lunes, 21 de septiembre de 2015

De Relatos Inconexos sobre la Dualidad

La opresiòn.

1
Despertò sin sobresalto, la noche anterior la debilitò, por eso tardò en levantarse, pero sobre todo en abrir los ojos porque el llamado cuarto rojo, no le gustaba para nada.
Tenìa una tècnica para no verlo, levantarse miràndo los pies desenfocando el entorno, recogiò las ropas, pero solo se puso el vestido, como lo conocìa de memoria, pudo abrir la puerta sin ver el terciopelo rojo que cubrìa las paredes, la cama con sus sàbanas y manta de piel tambièn rojos.
Cerrò la puerta, apoyàndose en la pared con alivio, al instante se preguntò si esperaba alguna de esas noches, no despertar.
Cada vez màs seguido la idea de la muerte rondaba su cabeza, saliò de la casa, los custodios y sirvientes la dejaron pasar, salvo por la  joven mucama que la saludò con un beso, ponièndole algo en el bolsillo de la falda, saliò tomando el camino hacia la casa, al meter la mano, dos ciruelas, de los frutales del castillo.
Recibiendo los primeros rayos de la mañana comiò las frutas muy dulces, jugosas, al final se chupò los dedos, mientras abrìa la cerca que daba a su casa, entrò por la cocina donde su abuela juntaba los restos del desayuno.
Al verla, dejò todo, abrazàndola sin decir una palabra, para al instante llenar una taza de leche caliente que sacò de cerca de la cocina, junto con pan recièn horneado.
Casi la obligò a sentarse mientras respondìa a la muda pregunta de Sireiya
_Todos fueron a recoger la cosecha.
_ Como esto y voy.
La abuela se sentò frente a la nieta, cuando estaban a solas, ambas hablaban con el corazòn en la mano.
_ No es necesario. Andà a acostarte, necesitàs recuperarte. Aprovechà que tus hermanos no estàn.
Durante un segundo, el dormir sin que sus hermanos la interrumpan con sus gritos y llantos le pareciò lo mejor del mundo, pero sacudiò la cabeza, mientras comìa un tanto de mala gana, respondiò:
_ Voy al campo.
La abuela se levantò, suspirando, sacò una fuente con tapa que se encontraba cerca de la hornalla.
_ Lo sabìa. Llevà esto, para el almuerzo.
Metiò todo en un morral, junto con pan, un poco de fiambre de cerdo, apoyàndolo sobre la mesa.
_ Hoy es el segundo dìa de luna llena.
Sireiya estaba en el cuarto cambiàndose de ropa, gritò sin querer:
_ Me dijo que no tenìa que ir.
La abuela acompañò a su nieta hasta la puerta.
_ ¿Temès algo? ¿Què te libere, quizàs?.
Como la respuesta hubiera sido un tanto brusca, sencillamente, la besò, Sireiya no tenìa mucha experiencia en el trato con gente, pero jamàs perderìa el respeto, sobre todo porque la amaba.
_ Tambièn te amo, Sireiya _ respondiò de manera ìncreìble.
Mientras tomaba el camino detràs del monte de àrboles donde estaba el trigo, sacando fuerzas que no tenìa, los primeros en vrla fueron sus hermanos menores, que tomaban agua de la cisterna que estaba cerca de los lindes, los ùnicos dìas que no la molestaban, importunàndola o hacièndo bromas era el dìa despuès de ser llamada.
Dejò la fuente junto a la cisterna, colocàndose un pañuelo en la cabeza, tomò una de las hoces que se encontraban por el lugar, comenzò a cosechar, bastante lejos de sus padres.
Al mediodìa su madre extendiò una manta enorme donde apoyò la comida, mientras la familia se acercaba para asearse y beber un poco de agua.
Cuando todos estuvieron sentados màs o menos cerca de la manta, el padre bendijo los alimentos, todos respondieron “gracias”, la madre fue sirviendo la carne cortada con papas con un trozo de pan.
Cuando todos estuvieron servidos, Geu, dijo:
_ No es necesario que estès aquì.
_ La abuela me dijo lo mismo _ respondiò con la boca llena.
Caleb su hermano mayor intervino con el ceño fruncido:
_ Estàs pàlida como un fantasma.
Sireiya lo mirò con odio, pero nada respondiò, la salvaciòn fue su padre, Esaù que hablò, tambièn con la boca llena:
_ Basta. Terminemos con el trigo. Tenemos mucho trabajo.

2
Dos meses màs tarde, casi iniciando el invierno, despertò pasada la media noche, con ganas de ir al baño, quedaba fuera de la casa, como hacìa frìo, estuvo aguantando hasta que no pudo màs.
Esquivò a su hermanito que dormìa en el suelo, envuelta en una manta, tiritando corrriò los cinco metros, casi sin mirar, por esa razòn chocò con algo duro como el màrmol, que la sostuvo porque quedò atontada.
Al recuperarse mirò a Nimrod, le abriò la puerta y cerràndosela detràs, cinco minutos màs tarde, saliò, aùn tiritando.
_ Puedo darte cualquier cosa menos calor.
“ Y vida”, pensò la joven.
Lo vio sonreìr sin abrir la boca, acercò el rostro muy cerca del suyo, la frialdad de Nimrod era màs alta que la ambiente.
_ Sos atrevida.
_ Perdòn, Nimrod.
Intentò regresar a su casa, pero con super velocidad, se puso delante antes que toque el escalòn de la galerìa, pero esta vez no chocò con èl, los sonidos se magnificaron, grillos, ranas, alguna lechuza.
_ Mi madre requiere tu presencia, pasado mañana.
Como estaba muy cansada, pero sobre todo los detestaba, replicò:
_ ¿Porquè no enviò un mensajero por la mañana.?
Nimrod sonriò de nuevo, su piel brillaba a pesar de la noche sin luna.
_ Sabìa que de esta manera te molestarìa.
De haber tenido el poder, Sireiya, hubiera hecho caer el rayo destructor sobre Nimrod, hasta verlo convertido en una pila de cenizas.
En ese momento que la imaginaciòn fluìa con imàgenes, Nimrod largò la carcajada, abrazàndola jocoso.
_ Te dejo ir a dormir.
Entrò corriendo a la casa, su abuela la interceptò en el pasillo, al notarla agitada, pàlida, asustada y a la vez resignada, susurrò dulcemente:
_ Vamos a mi cuarto.
La  abuela tenìa el mejor cuarto de la casa, allì tenìa sus recuerdos y lo mejor, una gran chimenea, que casi siempre estaba prendida.
Metida  en la cama con olor a alcanfor, con el cuarto caldeado, la abuela, apagò la vela, diciendo:
_ Buenas noches Sireiya.
_ Buenas noches abuela.
Por suerte se durmiò ràpidamente, cuando era muy pequeña solìa refugiarse allì, sintièndose protegida, que ningùn mal podìa tocarla.

3
Abriò los ojos, atajando las ganas de saltar de la cama, porque Nimrod la miraba sentado en una silla, cayendo en la cuenta que era de noche.
La cabeza comenzò a dolerle espantosamente, justamente no despertò de dìa sino de noche, era la primera vez que le pasaba, tambièn la mirada de compasiòn en los ojos almendra de Nimrod:
_ Te traje algo de comer.
Como respuesta se cubriò la cara con la sàbana, se sentìa muy mal, màs allà de la debilidad corporal, tuvo naùseas, por el temor de pasar una noche màs en ese lugar.
Suavemente le destapò la cara, como para èl era transparente como el cristal, murmurò como si le contara un secreto, aunque estaban solos en la habitaciòn roja, que la oprimìa de manera tremenda:
_ Mi madre saliò a cazar con sus amigos. Comè y salgamos de aquì.
Como siempre su caràcter la llevaba a no discutir, ni preguntar, aparte querìa salir de esa habitaciòn  horrible, aunque lo que viniera quizàs fuera peor que la noche anterior.
Comiò  de mala gana al principio, un bocado del sandwich, estaba exquisito, sintiò en la boca la delicadeza de la carne ahumada, le encantaba, era su preferida, cuando se quiso acordar, iba por el segundo.
Con la panza llena, un tanto màs despierta, se dio cuenta que perdiò la dignidad ante un sandwich de carne ahumada, pero a Nimrod no le importaban sus pruritos, le alcanzò la ropa, incluso le dio la espalda mientras se vestìa sin salir de cama, porque sentìa mucha vergûenza de ella misma.
Al levantarse, se mareò, hubiera caìdo, pero con una reacciòn sobrenatural la atajò antes que toque el piso, sentàndola en la cama, durante un segundo sus ojos se cruzaron, allì leyò que estaba entre preocupado e irritado.
Fue hasta la pared, roja por supuesto donde habìa un dintel, presionò, abrièndose un pequeño pànel, que en apariencia  daba a un tùnel oscuro.
_ Vamos.
Lo siguiò, caminando en cuatro patas, en la oscuridad total, chocò con Nimrod al detenerse, la ayudò a levantar, tenìa la mano en la suya, transmitièndole un frìo helado, con desconfianza, pero resignada, dòcil como un cordero, escuchò un chasquido luego de recorrer un buen trecho de subida.
Entraron a una habitaciòn enorme, tenìa una biblioteca, con altìsimas estanterìas, repletas de libros, varios sillones tapizados en cuero negro, un escritorio con patas de dragòn, varios libros sobre este, abiertos, pergaminos y plumas, una chimenea con brasas, Nimrod tirò leña para avivar el fuego, incluso en medio habìa una escalera que daba a un piso superior.
Hizo una seña para que suba la escalera de caracol, muy estrecha, lo hizo con miedo, al asomar la cabeza, dio gracias que estuviera detràs suyo, porque puso cara de asombro.
Una gran cama con doseles negros, tal como todas los del lugar, pero en vez de una ventana, habìa un viejo observatorio, que jamàs notò desde afuera, claro que siempre que iba al enorme castillo, miraba el suelo porque era su preferencia no mirar, como cuando despertaba en el cuarto rojo.
Una extraña idea se colò en su mente, incluso le pareciò que no era suya, no solo se negaba a mirar, sino tambièn a sentir.
Puso el ojo en la lente del ultra moderno telescopio, exclamando asombrada ante la belleza del cielo nocturno, que titilaba e incluso se movìa, porque muy lentamente, lo obeservado salìa de foco.
_ Esperaremos el dìa aquì. Nadie sube jamàs.
Escuchò la extraña frase, sin sacar el ojo de la lente fascinada de la vida que parecìa tener el cielo, quizàs su abuela, sus mayores tuvieran razòn sobre dios.
Escuchò que Nimrod buscaba algo, pero Sireiya estaba encantada con mirar el cielo, asì pudo enfocar  los satèlites naturales del planeta, uno era rojo lleno de cràteres, el otro estaba semioculto por la roja, pero  blanco como la nieve.
_ Hace mucho que quiero darte algo.
Le costò dejar de mirar el cielo nocturno, sobre todo porque esas palabras le daban miedo, bajò del banquito, le alcanzò algo envuelto en una tela azul brillante y suave.
Literalmente arrancò el paquete de las manos, al abrirlo quedò con la mente en blanco, la muñeca de trapo que le cosiò su abuela con retazos de las telas para hacer las ropas de la familia, la primera vez que fue llamada al castillo la llevò, pero al regresar a su casa no la tenìa màs.
Esa muñeca era su preferida, llorò mucho por la pèrdida pero jamàs se le ocurriò pedirla, por el miedo que le causaba la situaciòn que vivìa, hasta que finalmente quedò relegada al fondo de su memoria.
_ Podès seguir durmiendo hasta el amanecer, despuès te vas a tu casa.
Intentò ser medianamente amable, como no le salìa mucho, preguntò un tanto violentamente:
_ ¿Porquè no salìs con tu madre?
La respuesta fue un encogimiento de hombros, se acercò a un brasero dorado donde mantenìa caliente una ollita, sirviò una gran jarra con un lìquido marròn y viscoso, alcanzàndoselo.
Sireiya lo oliò, era chocolate, le encantaba y rara vez probaba, quizàs los dìas de fiesta, porque era muy caro y escaso, sin dudar bebiò sintiendo el exquisito amargor que caìa hasta selestòmago, hacièndola reconciliar en parte con su realidad de la que intentaba escapar, trabajando a la par que sus padres en el campo, hasta caer rendida a la noche.
Ese momento, fue uno de los pocos que realmente mirò a Nimrod, aprendiò, como lo mencionè anteriormente, a no mirar, para que ningùn detalle de dolor penetrara su coraza, sin conocer nada de la vida, lo encontrò, joven como ella, la respuesta a sus pensamientos,  fue algo que no querìa oìr.
_ Sabes que no es asì. _ hizo un gesto señalando su cara _ Solo es una apariencia.
Bajò los ojos a la muñeca, al verla tan limpia, recordò una imagen del cuarto rojo, la muñeca, tambièn roja, una ira tremenda brotò de ella, arrojò la muñeca al rostro asombrado por el volàtil carácter de Sireiya.
_ ¿Porquè yo?
_ ¿Por qué no? ¿Sos especial?
De pronto, caminò hacia èl, transformada en una mujer, no en una vìctima, con los brazos en jarras, parada con actitud desafiante:
_ Claro que soy especial, si no, no estarìa acà.
Nimrod riò realmente con sinceridad, tomàndola de los hombros.
La llevò al telescopio, durante las tres horas siguientes, le enseñò las contelaciones, el mapa celeste, como ubicarse, Sireiya jamàs recibiò educaciòn formal, los del castillo eran muy antiguos, tuvieron tiempo de observar y aprender, dàndose cuenta que cierta cantidad de tiempo era fundamental para ello.
 En un momento, dijo.
_ Falta una hora para el amanecer. Te acompaño a tu casa.
Bajaron por la escalera, Nimrod tomò un libro como al pasar, eran mapas celestes.
_ No sè leer.
_ Aprendè, entonces. Te lo regalo.
La dejò en la parte de afuera de la cerca, al tomar el camino, esperò que llegara a la casa, hizo los ùltimos metros corriendo, abriò la puerta con estruendo, sin mirar reboleò el libro, que su padre esquivò.
_ Estabamos muy preocupados.
_ ¡No vi las antorchas reclamando por mi persona a las puertas del castillo! _ explotò, gritando desaforada.
Saliò de la casa escondièndose en el granero.

4
Como las ùltimas dos semanas estaba ansiosa, el imsomnio regresò, por eso, a las dos de la mañana, despertò sùbitamente, dio varias vueltas en la cama, los ojos se negaban a acatar la orden de cerrarse, prendiò una vela, fue hasta el tocador, se cepillò el pelo, enredado por las vueltas en la cama.
En un momento, no le gustò lo que veìa, apagò la vela, quedando en la oscuridad, de pronto, escuchò que la traba de los postigos cedìan y alguien se colaba  en la habitaciòn silencioso como una ràfaga de viento.
Durante mucho tiempo, Nimrod entraba mientras dormìa, con los años se acostumbrò a encontrar el aroma picante, que exhudaba su piel.
Con un movimiento de la mano prendiò la vela, colocàndose detràs, miràndose por el espejo durante un minuto, era lo màs parecido a un amigo que tuviera jamàs, que apareciera en el momento en que cierta angustia le apretaba el pecho, le daba ciertoalivio.
Acercò una silla, ponièndose a su lado.
_ Nadie puede obligarte a nada. Mi madre quiere que me haga cargo del castillo, pero aùn no le respondo. Quiero irme de aquì, esa tarea puede hacerla Gora mucho mejor que yo.
Mientras hablaba, tenìa la mano càlida de Sireiya entre las suyas, permitìa con su natural resignaciòn que la toque asì, de manera afectuosa, pero esa vez, lo mirò a los ojos, tìmidamente, acariciò la mejilla frìa, eternamente juvenil.
_ A veces siento que te complace ver como me pongo vieja.
Lo vio sonreìr.
_ Veintisiete años, no son precisamente los de la senectud.
_ No importa. Quizàs si te hacès cargo del castillo, las cosas cambien.
_ O quizàs no.
Durante un instante, sintiò que los ojos de Sireiya hurgaban dentro con esa extraña magia que poseen innatamente las mujeres, que comprendìa que ser amable, no ser como el resto de su familia y amigos, requerìa de una gran fuerza de voluntad.
Tomàndola de la barbilla, acercó su rostro al suyo, apretando màs de la cuenta.
_ Podes vivir conmigo allà, quizàs logres frenar mis ansias. Claro, hasta que envejezcas y tus huesos sean polvo.
Sacudiò la cabeza violentamente, Nimrod la soltò, ella se levantò de un salto, un escalosfrìo corriò por la columna, el viejo terror, saltò a primer plano.
_ Me tenès miedo por el pasado, pero no temès casarte con un  hombre que ni siquera conoces. ¿Porquè no rompès el mandato? Veo que te hace infeliz. _ aseverò desde la silla.
_ ¿Huyendo rompès tu mandato?.
_Por lo menos no lo ejerzo. _ replicò un tanto ofuscado_ Que podès entender vos, que tenès una vida tan limitada.
Sireiya enrojeciò de furia, le pegò una cachetada que reverberò en la noche como un chasquido, fue como golpear màrmol, el brazo entero  quedò sentido.
_¿Estàs bien?
_ Sì. Perdòn Nimrod. Siento nàuseas de casarme, pero no sè que hacer.
La abrazò con cariño, diciendo:
_ Soy tu prìncipe, el que vive en el castillo, que te rescatarà del viejo libidinoso.
Lo empujò, porque reìa a carcajadas.
_ Si viene mi hermano harà un escàndalo. Vivo en su casa.
_ ¡Ah! Me olvidaba la herencia es del hijo varòn.
Metiò la mano en un bolsillo de la camisa, dàndole una gruesa barra de chocolate envuelto en papel dorado, haciendo una reverencia.
Le gustaba mirar cuando comìa, ella lo sabìa, sentada en el borde de la cama intentando no devorar la golosina, Nimrod le tocò el cuello cuando tragaba, oliò el aroma del chocolate en su boca, maravillàndose al verla saborear la golosina, sintiendo como su cuerpo absorvìa lo que consumìa.
 _ Cuando comès, el olor de tu piel cambia. _ susurrò con los labios helados pegados a su brazo.
De manera inconciente, se le puso la piel de gallina, dejò de tocarla al instante.
_ ¿Porquè me haces esto? Dejame vivir mi vida de mierda en paz.
Durante un segundo le pareciò que iba a replicar, pero simplemente le dio un beso en la mano, saliò por la ventana, al instante entrò su hermano, con un cuchillo en cada mano.
Al ver a su hermana sentada comiendo chocolate quedò desconcertado, aceptò un pedazo, sentàndose a su lado sin hablar.
Dos dìas antes de casarse, durante un almuerzo compartido entre las dos familias, en la casa del novio, un viudo que tenìa hijos de la edad de Sireiya, apareciò un  sirviente de librea dorada, en una moto con los colores del castillo.
Le entregò un sobre con una reverencia, al leer la misiva todos, la vieron palidecer, con las pupilas dilatadas, demudada exclamò:
_ ¡Me mandan llamar del castillo!.

6
Cuando llegò el dìa, fue sola, con todas las ganas de salir huyendo, pero ràpidamente encontrò el lugar mental del escape.
Como siempre la esperaba una mujer que la condujo a un vestidor, sin emitir una palabra se cambiò de ropa, usando la extraña habilidad para mirarse en el espejo sin verse en verdad, se acomodò el escote del vestido de seda labrada, la mujer hizo una maravilla con su cabello, que llevaba màs corto que el resto de las mujeres, terminò el peinado con una preciosa hebilla de piedras de colores.
Tambièn colocò un collar con piedras facetadas rojas, que le recordò el cuarto rojo, sin que su expresiòn cambiara, sintiò como se le retorcìan las tripas del miedo.
Al salir del vestidor un sirviente la guiò, como en un automàtico casi sigue de largo cuando el tipo doblò por un pasillo de techo altìsimo con arcadas, pasò una enormes puertas de hierro con dragones que envolvìan un extraño àrbol, el sirviente abriò las puertas, entrò sola.
El recinto de techo abovedado como una catedral gòtica, una chimenea caldeaba el ambiente, caminò hasta Nimrod que le corriò la silla delante de una mesa, miràndola comer en silencio, apenas unos boca­dos, tendiò la mano, que aceptò con terror cerval, la condujo hasta otra mesa donde habìa un ajedrez bellìsimo de cristal, durante la noche se dedicò con paciencia sideral, a enseñarle a jugar.
A la madrugada cuando se dio cuenta que estaba cansada, hablò.
_ Preparè un lugar para que descanses. Mandè cerrar este lado del castillo.
Durante largos minutos sostuvo la mirada de Sireiya, que ya no era una pre pùber sino una mujer, en la plenitud de su vida, realzada por las ropas lujosas.
_ Tomaste el mando.
_ Sì. _ le besò la mano, mientras respondìa a la afirmaciòn.
Por una vez, se permitiò ser cariñosa, lo abrazò, la cabeza de Nimrod fue apoyada sobre el pecho de Sireiya, allì escuchò el corazòn latiendo, una tanto màs ràpido, el miedo,  siempre presente.
Cuando hablò, las palabras sonaron como mùsica para sus oidos:

_ Prefiero ver las constelaciones.

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