aquì, aldea de Desafiantes de
la Muerte.
Con esas palabras, el
espeluznante lugar tomò otro cariz, ganando en espanto.
La seguì, porque a medida que nos
metìamos en de la aldea abandonada, la niebla era màs densa y compacta, parecìa
tomar entidad fìsica.
Un pànico irracional, que nacìa
del estòmago se apoderò de mì, paralizàndome, al instante, la niebla me
envolviò desorientàndome por completo, sentì, como si fuera una tercera
persona, la lucha entre la mente que instaba a avanzar y el cuerpo que como
mula, se negaba a acatar la orden.
La piedra en el estòmago cediò,
al aparecer la fantasmagòrica Desafiante, los ojos blancos, fosforecìan como el
fuego fatuo de los cementerios.
_ Elementales hechizar lugar,
nadie encontrar. Y quien entrar, jamàs salir.
Tomò mi mano, tropezando, me guìo
hasta una casa cochambrosa, que un soplido la derrumbarìa.
_Abrir puerta.
Al hacerlo, dì un paso,
literalmente caì de espaldas, la casa era preciosa, como la de los cuentos,
iluminada por varias làmparas, un fuego crepitante y acogedor en la chimenea,
bellos muebles, una mesa servida, retratos enmarcados sobre encantadoras
mesitas, en fin, parecìa que alguien aparecerìa para recibirnos.
Caì a los pies de la Desafiante, al incorporarme,
casi vuelvo a caer, un leve halo naranja, como un reflejo, se despegaba de ella
Al igual que cuando murìo Crofp,
la vì trapito, con una depre notable, respirò hondo, enderezò la espalda,
quedàndose en medio de la estancia.
_ Maldito padre hechizar casa
donde vivir con madre. Desaparecer cuando los tres morir.
VIII
Despuès de un tiempo (que parecìeron años), de vivir con la avanzada, mis pensamientos
sufrieron un cambio sutil.
El odio que sentìa contra la
Desafiante de la Muerte, virò en compasiòn, por el sufrimiento interno que se
le notaba a kilòmetros.
Su vida se reducìa a avanzar
hacia la fortaleza elemental, sin importar el costo, no dormìa, apenas comìa,
ni se comunicaba con nadie.
Cada tanto se lavaba la cara en
algùn balde que encontraba por ahì, la ropa roñosa se la cambiaba, porque tomè
la costumbre de alcanzarle limpia.
Al repartirse los saqueos, o la
paga del ejèrcito, dejaba el dinero por cualquier lado, sistemàticamente, lo
juntaba y al intentar dàrselo, me lo regalaba.
Sentìa asco de mì mismo por
aceptar una paga por matar a mis semejantes, solo por vengarme de la Desfiante,
por eso, todo lo recaudado, iba a parar a la cola de ese ejèrcito, a mis ex
compañeros, los despojadores, que se lo repartìan sin entender mis motivos,
miràndome con admiraciòn por haber llegado tan alto.
Cada vez que realizaba esta
operaciòn, al regresar a mi puesto buscaba un sitio apartado para vomitar,
porque me odiaba, ya que por màs que lo intentara, algo, una fuerza
sobrenatural me impedìa clavarle un cuchillo en medio del pecho.
IX
Varias veces tuve que ir al
comando general, que estaba a varios kilòmetros detràs nuestro, describirìa que
estaban como reyes comparàndolos con nosotros, pero era todo un asco igual.
Allì conocì a un viejo mèdico del
ejèrcito, llamado Dayou, quien me relatò la historia de los Desafiantes de la
Muerte
Como una especie de antiguo pacto
entre los perfectos mortales de antaño e inmortales, para mantener el
equilibrio, se le pidiò a la Muerte que permitiera que unos pocos mortales no
fallecieran, sino solo bajo su mano, cuando ella lo creyera necesario y en
combate singular.
Unos treinta componìan este
extraño clan, que la Muerte retaba cada tanto, los combates solìan durar
semanas, inexorablemente, ganaba la Muerte.
Pasados los eones, un mortal
asesinò a otro, porque envidiaba su trato con los inmortales, el equilibrio se
rompiò, los mortales pelearon por cualquier cosa, avanzando sobre territorios
vìrgenes, donde moraban los inmortales y otros seres màgicos.
Tambièn los elementales, se
enamoraron de mortales, tuvieron hijos, rompiendo el equilibrio.
Poco a poco, los inmortales
fueron regresando a su mundo, hasta que solo quedaron los que moraban en la
fortaleza.
Los desafiantes no eran necesarios
porque la Muerte cosechaba a cuatro manos, cuando se aburrìa de cosechar por
guerras y plagas, los eliminaba de a uno.
La ùltima que quedò, la madre de
Asvil, fue respetada por su embarazo, su padre, un elemental de fuego, acatò el
mandato de ir a la fortaleza, abandonando a la madre de la Desafiante, es el
que tiene la llave para la muerte, que tanto anhela la loca.
Nada la detendrà, ya que el padre
del Tirano la criò en el odio, mutilàndola para que no conozca el placer.
X
Meditè durante dìas en el relato
de Dayou, que conocìa de primera mano, ya que era un jovencìcimo estudiante,
discìpulo del mèdico personal del padre del Tirano.
Sì, no leen mal, parece joven,
pero tiene màs años que el Tirano, segùn
Dayou, los Desafiantes, no envejecen como el resto de los mortales y en mi
trastornada jefa, hija de un inmortal, era màs notable.
O quizàs fuera, porque me parecìa
increìble ver a un ser residual, de las èpocas en que elementales y mortales,
convivìan felices, o casi al menos.
Toda esa antigüedad que yo mismo
relataba a mis educandos, cuando tenìa otra vida, que imaginè inmutable.
Al contar esas historias, opinaba
que eran todas un bolazo, ya que mi carácter era muy mental y racional.
XI
Tuvimos varias escaramuzas, pero
ninguna batalla verdadera contra los elementales, el chisme era que todos
emigraron hacia la fortaleza.
Sabido que o se unìan o morìan,
muchìsimos ciudadanos traspasaron la frontera, donde cinco mil kilòmetros
delante, se encontraba el legendario paìs de Dorzer.
Bueno, la hago corta, parte de mi
cambio era que mi temor a la confrontaciòn desapareciò.
Antes de entrar a la zona de los
grandes bosques, a la Desafiante la desafiaron, valga la redundancia, uno de
los paladines que protegìa la retaguardia de los que huìan.
Admirè la valentìa del hombre que
enfrentarìa en combate singular, con la que solo la Muerte en persona podìa
eliminar, quizàs haya sido estupidez, en realidad.
La cita se dio en un claro, con
ambos ejèrcitos de un lado y otro, sinceramente el otro era un ejèrcito,
disciplinado, con armaduras, cascos refulgentes, espadas, caballos acorazados,
detràs la infanterìa en tensa espera, nosotros, cien roñosos, armados y
olorientos.
El verdadero ejèrcito del Tirano,
estaba como a cuatro kilòmetros detràs nuestro, apenas un joven mensajero que
les llevaria las noticias, los representaba.
La ayudè a colocarse la armadura
que diseñò y armò, una especie de chaleco que se ataba con tiras de cuero, con
una espina dorsal de aguzadas puntas, lo mismo que el casco, brazos, piernas
cubiertas de placas de metal, que se fijaban con correas de cuero.
La simpàtica creaciòn, tenìa dos espadas
auxiliares en la espalda, màs las dos que llevaba en el cinturòn y las dos en
la montura, màs sus dagas cruzadas a en el pecho a modo de bandolera, parecìa
una niñita disfrazada para algùn carnaval.
Subiò de un salto al caballo, le
alcancè las dos espadas para que coloque en la cintura, hablò mientras se
acomodaba el casco:
_ Cuando este caer, atacar con
todo. No dejar uno vivo.
Mirè la refulgente caballerìa que
tenìa detràs el paladìn, sentì asco de mi mismo, ya que tendrìa que estar de
ese lado y no con la avanzada del Tirano.
Volviò a clavarme los ojos
blancos.
_ Segundo Crofp, aquì vivo, allà
muerto.
Puso el caballo en camino al
centro del claro, quedè con la boca abierta, porque evidentemente registraba
màs de lo que yo pensaba.
Cualquiera que mirara la escena,
pensarìa que la justicia estaba de nuestro lado, porque parecìamos unos
pobrecitos desahuciados y los paladines de los elementales unos snobs relucientes,
pero se sabe que las apariencias engañan.
Como pasa habitualmente, esperaba
una espectacular liza, lanzàndose uno contra el otro, que el choque sacara
chispas de las armaduras de los caballos y las espadas.
Pero la Desafiante era experta,
en un acto circense, parada sobre el caballo, con un movimiento de equilibrio
perfecto, cruzò las espadas a travès del cuello del paladìn, atravesando el
metal que lo protegìa, perdiendo la cabeza, literalmente.
La mìnima mujer saltò del
caballo, agarrò de los pelos la cabeza, enganchàndosela del cinturòn, mientras
nosotros avanzàbamos.
Montò y a toda velocidad se lanzò
contra la caballerìa, muchos de ellos, descendientes de elementales.
De manera increìble, los
refulgentes caballeros, dudaron unos segundos, porque ver a una mini tipa, con
una cabeza colgando del cinto, arremetiendo contra ellos, resultaba casi un
portento.
Bastantes desordenados, la
seguimos, cuando ella de manera asombrosa abriò una brecha, luchando con las
dos espadas, nosotros caìmos e hicimos una faena bastante buena.
De pronto, entre el caos de la
batalla, ya detràs de ella como correspondìa a mi puesto de segundo Cropf,
quedamos frente a un hombre de unos sesenta años, con barba y bigotes blancos,
de armadura plateada, perfecta, creada por los elementales.
Un pibito pàlido con gesto de
horror, estaba detràs, con un estandarte que marcaba al viejo, como hijo de un
elemental.
Con sorpresa, me di cuenta que la
trastornada, abriò paso directamente hacia la retaguardia de los paladines,
dando con uno de sus lìderes.
El viejo, dijo algo, que solo lo
entenderìa, años màs tarde, que quedò enterrado en el fondo de mi memoria:
_ Ves como los elementales.
Y la atacò de manera brutal, pero
ella con aparente facilidad, (escribo: aparente) lo atravesò con las dos
espadas en el centro del pecho.
Una luz blanca cegadora los
cubriò durante unos segundos, al volverse visibles, el viejo, cayò del caballo.
La Desafiante, no sè si por la
contraluz solar, brillaba, hasta que se moviò, vièndola tal cual, cubierta de
despojos, con gesto aburrido, en la punta de las espadas, restos del corazòn
del finado hijo del elemental.
El resultado de la batalla con
los paladines fue obvio, porque si no, no estarìan leyendo esto.
Al rato cayò, la reluciente
caballerìa del Tirano, sus oficiales se quejaron porque no les quedaban pares
para luchar, pedazos de pelotudos.
XII
No quiero dar la imagen que
llegamos a la fortaleza elemental, surfeando sobre cadàveres, muy por el
contrario, a medida que nos acercàbamos, sacaron la magia de sus galeras para
enfrentarnos.
Con la perspectiva que dan los
años, vi que los elementales se confiaron en su propio poder, que el ejèrcito
del Tirano caerìa, porque el bien siempre vence al mal.
Permìtanme una irònica
disgresiòn: ja, ja y ja.
Màs allà que a nosotros nos
guiaba una especie de fuego interior, muchos de la avanzada morìan como moscas,
por diversas enfermedades y heridas en batalla.
Pero esto venìa a cuento que al
ver claramente que nada detendrìa a la Desafiante, solo la Muerte, lo
intentaron de todas las maneras posibles.
Obesionada que en la fortaleza
estaba su norte, los elementales pensaban que matàndola o neutralizàndola, el
Tirano se desmoronarìa.
Lo que contarè a continuaciòn,
pasò dentro de este plan.
Unos quince dimos a un pueblucho,
enclavado en la punta de un risco, nos paramos en el centro, en una especie de
plaza, como tienen todos los pueblos.
Curiosamente, los habitantes no
lo quemaron al retirarse, quizàs por estar alejado del camino principal, la
vista desde la altura, era imponenente, parecìa que estàbamos entre las nubes.
Bueno, la cuestiòn es que de las
casas que rodeaban la plaza, algunas muy bonitas y antiguas, aparecieron una
jaurìa de perros enormes, la mayorìa leonados, con rayas, completamente
furiosos.
Atacaron a los que se
encontraban dispersos cerca de las
puertas, me sorprendiò la velocidad con que los eliminaron, escuchè los gritos
de agonìa, aterrado.
_ Mandar elementales. _ mascullò
la Desafiante.
Pensè que era una locura y que me
iba a volver loco.
Ràpidamente los perros abrieron
un camino entre los hombres, casi sin daño alguno, por parte de los animales,
por supuesto.
La Desafiante se puso en guardia,
directa y ràpidamente cinco de ellos la atacaron, de manera feroz.
Defendièndose con las dos
espadas, los perros màgicos la mordieron en un brazo, la pantorrilla izquierda,
por primera vez la vi sangrar de verdad.
Nos paralizamos, al ver que la
Desafiante llevaba las de perder, no la matarìan, pero quizàs quedara mutilada
gravemente.
Utilizè toda mi fuerza de
voluntad para intevenir, ya que en mi, luchaba la satisfacciòn de ver como los
perros la malherìan y cierto cariño de la convivencia.
Los perros solo la atacaban a
ella, dejando de lado al resto, cuando no soportè màs la escena, intervine, de
inmediato los perros se lanzaron en mi
contra.
Varios hombres se sumaron al
rescate tardìo, a mi flanco derecho, vi a la Desafiante pasàndola realmente
mal, con la derecha, intentaba mantener alejados a dos, mientras que otro lo
tenìa prendido del brazo izquierdo, tuvo que distraer la defensa, para
cercenarle la cabeza al del otro brazo.
No sentì lo mismo que al pelear
con hombres, tenìa miedo, de verdad, inexplicable, una roca en el estòmago, que
me volvìa màs lento.
Quedè tan cerca de la Desafiante,
que fui salpicado por su sangre, mezclada con la de los animales, realmente la
admiraba, ya que luchaba sin cejar, lanzando estocada tras estocada, llevando
todas las de perder.
En algùn momento, nuestros
hombres salieron del estupor y nos ayudaron, con lo cual la pelea con los perros
màgicos, comenzò a inclinarse a nuestro favor.
Los perros tenìan una voluntad y
fuerza sobrenatural, todos intentaban llegar a la Desafiante, que resollaba
como un caballo cansado, la sangre formaba un charco a sus pies, ya que de
manera insòlita, las dentelladas, destrozaron los metales que le cubrìan las
pantorrillas.
En un momento, en lo màs
sangriento y ruidoso de la pelea, tanto la Desafiante como los perros se
detuvieron sùbitamente, como si escucharan un sonido lejano.
Debiò haber sido asì, porque como
si oyeran una orden inaudible, los perrros se fueron como llegaron.
En el centro de la plaza, de la
cual los animales no nos dejaron casi movernos, brotaron ayes de dolor
terribles, para variar, al oìr, sumando la visiòn de los hombres mordidos, algunos
destrozados, supe que retornarìan las pesadillas.
Me encontraba a unos pocos metros
de la loca, pero de espaldas, me di vuelta, solo para verla caer despatarrada.
Claro que no estaba muerta, no
podìa dejar de mirarle las dentelladas, que en algunas partes le arrancaron
pedazos de carne, sangraba como una canilla abierta, parecìa que cada lugar de
su cuerpo menudo estaba lastimado.
Claramente, como si fuera una
pelìcula, mi mente desgranaba el tiempo, como si todo fuera màs lento la
reacciòn fue alzarla, conciente que tambièn estaba lastimado y tenìa dolores
espantosos.
Milagrosamente aparecieron parte
de nuestros hombres, con la caballerìa del ejèrcito, entre ellos Dayou.
Luego me dirìa, que al vernos
hechos mierda, lamentàndonos como niñitas, no comprendiò lo que pasaba, ya que
los perros que matamos, se convirtieron en cenizas, que el viento del este
esparciò.
Sus ayudante se dedicaron a los
hombres, me indicò llevar a la Desafiante a una de las casas.
Al entrar, preguntò boludamente:
_¿Què es ese olor? Parecen
flores, lo sentimos, apenas tomamos el camino hacia aquì.
En efecto, un aroma exquisito,
flores, frutas, maderas, ¡bah!, a magia, el aroma elemental.
Sentì asco de mì mismo, por
profanar lo bello, màgico y sagrado de la Tierra, sirviendo a este engendro del
infierno, de igual manera, con este deprimente pensamiento, literalmente arrojè
a la Desafiante sobre un primoroso jergòn, que al instante quedò chorreando
sangre.
_ Sacale la ropa. _ ordenò,
mientras sacaba unos utensilios, que parecìan refinados instrumentos de
tortura.
De sus ropas que normalmente eran
trapos, solo quedaban jirones, el vòmito brotò de mì, al sacarle lo que quedaba
de la protecciòn de la pantorrilla derecha.
Las dentelladas, como a Crofp,
rompieron el durìsimo metal, enterràndose en sus flacuchas piernas, al tirar,
escuchè su carne desgarrarse, al mirar, un colgajo (perdòn la redundancia),
colgaba del metal destrozado.
Vomitè, hasta que las arcadas me
hicieron doler el estòmago.
_ Si terminaste, agarrà un balde
y trae mucha agua._ oì la voz de Dayou.
Le alcancè dos baldes, con varios
trapos, que eran mononos repasadores bordados, limpiamos a la Desafiante que
estaba hecha mierda.
Colaborè durante horas, superando
mi asco, così los cortes menores, mientras Dayou intentaba reparar los mayores.
De pronto, la Desafiante
despertò, incorporàndose, mirò al mèdico con odio, volviò a recostarse, la
obliguè a beber una pòcima, que la dejarìa drogada y en las nubes.
Cuando terminamos lo grueso, la
pasamos de jergòn, al taparla vi su pubis, retrocedì espantado, casi no tenìa
vello, pero tampoco labios vaginales
Con morbosidad perversa, observè
el raro fenòmeno, tenìa unidos los labios, salvo por un pequeño resquicio, la costura,( sì, estaba
cosida) se notaban las cicatrices de los pinchazos, terminaban a la altura del
ano.
Al ver mi cara de espanto, Dayou
susurrò:
_ El padre del Tirano trajo un
cirujano de Dorzer para hacerlo, fue cuando tenìa unos siete años. Tambièn le
rebanaron el clìtoris, aunque no se ve.
_ Hijos de puta_ me saliò del alma.
Comprendì la razòn de su odio,
sumàndome al sentimiemto.
Despuès que Dayou me curò, se fue
a ver a los otros, apoyè mi cabeza a los pies de la cama y llorè
desconsoladamente.
XIII
Desafiante tardò unos cuantos
dìas en despertar, porque sìguiendo la indicaciòn de Dayou, le di la pòcima a
mansalva, ante mis ojos observè su asombrosa recuperaciòn, sì, màgica.
Tambièn enviaba comida especial
para ella, compuesto de cierto tipo de alimentos y una buena raciòn para mì,
craeda por el cocinero de la oficialidad.
Mientras la cuidaba, volvì a
tomar vino, a comer carne y verduras, a sentarme en una mesa, con mantel,
vajilla, a leer y escribir.
Aprovechè esos pocos dìas para
vivir en una casa normal, limpiè la sangre, prendì un fuego, hasta cocinè, leì unos textos que encontrè en la casa,
bastantes boludos, pero libros al fin.
Fue como volver a la normalidad,
una casa, fuego en el hogar, cocinar, barrer, hasta me bañè minuciosamente,
corte mis crenchas, me afeitè, por completo, porque desconocìa cuando
terminarìan mis vacaciones.
La pòcima la volteaba,
aprovechando para hacerle las curaciones, tal y como lo indicò el conchudo
de Dayou, las heridas eran muy
profundas, pero curaban a una velocidad asombrosa.
En esos dìas cayò una tormenta de
verano, viento y lluvia durante horas.
Morbosamente, mientras la
Desafiante estaba inconciente, observè el horrror que le hicieron, era
perfecto, podìa orinar y defecar, pero no tener placer.
Mis pesadillas regresaron, apenas
cerraba los ojos, perros furiosos me perseguìan, al alcanzarrme, me arrancaban
los genitales a mordiscos.
Debo haber gritado mientras
dormìa, porque que despertè, sacudido con violencia por la Desafiante, que me
miraba con los ojos blancos, de mirada anodina, sin sentimiento alguno.
Me incorporè, abrazàndola, el
antiguo odio transformado en hermandad, me identificaba con cierto dolor, que
ella jamàs demostraba.
XIV
Durante dìas tomò la pòcima,
hecha con unas flores rojas, originarias de las tierras del oeste.
Uno de esos dìas, durante ese
parate obligatorio, volvì del bosque, con una magra caza a decir verdad y ella
no estaba.
Desde el comando, el mèdico
enviaba una provisiòn de tònico calmante, dejàndolo en el cuarto donde la
Desafiante se recuperaba, habìa cinco, ahora una sola, como la tipa estaba
loca, por màs que me quemè la cabeza, no se me ocurriò adonde podrìa haber ido.
Al anochecer, fui a dar una
vuelta para buscar leña, la encontrè durmiendo, enroscada como un perro, bajo
un roble, frente a la casa a su lado, la botella del sedante casi vacìa.
Realmente, no me preocupè, ya que
no podìa morir, pero de igual manera, la alcè, acostàndola, calentè agua, la
sacudì, quizàs con màs violencia de la necesaria.
Verdaderamente estaba
inconciente, con el cuerpo inerte, de repente en una de las sacudidas, sentì en
mis manos el exacto momento que la mente, conectò con el cuerpo, tuve una
sensaciòn sobrenatural, como de que algo hubiera entrado en el cuerpo de la
Desafiante.
_ Soltame._ dijo enfocando.
Retrocedì, se sentò con las
piernas cruzadas, milagrosamente, volviò a hablar:
_ Querer comer, igual que vos.
Entonces, descartè la sopa
enviada para ella, dàndole mi estofado de liebre.
Primero lo olìo, le di la
cuchara, suspirando comiò un bocadito, pocos minutos màs tarde, lo habìa
tragado entero, tomò media jarra de agua, se tirò para atràs.
_ Maldito Dayou confesar que
comida que dar, cambiar caràcter.
Recordè al instante, la noche que
saliò, esa misma mañana me encontrè con Dayou que rengueaba y tenìa un ojo en
compota, junto con un extraño comentario:
_ No sè si sos la mejor
influencia para la Desafiante.
Chan.
XV
Ya me habìa acostumbrado a que mi
jefa cada tanto despareciera, regresaba dìas màs tarde, no sè como expresar en
su caso contenta, o màs tranquila.
Aprovechaba esos momentos, para
escribir, o ir a buscar alguna chica, no de las que frecuentaban la avanzada,
sino de las que seguìan a la oficialidad, màs o menos diez kilòmetros. detràs
de nosotros.
Esas mujeres, sabiendo que todos
sufriamos de carencias afectivas graves, me cuidaron muchas veces casi con amor
maternal, digo casi, porque cobraban mucho.
Todas ellas, acostumbradas a las
pesadillas de sus eventuales clientes, por eso al salir de mi infierno personal
onìrico gracias a los llamados de Garina, casi lloro de alivio en sus brazos.
Mi maldita mente, al instante
reemplazò el alivio por la realidad, que era peor que las pesadillas.
Ahì sì, llorè hecho una bola
sobre la cama perfumada, sentìa que Garina me abrazaba, como un niñito
degenerado, llorè a moco tendido sobre su pecho.
Se ve que algo debo haber hablado
dormido, porque despuès de un largo rato, cuando ya solo nos envolvìan los
sonidos nocturnos del comando y piafar de los caballos, Garina susurrò:
_ Quizàs debas dejar la avanzada.
Salì del lecho, me lavè la cara
con el agua de una jofaina, levantè del suelo la botella de aguardiente,
tomando un largo trago, que me quemò la garganta, dejàndome sin aire durante
varios segundos.
Resollando para recuperar el
aire, me di cuenta que no podìa dejar a la Desafiante, que algo me ataba a
ella, negàndome de manera conciente a llamarlo sentimiento.
_ Todos lo que estamos aquì,
tenemos pesadillas, cada uno las auyenta como puede. La loca a quien servìs,
tiene un amigo aquì en el comando._ opinò Garina, sentada en la cama.
Debe haber sentido mi asombro,
expresado sin palabras, porque riò y continuò.
_ Se llama Alac, bisnieto de una
elemental de agua. Hace los planos.
Volvì a la cama, para disfrutar.
Al dìa siguiente, salì de los
brazos de Garina, para ir a en busca del amigo de la Desafiante, bastante
descreìdo que tuviera alguno.
Hacièndome el boludo preguntè a
un oficial que conocìa, ràpidamente ubiquè la gran carpa donde estaba el tal
Alac.
Me detuve en la entrada, buscando
la excusa perfecta para mi faceta de chusma, cuando saliò de dentro un hombre
menudo, de mi edad, cabello moreno, bastante crespo, de rasgos fuertes pero
armoniosos.
_ Asì que sos el famoso Shivret.
Pasà es un honor conocerte. _ exclamò con voz gruesa.
Exageradamente hizo una seña, la
carpa era grande, una mesa dominaba la visiòn, llena de planos, reglas y
làpices, sirviò dos vasos de vino de excelente calidad, que bebiò como si fuera
agua, nos sentamos frente a frente, en silencio durante varios minutos.
De pronto me di cuenta que estaba
molesto ante el atractivo Alac, que se daba cuenta y disfrutaba de ello.
Se levantò, buscò algo debajo del
catre, corriò los mapas, apoyò una caja de madera pequeña, al abrirla,
aparecieron soldaditos de metal, algunos de ceràmica y madera, caballos,
delicadamente pintados.
_ Asvil viene aquì a jugar. Busca
su caja, se queda a veces horas, a veces
dìas, a veces minutos.
Mi sorpresa por lo revelado, dio
paso a la vergüenza por descubrir algo privado.
_ No te preocupes, me dijo que
tarde o temprano te conocerìa.
La odiè, por conocerme tanto.
XVI
Luchàbamos espalda con espalda,
contra los ciudadanos que intentaban detener la locura del Tirano.
Casi no escuchaba cuando mi
espada entraba en alguien, ese ruido como si se rasgara una tela gruesa.
Cuando terminamos nuestra faena
del dìa, quedè en cuclillas, entre los cadàveres, como siempre fui conciente de
la traiciòn a mis pares, a todo lo que creìa estable, hasta que vi muerta a mi
familia.
Para variar vomitè, sin tener
tiempo para sacarme el casco, me chorreè todo, dàndome un silencioso ataque de
nervios, tironeè de las tiras de cuero, hasta que mis torpes dedos lograron el
cometido.
Dejè todo tirado, yèndome del
lugar, caminando sin rumbo, hasta que esquivando cadàveres y despojadores
lleguè a un riacho, bastante sedimentoso, mojè mi rostro y lo crucè.
Camine alelado, hasta bien
entrada la noche, derrumbàndome junto a un àrbol, con la horrible sensaciòn de
espanto por mi ètica, por la persona en la que me habìa convertìdo.
Con la cara apoyada en la tierra,
pasaron las imàgenes de cuando llevaba una vida predecible, en la cual pedìa
cada dìa algo que me sacara de la abulia, aunque lo que pintò, no era exactamente lo que deseaba para
huir de la rutina.
Con el depresiòmetro
peligrosamente alto, porque ciertas ideas suicidas se colaron en mi, la mente
se apagò y me dormì.
Al despertar el sol estaba alto,
la Desafiante se encontraba sentada delante, su caballo triscaba cerca.
Sin utilizar el pensamiento, mi
primera emociòn fue odiarla, como si manara de mi corazòn, no se dio por
aludida, alcanzàndome una especie de paquete, hecho con un trapo anudado.
Lo abrì, frambuesas y moras que
juntò para que coma.
Estùpidamente rompì a llorar, con
las manos enterradas en el rostro, entre hipidos y sollozos, la escuchè:
_ Segundo Crofp ser libre de
irse, asì dejar de sufrir. Nadie tocar, dar salvoconducto.
Mirè los frutos rojos, sopesando
las palabras; ambas acciones demostraban cierto cariño o sentimiento, lo que me
sorprendiò sobremanera, deduciendo que la Desafiante se encontraba muy sola,
para brindar cariño a alguien que la odiaba.
Como un zombi, seguì con ella.
XVII
Como lugarteniente mi ùnico deber
era seguirla.
Debido a ello, sentì claramente
el cambio en mi mente, antes fue solo un esbozo, o mejor escrito un destello,
en ese lejano ayer, fue una maldita realidad para mi.
Ella no dormìa como cualquiera,
sino cuando tenìa ganas, lo mismo con la comida, generalmente una vez al dìa.
Cuando dormìa, me acostaba cerca,
descansàbamos cuidados por nuestros compañeros, apenas un par de horas, cada
vez.
Con el paso del tiempo, pero sobre
todo por el frìo dormìamos pegados, espalda con espalda.
Obviamente, yo necesitaba dormir
màs, cuando esto ocurrìa, ella me cuidaba, al despertar, inexorablemente me
cruzaba con su mirada hueca.
En este mundo trastocado, me daba
tranquilidad verla al despertar.
En lo màs crudo del invierno, con
nevadas a la vista, la falange de la desafiante se detuvo en un caserìo, ya
desierto y semiderruìdo.
Los habitantes huìan, quemando
todo a su paso, pero por el apuro o vaya
saber porque, un par de casas quedaron en pie.
Con el fuego crepitando,
amontonados como perros en el suelo, dormimos por primera vez una noche entera.
De pronto despertè, la Desafiante
dormìa plàcidamente, con la cabeza apoyada en mi pecho, abrazàndome de manera
inconciente.
Con la soltura interna que da el
estar medio dormido, la acomodè, porque sentir su cuerpo junto al mìo me daba
mucha ternura.
Metiò la cabeza en mi cuello.
_ Desafiante no ama, no sabe. _
murmurando
_ No importa, tampoco sè.
La apretè màs contra mi cuerpo
(estàbamos varios grados bajo cero) y
volvimos a dormirnos.
A partir de ese dìa dormimos
siempre asì, abrazados.
XVIII
Y cierto dìa nublado, que
presagiaba una tormenta de primavera, apareciò el Tirano.
Decir que “apareciò”, no es
correcto, antes de ver su carruaje dorado, tirado por cuatro caballos blancos
lustrosos, surgiò una guardia fanfarriante, que nos dejò secos con las
trompetitas.
La Desafiante, que trabajaba en
la fragua, mejorando las pùas de su casco, al escuchar la musiquita, lanzò un
largo suspiro, dirigièndose cansinamente al camino.
Despuès del tururù de las
presentaciones de un joven insignia, parò el carruaje dorado, un pibito con
librea, puso una alfombra, abriò la puerta y .......todos contuvimos la
respiraciòn hasta que bajò el Tirano.
Admito mi sorpresa al ver bajar a
un tipo alto, gordote, vestido de terciopelo rojo, armadura dorada, barbita,
recortada con prolijidad, lleno de anillos y preceas inventadas, que le
colgaban del cogote papudo.
La sorpresa no fue por lo
rìdiculo del Tirano, sino que era un tipo de unos cincuenta largos, Dayou, me
contò que la Desafiante era varios años mayor.
Sentì un crac, que no supe si
vino de las cervicales o de mi mente, solo que mis ojos viraron del perfumado
Tirano, a la espalda de la loquita, porque mi racionalidad educada en la
universidad, no creìa demasiado en los seres màgicos, pero ahì estaba,
bañàndose con un balde en un estercolero.
Màs que crac, volò por el aire, o
sea PUM.
Pero ese dìa de iluminaciòn,
apenas empezaba, ya que Tirano abrazò a la Desafiante, besàndola en ambas
mejillas con mentiroso cariño, extendiò la mano, un perfume floral inundo
nuestras narices.
Del carruaje dorado, (obviamente)
bajò la princesa del cuento, reencarnada en la hija menor del tirano Tattin, de
diecinueve años.
¿Còmo describirla?, hermosa,
bella, limpia, virginal, perfecta serìa lo adecuado, disculpen, hacìa meses que
no veìa a una mujer tan inmaculadamente
prolija.
Como escribì arriba, la mayor
sorpresa fue al ver a la Desafiante, siempre era indiferente, esta vez tenìa la
boca abierta, embelesada mirando a la joven.
Tattin le extendiò la mano, e
insòlitamente, la Desafiante solo le hizo una reverencia, escondiendo ambas
manos detràs de la espalda.
Casi sentì ternura, ya que no se
atreviò a darle la mano roñosa y callosa por la espada y el martillo.
Despuès el Tirano dijo un par de
pelotudeces rimbombantes, montò con su hija al carro dorado y desapareciò rumbo
al comando general.
A partir de ese momento el ànimo
de la Desafiante cambiò por completo.
Si antes dormìa poco, ahora nada,
si antes cruzàbamos dos palabras por dìa, ahora niguna, solo se sentaba bajo un
àrbol, con su mini fragua, el yunque y las herramientas, pero nada hacìa.
Al tercer dìa, un paje de librea,
con la nariz fruncida, me alcanzò un sobre, apenas pude contener la risa
mientras se lo leìa.
Si, disfrutaba con su
sufrimiento, a veces al menos.
“El Tirano invita a Ud y su
lugarteniente al comando general, bla y bla, cena etc, etc.”
Me mirò completamente
desesperada, Tattin la desestabilizò, lo que me parecìa asqueroso e increìble.
No relatarè aquì la tortura que
fue la cena para ella, sentada junto a Tattin, que abiertamente le coqueteaba,
apañada por el Tirano lo que fue para mì, francamente e incomprensible.
XIX
Durante el tiempo que esperamos
por la pesada maquinaria para el asedio de la fortaleza, fui testigo de cómo
Tattin seducìa a la Desafiante.
Ocurrìa que nosotros, la
avanzada, cumplìamos bien el trabajo, ergo avanzàbamos mucho, dejando muy atràs
a la infanterìa y la impedimenta.
Durante kilòmetros y dìas no
veìamos a nadie, pueblos, ciudades abandonadas y quemadas, al ver esto, mi
estòmago se retorcìa, brotando del fondo de mi mente adormecida la pregunta,
¿què estoy haciendo?.
Bueno, màs allà de mi ètica y
moral, enterrada por el instinto de supervivencia, no me dì cuenta la forma que
el Tirano, nos metìa en un plan, salido de su peor lado.
Tres dìas despuès de la cena,
descansaba plàcidamente, casualmente luego de almorzar todos juntos, como una
familia de psicòpatas antifuncionales, apareciò Tattin, con una acompañante
madura y dos guardias.
La Desafiante, dormitaba tirada
en el suelo, con la panza al aire,
absorviendo el calor del sol, interponièndose Tattin, tambièn oìmos su alegre
voz:
_ Qiuiero dar una vuelta y mi
padre solo me da permiso si me acompañàs vos.
La Desafiante se levantò como si
tuviera un resorte en el orto, dirigièndose al corral donde estaban los
caballos.
Tuve que accionar mi propio
resorte anal, siguièndola al corral, nos pusimos unas pecheras de metal,
llevamos las consabidas espadas, etc.
Durante el tranquilo paseo,
ìbamos los tres en lìnea, Tattin intentaba
entablar una conversaciòn con la Desafiante, empresa imposible.
Realmente, me habìa vuelto un mal
tipo, o quizàs lo fui siempre, porque disfrutaba enormemente, ver el apuro y
sincero sufrimiento de la Desafiante, verla nerviosa, alterada resultaba toda
una novedad.
Tattin hablaba hasta por los
codos, solo callò cuando llegamos a un enorme lago azul entre las montañas, el
paisaje bello y apacible.
La Desafiante desmontò de un salto,
ayudando a la muchacha, fue raro ver, tomarla delicadamente de la cintura y
depositarla con facilidad en el suelo.
Durante unas milèsimas de
segundo, sus ojos se cruzaron, Tattin cayò en el silencio, solo la miraba y nos
ayudaba a preparar el picnic.
No quiero que se lleven la
impresiòn de un mantel con florecillas rojas, una canasta con vajilla, vino
añejo y exquisito, entre la Desafiante y yo, reboleamos todo, ponièndolo asì
nomàs.
Increìblemente nuestra zafia
desprolijidad hizo reìr a carcajadas a la joven, lo que dejò deslumbrada a la
Desafiante, que no era para nada sutil.
XX
Despùes del picnic, trabajò en la
fragua durante dìas, sin detenerse, ni para comer, ni para dormir, solo para
beber agua o aguardiente e ir a orinar.
La mordida de la pantorrilla aùn
estaba rìgida, lo que le producìa calambres, que la hacìan retorcerse e
insultar.
Cuando terminò, puso la manta de
su caballo en el suelo y durmìo tres horas.
Enviolviò su trabajo en un paño, bastante roñoso, se
puso el cinto con las espadas, se lavo la cara, se mojò el pelo, para poder
atàrselo.
_ Segundo Crofp, no seguirme.
_montò dicièndome.
El relato vino de labios de
Tattin, años más tarde:
“ Entrò al cuartel, pasando entre
los guardias, hasta llegar a mis
aposentos privados, donde estaba con mis cortesanas, que me ayudaban a vestir.”
(Nota: Tattin hablaba de esa niña
malvada y hermosa como si fuera otra persona, porque era otra persona.)
“ Nadie la detuvo, la vi entrar,
pequeña, con un paño roñoso que tirò sobre mi tocador, ante los susurros de mis
cortesanas, que echè sin dudar, porque Asvil me conmovìa y no comprendìa la
razòn.
Al abrirlo, vi las joyas màs
hermosas que jamàs tuve, collares, anillos, brazaletes y pulseras.
En ese momento vi que su interior
era como el de una niña, que todo la sorprendìa, sobre todo las emociones, que
desconocìa.”
Claramente notè, con unas pocas
semanas que Tattin cambiò de actitud, de ser una niña caprichosa, venenosa y
maquiavèlica, a una mujer plena y feliz.
Largos pensamientos dediquè al
hecho que tener cerca a la Desafiante nos hacia crac en el interior, tambièn
calibraba la posibilidad que los tres tuvimos que confluir con estas
circunstancias.
Vendrìamos a ser una versiòn
freak del dicho: “dios los crìa y el viento los amontona.”
Nos cambiaba y ella seguìa igual,
parecìa que la energia de amor que le inyectaba Tattin, la hacìa ir màs ràpido
a su destino, en fin.
XXI
Un dìa que trabajò febrilmente
con la fragua, parò para comer con todos, lo que me pareciò extraño, pero ella
era extraña.
A pesar de su natural huequez, la
notè rara, al caer la noche, se levantò, estiràndose, fue a la choza que
utilizàbamos para dormir, la seguì, se tirò sobre una pila de pieles que habìa
en un rincòn y enroscada como un perro, se durmiò.
Cuidados por la avanzada, me recostè,
a pesar del cansancio, tardè en conciliar el sueño, como siempre, las imàgenes
de mi vida anterior, poblaban mi imsomnio.
Apenas me dormì, cuando sentì que
me tocaba, acostumbrado, no me sobresaltè, ni gritè como niñita, al ver en
medio de la oscuridad los ojos blancos, que tenìan luz propia.
La vi tomar un carbòn del brasero
apagado, tiznarse el rostro y las manos, me alcanzò un trapo negro para
cubrirnos el cabello, la imitè, suponiendo que saldrìamos.
Nos colocamos las dagas, fue al
fondo de la choza de madera, en total silencio retirò un pànel, asomò la
cabecita, saliò, la seguì y volviò a colocar el parche.
Esquivando a los que estaban despiertos, salimos del
campamento por las letrinas al aire libre.
Admito que tuve la cena en la
garganta, asì que retuve el aliento, corrì detràs de la Desafiante, hasta que
lo atravesamos.
Al correr unos quinientos metros,
me di cuenta que ibàmos al comando general, supuse que visitàrìamos a Tattin,
pero no.
Dimos un gran rodeo, con una
habilidad inusitada, esquivamos todos los controles metièndonos, donde en
còmodas carpas y una limpieza que me dio nostalgia, la oficialidad descansaba.
Levantò el lateral de una,
reptamos al interior de la de Dayou que antes era la ùnica persona que cada
tanto charlaba, recordàndome, que allà fuera del infierno, realmente existìa un
mundo.
Siempre me sorprendiò la fuerza
fìsica en alguien tan pequeña, tapò la boca del durmiente Dayou con una mano,
con la otra apoyò una daga en su cuello.
Màs que ver, sentì el miedo del
mèdico, solo atemperado al ver que era ella.
_ Atar y amordazar.
Realizè lo pedido, en parte por
curiosidad, otra disfrutando del temor del mèdico, un hilo de sangre cayò,
porque cortò ligeramente el cuello.
Bovinamente, Dayou fue conducido a nuestro chiquero, de la misma
manera subrepticia en la que salimos.
Fue notable como el hombre no
hizo ruido, o muy poco, una vez dentro, con una seña me ordenò sacarle la
mordaza, mientras ella hurgaba entre los cachivaches de la fragua.
_ Esto no es necesario _ fue el
indignado comentario de Dayou.
Ella le hechò una mirada asesina,
que lo rescato al silencio instantàneamente.
Ambos observamos con curiosidad
cuando colocò junto a la cama un trapo, al desenrollarlo vimos que eran
escalpelos relucientes y agujas, de su infecto rincòn, trajo un saquito de
cuero, con vendas relucientes y catgut, tambièn de un rincòn sacò varias
botellas del calmante hecho de la flor roja.
De un saque, hizo fondo blanco
con dos frascos.
Escuchè el suspiro de Dayou,
entonces lo encarò de mala manera, diciendo:
_ Hijo de puta, arreglar lo que
arruinar.
Evidentemente mareada por el
calmante se sentò en la cama.
_ No creo poder hacerlo. _
respondiò Dayou.
_ Si no hacer yo matar _ amenazò
y se bajò dos botellas màs.
Fui el desgraciado ayudante de
tan aciaga operaciòn, que se realizò cuando la Desafiante, despuès de tomarse
siete botellas, cayò inconciente, con mi flojera estomacal, cuando terminò casi
tres horas màs tarde, vomite llorando por la crueldad.
Durante bastante tiempo al
recordar la operaciòn, las arcadas regresaban, al igual que el llanto.
El mèdico se quedò una semana,
hasta que la fiebre bajò, tambièn Tattin, que trajo a dos mucamas que mejoraron
nuestro muladar.
La cuidò personalmente,
higuinizàndola tal y como se lo indicara Dayou, la primera vez, aguantò hasta
el final, pero saliò de la choza y llorò a moco tendido.
Me mirò con esos luminosos ojos
negros, arrasados por el llanto, diciendo:
_ ¿Porquè le hicieron tanto
daño? Si lo vieras....
Y volviò el mar de làgrimas
XXII
Dos meses màs tarde de la llegada
del Tirano y su bella hija, llegaron las màquinas para el asedio, con lo cual
dimos por terminadas las vacaciones.
Podrìa terminar la frase aquì,
dando comienzo a la etapa màs àlgida y dolorosa de mi existencia, en la que me
di cuenta, cuan atado estaba a la Desafiante, pero no.
La cara de culo de la Desafiante
al ver la maquinaria guerrera arribar, fue horrible, entonces le demostrò a
Tattin cuanto la amaba, sin disimulo, disfrutando de ese sentimiento nuevo para
ella.
Para la avanzada, su ejèrcito de
convictos y loquitos como ella, fue un cimbronazo verla enamorada de Tattin,
demostràndole amor, a su manera, que era màs bien fuera de lo comùn.
La seguìa como un perrito,
permitièndole arreglarle el cabello, hasta que le pidiò que se lo corte, porque
le incomodaba con el casco, amèn de que se le llenaba de piojos.
Pero durante un tiempo, la
Desafiante fue peinada, medianamente limpia, arreglada y lo màs insòlito,
contenta.
Desconozco los vericuetos ìntimos
del amor entre ellas, solo veìa, quizàs màs cerca que el resto, cuan felices
eran.
Tattin separada de la ègida
nefasta de su padre, dio un vuelco, el brillo de maldad en sus ojos,
despareciò.
XXIII
Cuando solo faltaban veinte
kilòmetros para la fortaleza, empezò realmente la guerra para mì.
Luchabamos durante dìas,
obviamente sufrimos una paliza importante, tan importante que se nos uniò la
caballerìa.
Aunque tambièn, porque
necesitaban hacerse ver, con sus relucientes uniformes, su gallardìa de libro
para damas solteronas, en fin, unos pelotudos totales.
El general de la caballerìa era
un tipo alto, muy parecido al nieto del elemental que la palmara un tiempo
antes, se la pasaba con Alac y los estrategas para hacer cagar ràpidamente a
nuestros inventados enemigos.
La caballerìa estaba constituìda
en su gran mayorìa por nobles, ricos y terratenientes, como de sus hijos.
En ese momento, despuès de tres
años, compartìamos campamento con estos señoritos, siendo mi jefa objeto de su
curiosidad y burlas veladas o no tanto.
Sinceramente nuestro aspecto no
era el mejor, ya que en las trincheras (nos encontràbamos en el primer frente),
todo el tiempo estàbamos con las armaduras, porque los elementales eran
fenomenales peleadores, incansables, gracias al ayudìn màgico.
Durante todo el avance, la
Desafiante habìa refinado nuestras protecciones, no era un armadura rìgida,
sino partes protectoras con las
articulaciones al aire, lo que nos permitìa mayor movimiento y menor peso.
Un par de oficiales, sobre todo
los màs jòvenes eran muy pesados con la Desafiante, despreciando abiertamente a
la avanzada.
Con solo un par de dìas de
convivencia forzada, hubo varias peleas,
hasta un duelo con un piojoso de la avanzada, que apenas podìa hilar dos
palabras seguidas.
Mi jefa no pasaba por su mejor
momento, supuse por la separaciòn de su amada, ahora sì, parecìa que tenìa una
nube negra que hechaba rayos y truenos.
Yo que me encontraba de manera
constante a su lado, vì su cambio de caràcter, quizàs la separaciòn forzosa en
medio de su idilio, pero por primera vez la notaba irritada y hasta furiosa, lo
que sumado a su locura general era en extramo peligroso.
Descànsàbamos, si se puede decir
de esa manera, en un cementerio de la consabida ciudad abandonada, siempre en
alerta porque constantemente nos atacaban.
En cuanto algunos de ellos se
dieron cuenta que podìa hablar y hasta esbozar un pensamiento, hablaron de la
advertencia de sus mayores con respecto a mi jefa, que no la molestaran, ya que
estaba completamente loca.
Hasta que ocurriò lo inevitable,
uno de los jovenzuelos relucientes, pasò junto a ella a caballo, en vez de
frenar le tirò el animal encima gritando innecesariamente, ”Corrrete, loca de
mierda”.
Esquivò al pobre caballo, con un
movimiento rapidìsimo, sacò la espada cortàndole los tendones traseros,
mientras el animal caìa, saltò, atajando en el aire al caballero pisaverde,
atravesàndole la garganta y cayò perfectamente.
Limpiò la espada en su pantalòn,
cuando oì que terminaba de caer al suelo, sin vida.
Lo màs asombroso para mì, que
estaba a tres metros, con una botella de aguardiente en la mano como un boludo,
fue que todo parecìo ocurrir en càmara
lenta.
Se dio vuelta para mirarme, se ve
que tenìa cara de siome, con la boca abierta, porque dijo:
_Segundo Crofp, estar a velocidad emocional.
Cierto, veìa todo màs lento, como
una especie de gran angular, cada detalle de la escenografìa que nos rodeaba;
los ùnicos que parecìamos movernos y pensar èramos nosostros dos.
¡Malditas cosas raras!
XXIV
El brillo de los ojos de la
Desafiante cambiò por completo, al tener a la vista el risco donde se
emplazaba, imponente, la fortaleza, estaba feliz y llena de energìa para
continuar.
El amor de Tattin le habìa dado
cierta fineza, a su personalidad inmadura.
Una mañana se levantò antes del
amanecer, me pateò, ordenando:
_ Querer bañarme, traer agua para
calentar. _ al ver mi cara de sorpresa, volviò a patearme_ Dale.
Metiò en la casucha en la que
pernoctàbamos, un enorme tonel de madera, sacò de un morral dos potes.
_Regalar Tattin. _ dijo al ver mi expresiòn.
Volquè agua caliente, luego frìa,
se desnudò, acercò una mesa en la tenìa las navajas y ... un espejo.
Se mojò el pelo, desenredàndolo a
los tirones, luego se lo cortò, dejàndose un poco màs largo en medio de la
cabeza, lo enjabonò, le tirè un balde para enjuagarla.
Colocò sobre un trapo parte del
contenido de un pote, refregàndose con ahìnco, el agua quedò literalmente
negra, para enjuagarla tirè otro balde, saliò de la tina, se puso una camisa
que le quedaba enorme.
Cargò los baldes, a los pocos minutos, puso a calentar màs
agua, para que yo haga lo mismo.
Mientras disfutaba del baño, me
agarrò de la barbilla, pasàndome la navaja con mano experta, tambièn por el
pelo, al soltarme, tuve un escalosfriò, dàndome cuenta que durante la afeitada,
mis mùsculos se agarrotaron por la tensiòn.
Al sentir que le tenìa miedo, se
entristeciò y no lo disimulò, esperaba otra reacciòn, no la que fue en
realidad.
_ Segundo Crofp, desconfiar de
Desafiante.
Con inusitada amabilidad, puso
ropa limpia cerca de la tina, dirigièndose hacia la puerta.
Mi cuerpo actuò sin pensar, saltè
de la tina, atajàndola en la puerta, dàndola vuelta bruscamente chorreando
agua, con el culo congelado, la besè, sin comprender la razòn, durante un
microsegundo bajò todas sus defensas,
sentì sus manos tomàndome del brazo.
Leì su jugada, no en vano
convivìamos desde hacìa tiempo, me tirò un rodillazo a los testìculos, pero me
adelantè, le hice una toma, estaba resbaloso por el agua y el jabòn floral de
Tattin, perdì el equilibrio, caì sobre la Desafiante, atajando mi peso con las
manos.
Quedè con mi rostro en su rostro,
estirò los labios, la besè de nuevo, me tomò por el cuello apretàndome sobre su
cuerpo huesudo, sentì como me calentaba sin quererlo.
Gracias a la penumbra, sus
pupilas estaban dilatadas, dàndole una increìble expresiòn a su mirada; mi
mente se apagò al leer que me querìa, como podìa hacerlo cualquier mujer.
Nos besamos mucho, durante largos
minutos, tanto que me olvidè el contexto en que me encontraba.
Levantè la casaca, miràndola como
si fuera por primera vez, tenìa la piel pàlida, los pechos muy pequeños, como
de una pre adolescente, temblò de miedo, entonces bajè de nuevo la casaca,
donde como en un flash, vi una de las cicatrices dejadas por los perros.
Volvì a sus labios, entre los
mìos murmurò con un extraño dejo de dolor en la voz:
_ ¿Desafiante no gusta a Shivret?
Nunca pronunciaba mi nombre; y
sì, necesitaba estar con algo parecido a una mujer, que no fueran las putas
roñosas que se me acercaban.
Aunque la realidad era que me
identificaba con ella.
Esta vez, le saquè la camisa,
tomàndola del tobillo la acercquè medio a la rastra, a la luz del hogar.
Le mirè la entrepierna,
obviamente le faltaban los labios mayores, abrì lo que quedaba de los menores,
en los que se notaba la extensa costura hecha por el hijo de puta de Dayou, sus
genitales eran muy pequeños y allì, metido en un pliegue, lo que quedaba del
clìtoris.
Toquè ese cosito ìnfimo, hasta
que lo sentì, se retorciò, agarrada a la pieza de tela de algodòn que usamos
como toalla, que habìa quedado en el suelo.
Jamàs me la imaginè sintiendo
placer, lo que me resultò un espectàculo que disparò mi calentura.
Sentì humedad en mis dedos, al
querer meter uno, me di cuenta que su vagina era muy pequeña, la mirè a la luz
del fuego y si, era muy pequeña.
Recuerdo que iba a decirle que la
podìa lastimar, pero me callè la boca, volvì a sus labios, me subì, y la
penetrè... y algo ocurriò.
Una vez vencida la resistencia,
fue lo màs placentero de toda mi vida, me movì dentro de ella, sintiendo una
extraña energìa, claro, mas allà de su hediondez era un ser màgico.
Me arañò la espalda retorcièndose
como un pescado, nos mordimos los labios, no sè en que momento, el amor se
transformò en lo mejor que sabìamos hacer, una guerra, violenta obviamente.
Eyaculè empujando, sintiendo el tope, temiendo
romperla, porque era diminuta fìsicamente.
Me tirè panza para arriba como
una tortuga muerta, jadeando, ella sonreia con los ojos cerrados, la vì
plenamente satisfecha.
La mirè a la luz del fuego, de
nuevo algo se moviò dentro, claramente fue una emociòn, quizàs por la
escenografìa bastante romàntica.
Me olvide que su cuerpo musculoso
era un mapa de cicatrices, que iba casi pelada y que estaba completamente
chapa, la vi con la luminosidad del fuego, hermosa, delicada, pequeña.
Toquè su perfil con un dedo,
hasta llegar a los labios, primorosamente cerrados, me mordiò fuerte, cortando
mi romàntica demostraciòn.
En un segundo la tuve arriba, la
amè, literalmente durante horas, revolcàndonos por todos lados.
No recordaba haber recibido tanto
placer en toda mi vida, la pequeña salvaje, incansable volviò a besarme y de
esta manera nos dormimos, junto al
fuego.
Lo ùltimo que recuerdo es haber
puesto màs leña, atraerla hacia mì, abrazarla y dormirnos.
XXV
Cuando abrì los ojos, ella aùn
estaba ahì, mirando el techo, serìan las tres de la madrugada, el fuego
crepitaba.
Parecìamos una pareja normal, en
un mundo normal.
Aunque me encontraba en el suelo,
tuve un mareo, porque me acordè el odio que le tenìa, algo cambiò en mì,
sintièndome una mierda, un traidor a mis muertos, hijo de puta, como todo el
ejèrcito del Tirano, el rey de los hijos de mil putas.
Como buena mandarina traidor,
unas làgrimas hirvientes salieron de mis ojos, corrieron por la mejillas y
terminaron sobre la manta, donde estaba apoyado.
Desde que conociò a Tattin,
tambièn cambiò, sentìa cierta necesidad de comunicarse; sin mirarme, con los
ojos en el techo, hablò:
_ Cuando encontrar Muerte,
ocuparte de Tattin. Llevar lejos del Tirano. _ el insòlito pedido era difìcil
de cumplir, leyendo mis dudas continuò impaciente _ Hacer lo que Desafiante
decir.
Se subiò arriba mìo, con sus ojos
que tenìan luz propia, clavados en los mìos.
_ Segundo Crofp, hacerlo, asì ser
feliz. Si no vivir en odio toda la vida.
Recostada sobre mì cuerpo,
liviana y etèrea, pero infernal, fue un gesto dulce, tierno, como cualquier
mujer enamorada que busca la protecciòn de su amado.
No saltè hasta el techo, ante
este pensamiento, la abracè, con ternura, porque cierta parte de las emociones,
estaban como muertas en mi interior, solo funcionaba por pulsiones o instinto.
_ Segundo Crofp, gustar mucho a
Desafiante, por eso cuidarlo. _ susurrò leyèndome la mente
XXVI
Dentro de esta luna de miel
inesperada, de este arranque sentimental por parte de ambos, tuvimos un
descanso, como una especie de impasse, antes de entrar verdaderamente en el
infierno.
Una noche, despuès del amor (sì,
es la exacta palabra), saltò de la cama, desnuda se asomò al ventanuco del
cuarto.
Al instante mi cuerpo saltò de la
cama, pegàndose a la pared helada, porque olì el aroma elemental, junto con la
visiòn de un halo naranja que la circundaba, que parecìan llamas en la
oscuridad.
Con velocidad sobrenatural, se
puso la bandolera de dagas, se abrochò el
cinturòn con las espadas, completamente desnuda saliò de la casa,
dejando abierta la puerta.
Pudorosamente, me puse los
pantalones, tomè las espadas, yendo tras ella.
Lo que vì al salir, me hizo
trastabillar y literalmente, caer de orto, sintiendo en mi humanidad la dureza
de las lajas.
La Desafiante estaba a unos diez
metros delante mìo, con su blanco culo al aire, unos metros màs adelante, dos
jinetes, mujer y hombre, tanto ellos como sus cabalgaduras, se encontraban
envueltos en llamas, que viraban del rojo al azul màs profundo.
Desmontaron, la Desafiante se
puso en guardia.
La mujer levantò la mano, hablò
con una voz, que subyugarìa a la persona
màs vil:
_ Hemos venido a dialogar. Tu
eres como nosotros, no como ellos _ hizo una ligera señal con la barbilla,
hacia mi lado _ Abandona al Tirano. Ven con nosotros, conoce a tu padre.
Al escuchar esto, las llamas de
la Desafiante, estallaron en explosiones que dejaron mis oìdos zumbando.
_ Ustedes no entender. Llegar
momento que nosotros irnos o morir. Tierra pertenecer a humanos.
Hubo un silencio, solo roto por
los chasquidos de los halos.
_ Yo no saber como irme. _ se señalò el corazòn y la cabeza _ Aquì y
aquì, solo haber odio.
_ Lamento corroborar lo que
algunos de mis hermanos afirmaban _ dijo el hombre con tristeza.
De pronto la Desafiante rompiò a reìr.
_ Irse niñitas o matar.
Desenvainò las dos espadas, las
flamas que la cubrìan, ràpidamente subieron hasta la punta de ambas.
_ Muy bien. La Muerte te espera
en la fortaleza.
_ A ustedes tambièn.
Montaron y se fueron.
La Desafiante dejò de brillar,
soltò las espadas, tomàndose la pierna, cayò al suelo.
Al ir a ver que le pasaba,
explicò:
_ Maldita energìa elemental,
hacer doler mordida de perros de mierda.
Dos segundos màs tarde, se sentò
delante mìo, que seguìa como alelado.
_ Segundo Crofp ir lejos.
Elementales matar, porque yo preferir.
Las implicancias de esas
palabras, me agobiaron bastante, cansado de toda esta historia, preguntè para
hacer mi carga menos densa:
_ ¿ Y Tattin?.
Levantò las cejas de manera
muuuuy expresiva.
_ Vos ser màs preferido.
Cumplimos con leyes de aquì.
Caì con los brazos para atràs,
con el desaliento en el corazòn, con los ojos cerrados, vi los rostros de toda
mi familia, para mi mal, no sus voces, por màs que lo intentè, ni siquiera la
de madre.
Escuchè su puta voz nuevamente,
aunque un poco màs lejos:
_ Irte. Nadie ganar a Muerte.
La oì entrar a la casa y despuès solo los bichos de la
noche.
Como no valoraba la vida, me
quedè.
XXVII
Durante ese tiempo, los
elementales nos la pusieron en extremo complicadas, eran difìciles de eliminar,
para nuestro mal convocaron a todo el mundo màgico, habido y por haber, para
defender su bastiòn
Tambièn, mi incansable jefa,
sentìa tan cerca su objetivo que era dificil que se detuviera, siquiera para
tomar aliento.
Durante esa etapa de espantoso
horror, que para sobrevivir debìa matar seres màgicos de los cuentos
infantiles, mi espìritu desapareciò, fui un demonio, con lo bello de este
mundo.
Levantaba los ojos, a mi
alrededor, solo existìa la muerte, el
sufrimiento, un paràmo de lo que fue un paraìso.
Vi a la Desafiante eliminar a una
elemental de aire, clavàndole una daga en el corazòn, por defenderme, al
abandonar el cuerpo, el halo plateado que la circundaba, fue absorvido por el
pecho de la Desafiante.
Esto ocurrìa cada vez que mataba
a uno de ellos, parte de su energìa pasaba a mi jefa, volvièndose màs poderosa,
no necesitaba comer ni dormir, alejàndose de su condiciòn humana.
Un amanecer que dormitaba entre
la maquinaria del asedio, mientras ella estaba en el frente, pensando, añorando
su amor fìsico, aunque me dolìa cada parte del cuerpo.
La sentì llegar sin verla, me
habìa armado con una lona una especie de refugio, que se apoyaba en una de las
vigas de madera de las màquinas de asedio, al igual que varios otros, lo que le
daba el aspecto de una tolderìa de locos y trastornados.
Cerca nuestro se encontraban los
mèdicos, que eran màs enterradores que salvadores.
Se sacò el casco, quedàndose con
la armadura, en cuclillas, parecìa un animal mitològico.
Me miraba, pero no lograba ver su
expresiòn, ya que en la semi penumbra, sus ojos refulgìan como dos faroles.
Como la lona era mi cucha
particular tenìa una especie de lecho y un farol, que utilizaba para escribir,
al subir la llama vi sangre en la tierra, al seguir el goteo, notè que debajo
de la axila sobresalìa una empuñadura.
El puñal penetrò entre la
articulaciòn de la armadura, ahì notè su transpiraciòn, los dientes apretados y
la respiraciòn dificultosa.
La puse de costado en mi muladar,
destàndole las correas que mantenìan sujeta la armadura, obviamente mi primer
pensamiento fue ir en busca de Dayou, pero leyò mi intenciòn.
_ No hijo de puta, ayudante. _
murmurò con un hilo de voz, quizàs por el dolor.
Como la conocìa, no dije ni mu,
fui hasta la carpa hospital, intentando no fijar la vista en nada ni en nadie,
ya que el lugar era hediondo y sanguinoliento, con continuos ayes de dolor.
Ubiquè al joven ayudante de
Dayou, que por su aspecto parecìa màs un carnicero psicòtico que un mèdico,
tenìa veintitantos pero aparentaba cincuenta; la muerte constante, lo habìa
embrutecido.
Le hablè al oìdo, terminò de
coser una herida, buscò el morral, metiendo el intrumental, bastante sucio.
El joven facultativo de nombre
Royer, no le gustaba nada nuestra faena, tambièn resultaba evidente que no
estaba de acuerdo con el Tirano y sus mètodos.
Mientras lo guiaba a mi cucha,
pensè si era lo mejor llamar a este joven resentido, que a un Dayou culpable
por la colaboraciòn en la locura de la Desafiante.
En fin, sacò el puñal de hoja ancha
de manera brusca, lo que la hizo gemir, al instante la sangre manò a chorros,
me indicò presionar dos puntos, uno sobre el hombro y otro por debajo de la
costilla.
Hice tanta presiòn, que pensè que
la iba a quebrar, mientras Royer calentaba la misma hoja del puñal con la flama
de la làmpara, para luego casi al rojo vivo aplicàrsela sobre la herida, para
cauterizarla, parando el sangrado.
La Desafiante gimiò como un
animal moribundo, pero no se moviò, nuestros ojos se encontraron, intentè darle
fuerzas, porque allì, en ese lejano aquì y ahora asqueroso, la querìa
sinceramente.
De manera profesional, curò y
cosiò la herida para finalmente vendarla con fuerza, sus palabras sonaron
frìas:
_ Lo normal serìa pedirte que no
te muevas, para que la herida cicatrice. Pero en cuanto puedas levantarte
hazlo, porque esto es intolerable.
Se fue dejàndome con una gran
sensaciòn de vacìo, de pronto cerrè un instante los ojos, como si estuviera al
borde de la muerte, vi pasar mi vida como una pelìcula, tuve una intensa emociòn
al ver a mi familia, alumnos, mi hogar, amigos, novias, fue como una losa en el
pecho.
Al regresar, la Desafiante me
observaba con expresiòn neutra.
_ Sensaciòn por estar cerca la
Muerte. Esperarme en fortaleza.
Le costaba hablar, con su voz
similar a la de una niña muy pequeña.
_ Vayàmonos, podemos hacerlo sin
que nos vean. Podrìamos cruzar el oceàno, perdernos en la tierra de
Hallas._ roguè, sin que la mente pasara
por el pensamiento reflexivo.
Extendiò la mano jadeando, ya que
le dolìa todo y se notaba, la tomè, sintiendo el fuego que la consumìa.
_ Elementales volver a su mundo,
yo ir con Muerte. _ intentaba dar
coherencia a su discurso, o excusa de no poder romper su mandato. _ Tener que
dejar a ustedes en libertad.
_ No importa, estoy con vos maldita,
te odio.
_ Darme calor, segundo Crofp.
Cambiè los trapos
que forraban mi jergòn por unos menos sucios, bueh, por lo menos no
tenìan sangre, bajè la llama de la làmpara y me acostè con la Desafiante.
Dentro del cubìculo, habìa un
extraño aroma, dulzòn y picante a la vez, que tapaba todo el resto, se ve que
todo el tiempo estuvo ese exquisito aroma, pero solo al detenerme, reparè
verdederamente en èl.
Sobrenaturalmente, la Desafiante
hablò, con su vocecita finita:
_ Elemental que eliminar dejar
algo en mi. _ tomò aliento _ Alac decir que ser por mi padre.
Recièn en ese momento, caì en el
allì y ahora, prestàndole mi total atenciòn, en efecto, resplandecia levemente
color naranja, fenòmeno solo visible por la penumbra.
Mi reacciòn fue pasar la mano a unos
cinco centìmetros de su piel, ese resplandor, no daba calor, metì la mano,
llevàndola a mi nariz, ahì estaba ese embriagador aroma.
_ Segundo Crofp, no jugar, y
tocar Desafiante.
Aunque estàbamos en medio de un
chiquero guerrero, tambièn en medio de la muerte y la destrucciòn de una era,
rompì a reìr ante el requerimiento femenino.
_ Te voy a lastimar, Desafiante
de la Muerte.
_ No moverme.
Volvì a reìr, utilizando su luz,
con delicadeza le retirè los restos de la ropa, que eran jirones.
Ella cumpliò y yo trabajè sobre
su cuerpo, que gracias a la magia elemental habìa mejorado en materia de
cicatrices, salvo las màs profundas.
XXVIII
Los elementales tenìan un solo
dìa sagrado en año, en honor a la Tierra, el solsticio de primavera, que ese
año caìa exactamente a la hora en que salìa la luna llena.
Al acercarse dicha hora las
màquinas redoblaron su ataque, parte de la avanzada fuimos a ayudar en la
tarea.
De pronto, bajo una lluvia de
flechas màgicas y otras giladas similares, escuchamos como un trueno, la pared
oeste de la fortaleza, cayò con estrèpito, llevàndose consigo a nuestros
hombres que trepaban y los de ellos que defendìan desde arriba.
El silencio era estruendoso (como
leì por ahì), me dì vuelta, para mirar al objeto de mi obsesiòn, brillaba sonriendo
como jamàs la vi, con los ojos fijos en pared vulnerada.
_ Gracias segundo Crofp. Pronto
Tierra ser de ustedes.
Tomò el casco del piso, tambièn
el cinto con las espadas, ajustàndose las correas de la armadura, le asegurè
las dagas, miràndola a los ojos.
_ Yo amar vida porque vos ser mi
maestro.
Tranquilamente se dirigiò a su
caballo, para luego al paso, ir al frente de batalla que ya habìa comenzado.
Me quedaba claro, que no sabìa lo
que significaba “amar”, aunque yo tampoco.
Y para variar, la seguì.
XXIX
Despùes que cayò la pared,
tardamos nueve dìas en traspasarla.
El interior de la fortaleza
parecìa desierto, recuerdo perfectamente el sonido de nuestros pasos, a pesar
del apremio que llevaba, admirè el arte elemental en la decoraciòn de la fortaleza.
A mi alrededor solo quedaban los
cadàveres del ejèrcito del Tirano, porque los elementales se convertìan en
cenizas segùn me dijo Alac, su energìa se unìa a la del universo creador.
Casi con un pie dentro, nos
enfrentarmos con unos tipos pequeños, barbones y crenchudos, eximios
peleadores, que nos dieron un gran trabajo eliminar.
El objetivo era la Desafiante,
pero nada la detenìa, ya que estaba a pocos metros de su objetivo de vida, que
paradòjicamente era la Muerte.
Poniendo en grave riesgo mi vida,
utilizando el dicho “la curiosidad matò al gato”, me encontraba herido y
bastante maltrecho, al igual que el resto de la avanzada.
Tenìa muy claro, que si habìa
llegado a esa instancia crucial con vida, era ùnicamente por la protecciòn que
me brindaba la Desafiante
Como si la guiara un fuego
sagrado, (aunque en mi corazòn sentìa que ese fuego era en verdad sacrìlego),
eliminò a muchìsimos elementales.
En el interior de la fortaleza,
solo quedaban los màs recalcitrantes, entre ellos, el padre de la Desafiante.
Empujamos peleando cuerpo a
cuerpo, a una especie de enorme entrada descubierta, desde la que se podìa
acceder a diferentes lugares del interior de la fortaleza.
De pronto delante mìo, sin que
nada visible tuviera injerencia ello, la Desafiante cayò de rodillas, tapàndose
las orejas con ambas manos.
Automàticamente los que estàbamos
màs cerca la rodeamos, sin dejar de luchar para protegerla, desde que mataba
elementales a rolete, le pasaban cosas raras.
Al incorporarse, de los oìdos
salìa un hilo de sangre, con dificultad, tambaleando, levantò las espadas.
Cruzò sus ojos con los mìos.
_ Maldito padre, estar dentro.
Con la barbilla señalò una gran
construcciòn abovedada, custodiada por dragones alados de piedra.
Fue como si el tiempo se
detuviera, lanzò un grito escalofriante, colocando las espadas hacia el cielo,
al segundo, la cubrieron las llamas, que hacìan volar su cabello, levantaba
polvo del suelo, sus ojos refulgìan como dos luceros, pero del infierno. ¡Ja!.
Ambos bandos le abrimos paso,
tranquilamente entrò al recinto.
Alguien me empujò, sus psicòpatas
me instaban a ir tras ella, fui corriendo, mientras que detràs mìo volvìa a
encenderse el pandemonium de la batalla.
En medio del gran recinto
iluminado por antorchas habìa un hombre de apariencia juvenil, de largo cabello
rubio oscuro, ojos blancos; la hago short, padre e hija resultaban muy
parecidos, hasta fruncìan el ceño igual.
El inmortal tenìa las espadas
enfundadas, las manos en la espalda, el aura del atractivo hombre echaba
chispas, al igual que su hija.
El diàlogo fue harto breve,
caminò hasta ponerse a menos de dos metros.
_ Deten esta locura Asvil.
Quedate con nosotros y derrotemos al Tirano.
Hubo explosiones en las llamas de
la Desafiante, apoyò las espadas en el suelo de piedra labrada.
_
Criar con èl y odiarlo. Dar anillo, poder enfrentar Muerte.
Vi con claridad, que me estrujò
el corazòn, la tristeza en el rostro del padre.
_ No puedo dàrtelo. Lo sabes bien
hija.
_ ¡Hija las pelotas!-
Sin dudar, lo atravesò con las
dos espadas en el centro del pecho.
Hubo una tremenda explosiòn, que
hizo cimbrar el suelo, cuya onda expansiva me tirò de espaldas, me dejò viendo
las estrellas.
Al abrir los ojos, estaba màs
fulgurante que antes, en el dedo ìndice de la mano izquierda, brillaba como si
latiera, un anillo con una piedra roja.
Me tendiò la mano para
levantarme, transmitièndome una extraña electricidad, que me dejò supra alerta,
cesando todo el sufrimiento fìsico, dejando en primer plano los conflictos
mentales.
De su padre solo quedaba un montoncito
de cenizas, las ropas y las armas, realmente admirè su sangre frìa.
Señalò una doble puerta de madera
con los consabidos dragones tallados, chamuscados por la explosiòn, al igual
que el resto del recinto.
_ Ahì estar Muerte.
Volviò a mirarme como si fuera a
decirme algo màs, pero solo dijo:
_ Cuidar Tattin. _ me dio un
ligerìsimo beso en la mejilla, a travès de ambos cascos _ Adiòs, segundo Crofp.
Apoyò la mano en la gigantesca
puerta, que se abriò con facilidad, como si fuera de fieltro, antes de dar un
paso dentro, se tomò el abdomen, trastabillando, hice el ademàn de correr en su
ayuda, pero una voz suave, casi como un
viento sibilante, consiguiò que mi cuerpo se clavara en el lugar.
_ Bienvenida Asvil, del clan de
los Desafiantes de la Muerte.
Corrì para poder pispear, como no
se veìa un carajo, me acerquè, venciendo el miedo que me atenazaba el estòmago.
XXX
Mientras escribo la vida en el
infierno, mi mente devanaba los hechos en imàgenes como si fuera un huso.
Para mi total asombro, resultò
que la Muerte era una bellìsima mujer con piel de porcelana, muy alta, de
cabello negro, atado en un rebuscado rodete que dejaba libre unos bucles,
adornados con perlas, iba semidesnuda, apenas uno transparentes trapos pùrpura
en las partes pudendas,
Al igual que la Desafiante
llevaba dos espadas, pero no la rodeaba ningùn tipo de aura, igualmente, ponìa
la piel de gallina.
El recinto era el salòn del solio
elemental, con un trono dorado, al cual se accedìa, subiendo nueve escalones
chatos y anchos, que en sì mismos formaban una gran tarima, tallado en una
pieza de cuarzo cristal, creando una
impresionante luminosidad tornasolada, por las antorchas.
La Muerte estaba sentada en el
solio, de manera displicente, relajada, esperando.
Evito los prolegòmenos, la Muerte
saltò con las espadas, atacàndola con cierta parsimonia, sus movimientos eran
gràciles, como si danzara, mientras la Desafiante retrocedìa en defensa.
Pero mi jefa era una experta
total, imprevistamente saltò con velocidad sobrenatural apuntando al centro del
pecho con las espadas, cortò el brazo derecho de la Muerte, porque hizo una
finta para esquivarla.
Aunque se lea casì poètico,
contuve el aliento al ver sangrar a la Muerte.
Enfurecida, la atacò quedando
ambas a la distancia de las espadas, hipnotizado por la fabulosa escena de las
mujeres peleando, pero realmente era la Desafiante mi foco de atenciòn, porque
el halo se movìa a su ritmo, por primera vez desde que la conocìa que la vì
feliz, lo que la transformò en una bella mujer.
Alguien me respirò en la nuca,
toda la avanzada intentaba chusmear, todos tenìamos los ojos como platos.
En fin, la Desafiante usaba bolas
de fuego para castigar a la Muerte, que con las mejillas rojas de furia,
rechazaba con el brazo izquierdo que humeaba.
La Desafiante tenìa dos cortes,
uno en el muslo, otro cerca del hombro izquierdo, que atravesaron limpiamente
el duro librium de la armadura.
Las heridas no sangraron, sino
que se pusieron de un feo color negro gangrenoso, que su roja energìa no
lograba cicatrizar, rengueando notoriamente.
Como si fuera una coreografìa,
las dos saltaron hacia atràs, alejàndose.
_ Sos muy buena, me siento
orgullosa, Asvil. _ dijo levantando la voz._ Sos la ùnica que comprendiò que
llegò el momento de los mortales, que sean los amos de su mundo.
Levantò un dedo hacia nosotros,
se me erizaron hasta los pelos del culo.
_ Ni siquiera los perfectos elementales lo
entendieron, a pesar que es un designio de nuestra Suprema Energìa Regidora.
El inesperado discurso de la
Muerte, validaba los argumentos de la loca que amaba.
Las palabras iban dirigidas a los
elementales, varios enanos y entidades màgicas que presenciaban la pelea.
XXXI
Lucharon durante la mayor parte
del dìa, con una de esas bombas de energìa, la Desafiante hizo un gran agujero
en la pared, el cual traspasaron varias veces, ensarzàndose cuerpo a cuerpo,
durante la fenomenal pelea, destrozaron todo el salòn del solio elemental.
Pero en una de esas volteretas y
fintas sobrenaturales, la Muerte fue màs veloz, atravesàndole el abdomen.
El tiempo y mi corazòn se
detuvieron, al ver salir la hoja por la espalda.
La Desafiante y la Muerte,
quedaron cubiertas por una enorme (y colorida) bola de energìa, con rayos y
truenos que rebotaban por las paredes, a pesar de ello, no retrocedì.
Todo se apagò, la Muerte estaba
de pie, la Desafiante en el suelo, como correspondìa.
Tuve una extrañìsima sensaciòn de
vacìo, claro, era el fin.
Sin temor a la Muerte
(literalmente), subì los nueve escalones de cuarzo, donde mi jefa yacìa como si
durmiera, con las facciones relajadas, pero con un enorme agujero en el
vientre.
Con la mente virgen de
pensamiento alguno, escuche la voz de la Muerte a mi espalda.
_ Este es el adiòs al reinado de
lo espiritual en la Tierra.
_ ¿Porquè? _ preguntè, sin darme
vuelta.
_ Todo termina Shivret, tarde o
temprano. El cosmos tiene una velocidad, las eras seràn màs cortas, para los
mortales todo serà muy novedoso.
Y lanzò una carcajada.
Sentì su mano en mi hombro
izquierdo, su aliento inesperadamente càlido y perfumado susurrando en mi oìdo:
_ Nos vemos.
Escuchè un agudo piiiiiiiiiif, me
quedè solo, bah!, con el cadàver de la Desafiante.
XXXII
Escribo el epìlogo sobre el fin
de mi guerra.
Dos dìas màs tarde llegò Tattin
sola, no sè como, sana, sin ser violada por algùn psicòpata.
Me enterè que mientras el Tirano
planeaba su entrada a la fortaleza de manera espectacular, con una parafernalia
de bombos y platillos, ejèrcito de punta en blanco, ciudadanos de primera que
eran en realidad alcahuetes ventajeros, cayò muerto en su cuarto, mientras
estaba solo.
Ante mi cara de asombro, me
relatò que el dìa anterior, firmò los papeles que expresaban su renuncia total
a los bienes de su padre, incluyendo tierras.
A pesar de su semblante de
tristeza, ojeras, polvo del camino, sonriò de tal manera que me conmoviò, ante
su sencilla explicaciòn que ya no era parte de la locura de su padre, en la que
fue una pieza importante, pero ya no era màs pàrtìcipe de nada.
La enterramos bajo un roble, con
la asistencia de los sobrevivientes de su ejèrcito endemoniado, muy conmovido.
Tattin se fumò los abrazos de los
psicòticos de la avanzada, yo tambièn por supuesto, quedamos totalmente
hediondos.
Envuelta en una sàbana blanca
rescatada de la fortaleza, con sus armas, la fragua, la vimos desaparecer con
cada palada, cayò la ùltima, y chau, salvo nosotros dos, todos se fueron a la
mierda.
Tattin plantò unas margaritas,
despuès de unos minutos de oir el viento entre las montañas, dije:
_ Vamos.
Regresamos al campamento, o lo
que quedaba de èl, para juntar unas boludeces y dejar la guerra en el pasado.
XXXIII
Siguiendo los designios de mi
finada jefa, me ocupè de Tattin, que estaba bastante perdida.
La sucesiòn del Tirano era un
despelote, los rumores decìan, que
dividirìan los territorios, entre los hijos mayores.
Por distintos motivos, nos urgìa
salir, quedamos que partirìamos al dìa siguiente, en la fortaleza quedaba el
comando general, que aparentemente no podìa parar de elucubrar.
Tres despuès del entierro, sin
ponernos de acuerdo, nos encontramos, en silencio, subimos la loma bajo un sol
acojedor, aùn màs porque era libre de la pesadilla que me atormentaba, un
verdadero final feliz.
Bueno, imaginando mi nueva vida,
llegamos al solitario roble, que velaba el cuerpo de la Desafiante, a su pedido
expreso, nada identificaba el sitio como una tumba.
Mi màscara de falsa congoja se
hizo añicos, al descubrir que la tumba estaba profanada, la tierra removida, el
cuerpo desaparecido.
Despuès de la sorpresa y puteadas, mirè detenidamente la escena,
observando lo siguiente, el pobre roble estaba parcialmente quemado, sobre todo
en el tronco, numerosas huellas cruzaban el lugar, la avanzada, antes de irse, pasaba por la
tumba, tambièn parte de la caballerìa, el hijo de puta de Dayou, Tattin, que le
ponìa flores diario, etc.
La tierra, salìa de adentro hacia
fuera, no estaban sus armas, si la fragua, con sus partes esparcidas por
doquier y la mortaja, casi toda chamuscada.
Llegamos a la conclusiòn que
algùn o algunos pirados, decidieron exorcizar sus demonios con el cadàver de la
Desafiante.
Furioso y en silencio, carguè los
pedazos de la fragua.
En un instante de iluminaciòn, me
vì en pesrpectiva, llevando las reliquias de una mina que asesinò a las
personas que amaba, que estaba loca a la enèsima potencia.
Ante la mirada atònita de Tattin,
reboleè todo, la tomè de la mano y fuimos al campamento.
Se ve que ese dìa no era el mejor
para mì, porque apenas puse un pie en mi cucha, una voz perentoria de
autoridad, bramò mi nombre.
Se trataba del general de la caballerìa y el hijo de puta de
Dayou, pusieron cara de idiotas al verme de la mano con Tattin.
(Es el dìa de hoy, que no
comprendo la razòn que la escena me quedò grabada, para siempre.)
Un gordo pringoso, apareciò
detràs del general, me arrojò una abultada saca con la paga, al momento, se me
retorciò el estòmago y vomitè sobre la bolsa, de manera espantosa.
XXXIII
Sin hablar, carguè las alforjas
en mi caballo, el de la Desafiante no estaba, quizàs se lo llevaron como
souvenir, conseguì otro, magnìfico propiedad de
alguien de la fortaleza, blanco nìveo.
Como si aùn tuviera la inercia
guerrera, avanzamos dejando atràs dejar la fortaleza, cinco dìas màs tarde,
tomamos un camino lateral, que bajaba serpenteando por una montaña, cubierta de
bosques.
El camino era de cabras, quizàs,
ningùn ser humano lo haya hollado jamàs.
Una de esas noches, en silencio,
ante unas brasas mìnimas se asaban dos perdices, los bùhos cantaban su mùsica,
escuchè el relato de Tattin.
Su dulce voz sonaba envolvente, como el viento de que anuncia la
tormenta, la manera que se dejò convencer por su padre, movida por la ambiciòn
de poder, para seducir a la Desafiante, ya que segùn la leyenda el amor, los
volvìa vulnerables.
_ Si era tan ùtil ¿Para qué
matarla?. _ fue mi obvia pregunta.
Escribiendo, luego de tantos años
de ese infierno, es como ver y oìr a la hermosa Tattin, angustiada por el
recuerdo de la persona que fue, en un susurro, respondiò:
_ Para lo ùnico que la
necesitaba, era para eliminar a los elementales y reinar sobre el mundo
conocido.
Claro, era lògico, a los seres
màgicos solo podìan enfrentarlos seres màgicos.
SEGUNDA PARTE
I
Once dìas despuès de mi
cumpleaños nùmero 49, me encontraba en el pueblo, terminando de arreglar las
goteras del techo de la escuela, durante las vacaciones escolares.
Buscaba la escalera en el
cobertizo, la puerta se abriò y el tiempo se detuvo, una ràfaga calurosa entrò,
junto con el reflejo del sol, no me permitìa ver nada salvo una sombra menuda,
que parecìa ser luminosa
El ensalmo se rompiò, al avanzar
fuera del cono lumìnico.
La vì igual, con el pelo largo
que le caìa crenchudo, un vestido horrible, de mala calidad, la imagen perfecta
de la loca escapada del altillo familiar.
Me acerquè, desapareciendo entre
mis brazos, apoyò la cabeza en mi pecho, soportando estoìcamente (el tèrmino
correcto es “con estoicismo”) mi muestra desenfrenada de emociòn.
_ ¿Porquè no buscaste a Tattin?
Me mirò con sus ojos blancos que
me perseguìan en los sueños, ya que mis pesadillas habìan cesado.
Encogièndose de hombros, con
mucha dificultad, intentò explicarme lo que le dictaba su corazòn.
_ Mucho amor por Tattin, me hizo
libre. Dar libertad.
Volvì a abrazarla, porque yo
tambièn gracias a ella aprendì a no odiar, a amar, en ese orden me parece.
_ Viviràs en mi casa. _ aseverè.
Mirò mis herramientas y
respondiò:
_ Ayudar.
Trabajamos a su ritmo infernal,
lo que me causò satisfacciòn, le contè sobre mis hijas Ryanna y Loto, que
estaban pasando vacaciones en casa de amigas, regresaban en un mes, hubo una
leve vacilaciòn en el martillo, con el que clavaba una madera del alero, pero
nada màs.
Recuerdo que varias personas
pasaron por la calle lodosa de la escuela, observàndonos con curiosidad.
Le armè un cuarto en el
cobertizo, junto al establo, sus pertenencias se limitaban al caballo, dos
alforjas bastante flacas, sinceramente, suponìa que estarìa armada hasta los
dientes, pero no.
Con las herramientas que tenìa en
las alforjas, trabajò en mis enseres de filo, que rara vez usaba, dejàndolas
como nuevas.
Un par de dìas de convivencia, me
demostraron que trabajaba sin parar, para mi sorpresa, dormìa y comìa como en
la guerra.
La verdad, me ponìa nervioso ver
que no podìa alejarse del cìrculo de su infierno personal, la tranquilidad era
que no incendiaba la naciòn buscando la muerte.
Màs allà que hacìa años me di
cuenta que su manera de actuar era el peor espejo de todos nosostros, admitìa
que me algraba verla, porque gracias al tiempo que vivì en el nùcleo del horror y la bajeza moral, conocì el amor, que
surgiò del peor barro.
Siete dìas mas tarde de retomar
nuestra convivencia, el imsomnio volviò, como cuando la guerra elemental
terminò, daba vueltas en mi cama, leìa a la luz de la vela, en fin, me dormìa
casi al amanecer y al mediodìa estaba muy cansado.
Una noche sin luna, miraba el
ondular de las cortinas, entrò por la
ventana, vestida con una de las camisas que le habìa dado, le llegaba
hasta las rodillas.
Sentàndose en el borde de la
cama, el cabello larguìsimo, enredado y sucio le tapaba el rostro, dàndole
completa oscuridad a su expresiòn.
_ Con vos, aprender a mirar vida.
Antes estar ciega.
Quedè mudo, la declaraciòn
parecìa hecha por otra persona, o siempre fue esta y no supe verla, las
palabras brotaron, sin que mediara mi mente en el asunto:
_ Yo vivìa en el odio y conocì el
amor. _ tomè su mano diminuta _ Acostate conmigo.
La arrebujè entre mis brazos, nos
tapamos con un edredòn y a los minutos estaba dormido.
Lo mejor fue el despertar, porque
seguìa envuelta entre mis brazos, durmiendo plàcidamente.
Abriò los ojos, vi mi reflejo en
sus pupilas dilatadas, miràndome con culpa por mis muertos, sintièndome un
fucking traidor.
_ Maldita demonio._ dije entre
dientes.
Durante horas, nos reencontramos
de la mejor manera.
Despuès, saltò de la cama, huyò
por la ventana, al rato escuchè el martillo.
II
Nos dedicamos tiempo completo el
uno al otro, durante ocho dìas.
Abro un comentario, viviendo
entre dos adolescentes, sumados a los pàrvulos a los que daba clases, en su
mayorìa niñas, mi cerebro y mis huevos, a veces explotaban.
Durante esos incomparables dìas,
vivì en el silencio, con esa extraña mujer, dàndome cuenta, que la mayorìa de
las palabras son al pedo.
En realidad cuando màs
intercambiàbamos palabras, porque no eran diàlogos reales, era en la intimidad,
donde solìa disfrutar y reìrse por tonterìas.
Tenìa mucho que reparar en la
casa, con su ayuda adelantè mucho, pero se trataba de una excusa para estar cerca; me detenìa a
observarla, casi con la mente en blanco, dejando fluir mis sentimientos.
_ ¿Porquè la Muerte no te matò? _
preguntè cierto dìa.
Casi podìa escuchar el movimiento de sus
engranajes mentales, pensando como responder.
_ Al despertar en tumba,
enojarme, mucho, mucho, como si fuera de acà _ se señalò el pecho _ Salir fuego
de mì, mortaja y tierra volar. Quedar libre.
Cerrò los ojos un instante, se ve
que estaba recordando, porque emitiò ese aroma sobrenatural.
_ Mirar mano, tener maldito
anillo de maldito padre. Ver todo rojo, llamas salir, quemar àrbol.
_ ¿Porquè hablàs mal? _
interrumpì.
Levantò la barbilla mordièndose
el labio inferior, haciendo el gesto “que hambre” y continuò:
_ Allì estar Muerte, cagarse de
risa. Fuego ir por ella, pero nada hacerle. Decir que inmortalidad elemental
protegerme, pero buscarme, porque aùn del clan Desafiantes de la Muerte.
El cuento no me cerrò para nada,
pero no me importaba y no re preguntè.
III
Viviendo las mieles de un amor
extraño, me puse a hacer la huerta, algo que jamàs habìa hecho, luchaba con la
tierra cuando vi aparecer por el camino, un carro que reconocì al instante.
Se trataba de la mujer del jefe
del pueblo, con su joven hija Kika, una vez que terminò el luto por mi amada
esposa, insistìa en encajàrmela.
La madre fue tan pica seso, que
en algunos momentos pensè en Kica como
esposa, pero a pesar de todas sus virtudes, no lograba crear un sentimiento en
mì.
Nos saludamos con sendos besos,
las invitè adentro, sentì la mirada de Kika al lavarme la mugre en la pila con
agua, en fin.
Con agua helada del manantial,
preparè una limonada aceptable.
Pasaron cinco minutos de charla
banal, en la cual la madre ensalzaba a su hija, la puerta se abriò bruscamente,
entrò la Desafiante con tres patos, colgando de un palo agarrados por el
cogote.
Las presentè, la Desafiante hizo
un leve gesto con la cabeza, yèndose a
la cocina para atender a los patos, aunque el estofado lo harìa yo, porque
quemaba hasta las ensaladas.
Captè la mirada de la madre de
Kika, tuve el presentimiento que en menos que canta un gallo, todo el pueblo se
enterarìa que el maestro Shivret, tan modosito y serio, vivìa con una mujer,
fea, aparentemente un poco tontaina.
Al toque se fueron, despidièndose
frìamente y supe que estaba en el horno.
Con semejante boludez rondando mi
mente, le dije al apoyar la cabeza en su pecho durante la noche.
_ Te amo Asvil, quiero que te
quedes conmigo.
Suspirò, pero no me puso un
cuchillo en la garganta.
_ Estar con vos, para eso venir.
IV
Mi nivel de alerta estaba bajo ya que vivìa en
las nubes, estaba perdidademente enamorado, necesitaba tenerla cerca, se ve que
yo le gustaba mucho, porque me permitìa ser cargoso.
Geacias a su energìa màgica,
tambièn a su habilidad con las herramientas, mi casa mejorò notablemente, hasta
pintamos los cuartos de las niñas, todo en tiempo record.
Lo ùltimo fue pintar el exterior
de la casa, al terminar estàbamos agotados, cubiertos de pintura, tomàndola de
la cintura, la besè, me echò los brazos al cuello, respondiendo con dulzura.
Gracias a la abriboca, el rumor
llegò ràpidamente a mis hijas, que regresaron antes del veraneo y asì nos
encontraron las chicas, que astutamente dejaron el carro lejos del camino.
Luego de un incòmodo silencio, la
mugre evitò nuestro contacto fìsico, las presentè, la Desafiante se eclipsò en
el cobertizo.
Estùpìdamente les dije que me iba
a lavar, las oì entrar a la casa, casi discutiendo en susurros, fui corriendo
al cobertizo.
La Desafiante se encontraba en un
rincòn, echàndose agua con un balde, refregàndose con un trapo sucio, me mojè
completo, pero la agarrè para besarla, porque estaba embrujado por su caràcter
simple, sin vueltas.
La mirè durante largos minutos,
ya que al ver a mis hijas, comprendì que
nada me importaba, salvo estar con ella.
_ Segundo Crofp, estar loco de
remate. _ susurrò con su clarividencia habitual
Terminamos revolcados en su
jergòn con olor a metal.
V
Ni con un cañonazo hubiera podido
obligarla a cenar esa noche conmigo y las chicas.
Tuvo razòn, porque la cena fue
violenta y reprochona, obviamente no la comida, sino las jòvenes gorgonas,
expresaron, que tuvieron que poner caras de idiotas, al enterarse por la chusma
de KiKa, que vivìa con una fulana.
Con paciencia intentè
explicarles, luego me di cuenta que no tenìa nada que explicarles.
Loto hablò cuando el silencio
parecìa un objeto sòlido entre nosotros, recuerdo sus palabras, como si la
estuviera oyendo:
_ Antes de morir, mamà nos contò
todo, como los conociò, que los amaba a los dos. Tambièn sus dudas sobre la
muerte de la Desafiante. Me quedè a escucharla, porque estaba muy mal, pero
odiè sus palabras. Me pareciò inmoral y jamàs me lo hubiera imaginado.
Terminamos de cenar, me levantè
de la mesa, dirigièndome al cobertizo, donde la Desafiante, arreglaba la hoz de
mi vecino Lirut, pasè la noche con ella, tuve un deja-vù, de la guerra, cuando
era normal este tipo de lechos muladares.
Fue Ryana la que dio el primer
paso, buscàndola en el cobertizo, mientras Loto y yo estàbamos en el pueblo.
Las encontramos sentadas juntas,
cabeza contra cabeza, mirando la caja que con objetos personales de Tattin,
entre ellos las joyas que la Desafiante creò.
De pronto, naturalmente, nos
convertimos en una familia.
Solìamos compartir las cenas, las
chicas se fumaron que yo amaba a la loquita de la Desafiante.
VI
Volvìamos de la feria regional,
cuando unos maleantes nos salieron al encuentro, diez gordos enormes a caballo,
encapuchados, gritàndonos insultos, no lleguè a esbozar un pensamiento, que la
Desafiante saltò del pescante de la carreta, cortàndole el cogote al de su
lado.
Empujè a mis hijas al piso de la
carreta, desenvainè la espada y sin dudar, me carguè al que tenìa màs cerca.
Terminamos luchando espalda con
espalda, escuchando la carne chocar contra la espada, los jadeos y puteadas,
que supuse jamàs volverìa a oìr.
Odiè (como antaño) a la
Desafiante, por traer a mis hijas lo peor de mi pasado, vì todo rojo, una ira
volcànica brotò, dàndome la adrenalina necesaria para pasar ese complicado
brete.
No voy a hacerme el mosquito
muerto, semejante bronca, intentaba ocultar que lo disfrutaba.
De la pared boscosa que tenìamos
al costado, salieron màs tipos a caballo, cubiertos con cascos y petos de
metal, armados hasta los dientes.
Pensè que estàbamos alea jacta est, redoblè mi
esfuerzo, en aras de proteger Ryanna y Loto, en pocos segundos, pasè por una
gama de emociones muy intensas.
Pero en vez de aplastarnos, uno
de los gigantones bramò:
_¡Basta!
Los asaltantes frenaron de
inmediato, se oyeron jadeos de cansancio y piar de pajarillos.
El gigantòn desmontò, colocàndose frente a la Desafiante, se quitò
el casco, casi me caigo de culo al reconocer a uno de los capitanes de la
avanzada, emocionado hasta las làgrimas, la Desafiante se perdiò entre los
brazos de Heldus, durante varios minutos, luego caminò hasta mì, sufriendo el
mismo proceso.
Varios de los ladrones, se
sacaron los cascos, unos quince (descontando cinco muertos), diez eran de la
avanzada, por ende, ambos fuimos abrazados y babeados por sus besos.
El cuento termina con todos
nosostros en su campamento, un afortunado accidente geogràfico, donde terminaba
el bosque, un risco, bajamos por un infimo camino, muy bien camuflado que
terminaba en una gran playa, con cuevas al pie del risco, con las entradas
disimuladas por largos lìquenes.
Fuimos recibidos por varios
maleantes ex soldados, mujeres y jòvenes
de edades variopintas, nos alojamos.en la cueva de Heldus, que tenìa esposa y
cinco hijos.
Pasada la conmociòn, reparè en
mis hijas, pàlidas y petrificadas, leì en sus actitudes, que les habìa roto la
imagen, que durante toda sus vidas, contruì sobre mi persona.
Bueh, la guerra era para ellas
una especie de leyenda, que se estudiaba en la escuela, jamàs alardeè sobre mi
pasado.
En ese lugar vivia gente que me
habìa salvado el culo, en màs de una ocasiòn, esos hombres brutos, bastantes pirados, nos trataron con inusual
amor, con respeto, la Desfiante, tuvo que dominar su caràcter chùcaro, pare
recibir todo tipo de homenajes.
Nos quedamos dos semanas, disfrutando la playa con mis
hijas que charlaban con los jòvenes.
Durante la noche, ante el fogòn,
masculino, medio borrachìn la Desafiante
dijo:
_ Dejar pasado. Integrarse, yo
ayudar.
Haldus que era un mapa viviente
por las cicatrices que adornaban su enorme persona hablò, luego de un silencio.
_ Toda mi vida fui mercenario.
La Desafiante estaba sentada a su
lado, bebiendo del pico de una botella de aguardiente de cebada.
_ Tambièn errar años. Despuès añorar, buscar a segundo
Crofp. Sacar odio de mì.
El gigantòn la abrazò con
ternura.
Asì fue que durante bastante
tiempo, nos abocamos a los mercenarios que quisieron entrar en la vida civil,
incluso Ryanna que estudiaba para maestra, daba clases a grandes y pequeños.
VII
Una tarde de calor veraniego
dormitaba en los escalones de la entrada, con este diario al costado, me
despabilò un leve toque en el hombro, mi hija Loto, tenìa las pupilas dilatadas
por el miedo, cientos de veces vi esa expresiòn en el pasado.
_ Estaba en el cobertizo. Llegò
un hombre extraño. Me pidiò que me vaya.
Entrè a la cocina, la Desafiante
tenìa una espada detràs de las escobas, con ella en la mano fui al cobertizo,
seguido a una prudente distancia por
Loto.
Abrì la puerta de una patada,
empuñando la espada, quedè boquiabierto, un hombre altìsimo, de cabello rojo,
con una de armadura refulgente, circundado por
llamas rojas, naranjas y amarillas, sentado sobre el yunke, la
Desafiante en un banquito, lo màs sorprendente, compartiendo una copa de vaya a
saber què.
La Desafiante juntò cuatro
ladrillos grandes, le puso un trapo enncima, invitàndome a sentarme, el
elemental hizo aparecer una copa, me sirviò un lìquido ambarino, con ligero
aroma frutado.
_ Es el nectar de los dioses _
explicò.
Los dos seres màgicos rompieron a
reìr, la Desafiante me pareciò hermosa en ese instante.
Mientras degustaba la bebida,
olvidè a Loto, que asomò la cabeza, tambièn fue invitada, el elemental hizo
aparecer una silla de madera, tallada con dragones, sentàndose sorprendida por
completo.
Escuchamos (y usted lee) en
exclusiva, el relato del elemental de fuego,
Derò:
“ Los pocos elementales que aùn
vivimos en la Tierra, regresaremos a nuestro mundo, vine a invitarla a que nos
acompañe.”
Me entristecì, porque lo màgico
se retiraba del mundo, continùa Derò:
“La Desafiante, declinò la
invitaciòn, dijo que te ama, a las niñas tambièn, es feliz aquì”.
Loto y yo, abrimos la boca como
tontos, ellos volvieron a reìr.
Derò abrazò a la Desafiante, que
desapareciò entre las llamas, luego hizo lo mismo con nosotros, fue muy
singular la sensaciòn del fuego que no quemaba, sino que liberaba.
Montò en un bellìsimo caballo de
ojos fulgurante alejàndose al paso, el habla regresò, al desaparecer su
resplandor en el horizonte.
Loto miraba a la Desafiante, que
estaba envuelta en llamas, un enorme halo naranja, chasqueò los dedos, esa aura
desapareciò en medio del pecho.
_ Maldita Muerte no matar, porque
ser elemental de fuego. Al matar a maldito padre, poner anillo despertar. Vivir
convencida que anillo seria llave Muerte, ser al revès, sacar mortalidad. _
dijo suspirando.
_ Ahora sì sabès que te hace mortal. _ afirmè, en un rapto de
astucia.
Riò, liberada e insòlitamente
feliz.
_ El amor por segundo Crofp.
VIII
Una tarde de verano, el cielo se
ennegreciò, cayò una violenta lluvia de verano, mientras nos revolcàbamos en la
cama aprovechando la ida de las chicas al pueblo, luego de años de relaciòn, la
amaba totamente, por suerte ese sentimiento era recìproco, aunque silencioso.
En pleno amor, saltò de la cama,
un segundo màs tarde alguien atronò la aldaba de la puerta.
Los pelos de la nuca se me
erizaron, porque la puerta no tenìa aldaba.
_ Ser para mì. _ murmurò, beàndome con amor.
Le pedì que me esperara, me puse
los pantalones, agarrè la espada, ya que cada tanto me llevaba sorpresas raras.
Esta, fue LA sorpresa, por supuesto.
Abriò la puerta de un tiròn, allì
parada, completamente seca (a pesar que la lluvia convirtiò el acceso a la casa
en un lago), la Muerte, dejò en el perchero de la entrada, su capa de piel,
iba vestida como la vez anterior, o sea,
semidesnuda.
_ Asvil, aprendiste. Tardaste
bastante, pero lo lograste. _ dijo tomando asiento.
Tomè a la Desafiante por los
hombros, el mensaje era màs que claro, nada podìa hacer para impedirlo, en un
rapto de amor shakespereano, declamè:
_ Voy con vos.
_ Veremos. _ respondiò la hermosa
Muerte.
La Desafiante tomò asiento frente
a ella.
_ Hacer fiesta, para depedirme.
Estar invitada.
La Muerte riò a carcajadas.
_ Vaya si aprendiste.
Levantàndose, tomò la capa, saliò
con la Desafiante, susurràndose un par de palabras, le dio un beso en la
mejilla.
_ Te veo, Shivret.
La Desafiante entrò, cerrò la
puerta, volviò a sentarse.
_ Mandar paloma a Haldus, invitar
a todos. Tirar casa por ventana.
En shock, me arrodillè, apoyè la
cabeza en su regazo, sentì los dedos en la cabeza, llorè desconsoladamente ante
lo inevitable.
_ Segundo Crofp, no deprimir. Ser
feliz y querer despedida feliz.
_ ¡La puta madre, sos loca hasta
para morir! _ gritè, paràndome de un salto.
IX
La fiesta fue apoteòtica, durò
una semana, los mercenarios de la avanzada, el pueblo ìntegro, jamàs supe como
se enterò, pero hasta Royer con su esposa e hijos, el ayudante del hijo de puta
de Dayou.
En los alrededores de la casa se
armò un campamento, muy alegre, donde camaradas, de un lado y del otro se
encontraban, conocièndose y confraternizando.
Comimos, bebimos, bailamos, nos
divertimos muchìsimo, hasta la Muerte (en un sitial preferencial) bailò, la
verdad que no se ve todos los dìas a la Muerte contando chistes, un poco
borrachina.
La pasè excelente, dì con amigos y ex enemigos; varias veces olvidè el
sentido del evento.
Al tèrmino del sèptimo dìa, la
Desafiante me buscò en unas de las parrillas, donde se asaba un cordero.
_ Irme, segundo Crofp.
Sin pensar la tomè de la mano,
llevàndola al interior de la casa que era un caos, por la cantidad de gente que
yiraba por ahì.
La alcè, tiràndola en la cama,
como un desesperado la besè, hicimos el amor, como si fuera la primera vez,
pero en realidad era la ùltima.
En un momento, quedè sobre ella
jadeando como un animal, mirando sus ojos blancos.
_ Te amo, maldita.
Me atrajo hacia ella y me besò.
X
Se puso la vieja armadura de la
avanzada, con todos sus cachivaches auxiliares, se arreglò las chuzas, le atè
el cinto con las espadas, varias veces la tomè entre mis brazos, para tocarla,
besarla y amolarla.
Al salir de la casa, los viejos
camaradas, amigos, los nuevos amigos, le hicieron un pasillo, todos la
abrazaron
Su viejo caballo guerrero, la
esperaba, palmeàndolo con cariño.
Tomè las riendos, dàndonos un
largo beso, se sacò el anillo del dedo, lo puso en el mìo, màgicamente, se
adaptò a mi dedo y una especie de calor, de bienestar me invadiò.
Volvì a besarla, montò diciendo:
_ Anillo de maldito padre
ayudarte. Adiòs, Shivret.
Al oìr mi nombre, las làgrimas
corrieron como rios silenciosos por mis mejillas.
Las vi alejarse hasta perderse
por el camino, la fiesta seguìa a todo trapo, mis hijas me esperaban.
Nos abrazamos llorando y eso fue
todo.
Bueno enrealidad no.
Lo ùnico que atinè fue ir a la
aldea de los desafiantes.
Lleguè veinte dìas màs tarde,
solo habìa un claro, con pasto, dientes de leòn y otros yuyos.
Ahì tirado en el yuyal, llorè durante
horas.
EPÌLOGO
Si alguien lee en alguna ocasiòn
este diario, preguntàndose por su “moderno” vocabulario, es porque gracias al
maldito anillo que me dio la Desafiante al irse con la muerte, no morì.
Intentè sacàrmelo, por todos los
medios, con ayuda de terceros, de la tecnologìa a travès de los siglos, sobre
todo cuando no me bancaba màs, pero no hubo forma.
Hasta pensè en cortarme el dedo,
pero recordè al instante, con el hacha en la mano, la deseperaciòn en mi
espìritu la advertencia de la Muerte, que el anillo no se depegarìa de mì
jamàs.
Bueno, aquì estoy mirando la
ciudad, el rìo interminabledesde mi departamento en el piso cuarenta, luego de
haber incrementado mi dinero de manera virtual.
Suelo pasar largas horas mirando
el horizonte, aburrido, sobre todo solo, pasò para mì la època de locura,
tambièn me aburrieron.
Escuchè abrirse la puerta de
servicio, sin mirar el reloj supe que habìa llegado Pola, la señora que
limpiaba sobre limpio, se ocupaba de la comida, la ropa y etc.
En general me hacìa el falso
ocupado, despuès de tomar un cafè, me iba a boludear por ahì, pero mi malìsimo
estado de ànimo me impedìa en esos dìas, ni siquiera caretear.
Asomò su blanca testa, hacièndome
la pregunta de los ùltimos diez años:
_ Buen dìa, señor Shivret. ¿Cafè?
_ Buen dìa, señora Pola. Si,
muchas gracias.
Al rato trajo la bandeja, con
unos deliciosos scons, con mermelada casera, junto a la cafetera unos sobres.
_ Permiso, señor Shivret.
Mientras tomaba el delicioso
cafè, mirè aburridìsimo los sobres, que ni siquiera abrì, el resumen de la
tarjeta de crèdito, uno de mi abogado, una publicidad de un resort, en fin,
boludeces y pavadas, hasta que....un aroma extraño, delicado y exquisito saturò
mi nariz.
Un sobre largo, de papel
delicado, color azul, con vetas finìsimas naranjas y rojas, escrito, con pluma,
(lo reconocerìa hasta ciego) decìa ovbiamente, con una hermosa letra con
firulaiz, “Shivret”.
Mis manos temblaron al abrir el
sobre, despleguè un papel, de rara textura, que a su vez dejò escapar màs del
perfume, exquisito, dulzòn, pero suave, llevàndome a la primera vez que vì un
elemental, en mi antiguo idioma, ese que ni los arqueòlogos màs duchos, saben
que existiò.
¡Lo borrè por completo!
La hago corta, me temblaban tanto
las manos, que dejè caer la nota y el sobre, en ella estaba escrito lo
siguiente, en el antiguo idioma de mi tierra, lo que me causò un nudo de
nostalgia en el estòmago:
“Despuès de rogarle durante largo
tiempo a la Muerte que suelte la esencia de la Desafiante, lo conseguimos,
ahora depende de vos que esa esencia fluya, sea feliz como lo fue antes, para
ser realmente completa.
Saludos cordiales.
Derò”
Quedè completamente
desconcertado, la Desafiante estaba en el fondo de mi memoria, bajo nueve
llaves, porque tuve millones de relaciones, ninguna como con ella, hasta que me
aburrì y desistì.
Todo el hastìo desapareciò,
siendo reemplazado por una actividad cerebral nerviosa y ansiosa, me levantè como si tuviera un cuete, caminè
de un lado a otro del enorme living.
Sonò el telèfono, lo atendì extrañado,
porque nadie me llamaba, era un policìa de la comisarìa a cinco cuadras de mi
departamento, con frìa voz profesional, informò:
_ Ayer por la noche detuvimos a
una mujer, dio su nombre...
_ Voy para allà. _ interrumpì.
Llegè corriendo desaforado, casi
entrò de esa manera, pero me rescatò el imaginaria.
Al identificarme, el policìa de
recepciòn me mirò de manera extarña, llamò a otro y este tambièn me mirò raro.
_Està en un calabozo, en el
fondo.
Me condujo a un cuarto mientras relataba lo siguiente:
_ Esta mujer que no dice su
nombre y me parece que no sabe hablar_ tomamos asiento en un cuartucho mal
pintado, con olor a sudor, miedo y testosterona _ Nos llegaron unas denuncias
en los bosques de Palermo, en fin estaba a caballo, con una armadura extraña,
tenìa....
El oficial Morales, sacò un
papelito arrugado y enumerò:
_ Cuatro espadas, 18 dagas, el
caballo tenìa dos lanzas, un arco con sus flechas correspondientes. El armero
està sorprendido porque no conoce la aleaciòn de las armas.
Quedè completamente pasmado, no
pude elaborar un puto pensamiento, se abriò la puerta e instintivamente, saltè
de la silla, pegàndome a la roñosa pared.
La Desafiante se encontraba igual
que en aquella època, estaba completamente paralizado.
De pronto, sentì un cosquilleo en
el ìndice de la mano derecha, el anillo brillaba, se despegò de mi dedo ìndice
derecho, suavemente.
Extendiò su mano izquierda, volò
hasta su dedo indice, ante mis ojos lo màgico se revelò, me desbordè
emocionalmente.
Apenas el anillo penetrò en el
dedo, quedò envuelta en llamas rojas y naranjas, que flameaban, chasqueaban sin
quemar; el policìa, intentò sacar el arma, pero le apuntò sin disparar.
De pronto, toda la parafernalia
energètica terminò, quedando la Desafiante, flacucha que guardaba en mi corazòn.
_ Maldita Muerte decir que venir
final de los tiempos. Que todos pagar
con bien el que mal hicieron.
De la tùnica sacò un anillo con
una piedra azul, que me arrojò, mi mano derecha como si tuviera un cerebro
independiente, se abriò quedando en el
ìndice.
El policìa tenìa la boca abierta
como si los mùsculos de la màndìbula se le hubieran vencido, vi con claridad
como toda su racionalidad, estallaba en un segundo.
Me acerquè, la abracè quedando
envuelto en ese aroma casi olvidado.
fin