La opresiòn.
1
Despertò sin sobresalto, la noche
anterior la debilitò, por eso tardò en levantarse, pero sobre todo en abrir los
ojos porque el llamado cuarto rojo, no le gustaba para nada.
Tenìa una tècnica para no verlo,
levantarse miràndo los pies desenfocando el entorno, recogiò las ropas, pero
solo se puso el vestido, como lo conocìa de memoria, pudo abrir la puerta sin
ver el terciopelo rojo que cubrìa las paredes, la cama con sus sàbanas y manta
de piel tambièn rojos.
Cerrò la puerta, apoyàndose en la
pared con alivio, al instante se preguntò si esperaba alguna de esas noches, no
despertar.
Cada vez màs seguido la idea de
la muerte rondaba su cabeza, saliò de la casa, los custodios y sirvientes la
dejaron pasar, salvo por la joven mucama
que la saludò con un beso, ponièndole algo en el bolsillo de la falda, saliò
tomando el camino hacia la casa, al meter la mano, dos ciruelas, de los frutales
del castillo.
Recibiendo los primeros rayos de
la mañana comiò las frutas muy dulces, jugosas, al final se chupò los dedos,
mientras abrìa la cerca que daba a su casa, entrò por la cocina donde su abuela
juntaba los restos del desayuno.
Al verla, dejò todo, abrazàndola
sin decir una palabra, para al instante llenar una taza de leche caliente que
sacò de cerca de la cocina, junto con pan recièn horneado.
Casi la obligò a sentarse
mientras respondìa a la muda pregunta de Sireiya
_Todos fueron a recoger la
cosecha.
_ Como esto y voy.
La abuela se sentò frente a la
nieta, cuando estaban a solas, ambas hablaban con el corazòn en la mano.
_ No es necesario. Andà a
acostarte, necesitàs recuperarte. Aprovechà que tus hermanos no estàn.
Durante un segundo, el dormir sin
que sus hermanos la interrumpan con sus gritos y llantos le pareciò lo mejor
del mundo, pero sacudiò la cabeza, mientras comìa un tanto de mala gana,
respondiò:
_ Voy al campo.
La abuela se levantò, suspirando,
sacò una fuente con tapa que se encontraba cerca de la hornalla.
_ Lo sabìa. Llevà esto, para el
almuerzo.
Metiò todo en un morral, junto
con pan, un poco de fiambre de cerdo, apoyàndolo sobre la mesa.
_ Hoy es el segundo dìa de luna
llena.
Sireiya estaba en el cuarto
cambiàndose de ropa, gritò sin querer:
_ Me dijo que no tenìa que ir.
La abuela acompañò a su nieta
hasta la puerta.
_ ¿Temès algo? ¿Què te libere,
quizàs?.
Como la respuesta hubiera sido un
tanto brusca, sencillamente, la besò, Sireiya no tenìa mucha experiencia en el
trato con gente, pero jamàs perderìa el respeto, sobre todo porque la amaba.
_ Tambièn te amo, Sireiya _
respondiò de manera ìncreìble.
Mientras tomaba el camino detràs
del monte de àrboles donde estaba el trigo, sacando fuerzas que no tenìa, los
primeros en vrla fueron sus hermanos menores, que tomaban agua de la cisterna
que estaba cerca de los lindes, los ùnicos dìas que no la molestaban,
importunàndola o hacièndo bromas era el dìa despuès de ser llamada.
Dejò la fuente junto a la
cisterna, colocàndose un pañuelo en la cabeza, tomò una de las hoces que se
encontraban por el lugar, comenzò a cosechar, bastante lejos de sus padres.
Al mediodìa su madre extendiò una
manta enorme donde apoyò la comida, mientras la familia se acercaba para
asearse y beber un poco de agua.
Cuando todos estuvieron sentados
màs o menos cerca de la manta, el padre bendijo los alimentos, todos
respondieron “gracias”, la madre fue sirviendo la carne cortada con papas con
un trozo de pan.
Cuando todos estuvieron servidos,
Geu, dijo:
_ No es necesario que estès aquì.
_ La abuela me dijo lo mismo _
respondiò con la boca llena.
Caleb su hermano mayor intervino
con el ceño fruncido:
_ Estàs pàlida como un fantasma.
Sireiya lo mirò con odio, pero
nada respondiò, la salvaciòn fue su padre, Esaù que hablò, tambièn con la boca
llena:
_ Basta. Terminemos con el trigo.
Tenemos mucho trabajo.
2
Dos meses màs tarde, casi
iniciando el invierno, despertò pasada la media noche, con ganas de ir al baño,
quedaba fuera de la casa, como hacìa frìo, estuvo aguantando hasta que no pudo
màs.
Esquivò a su hermanito que dormìa
en el suelo, envuelta en una manta, tiritando corrriò los cinco metros, casi
sin mirar, por esa razòn chocò con algo duro como el màrmol, que la sostuvo
porque quedò atontada.
Al recuperarse mirò a Nimrod, le
abriò la puerta y cerràndosela detràs, cinco minutos màs tarde, saliò, aùn
tiritando.
_ Puedo darte cualquier cosa
menos calor.
“ Y vida”, pensò la joven.
Lo vio sonreìr sin abrir la boca,
acercò el rostro muy cerca del suyo, la frialdad de Nimrod era màs alta que la
ambiente.
_ Sos atrevida.
_ Perdòn, Nimrod.
Intentò regresar a su casa, pero
con super velocidad, se puso delante antes que toque el escalòn de la galerìa,
pero esta vez no chocò con èl, los sonidos se magnificaron, grillos, ranas,
alguna lechuza.
_ Mi madre requiere tu presencia,
pasado mañana.
Como estaba muy cansada, pero
sobre todo los detestaba, replicò:
_ ¿Porquè no enviò un mensajero
por la mañana.?
Nimrod sonriò de nuevo, su piel
brillaba a pesar de la noche sin luna.
_ Sabìa que de esta manera te
molestarìa.
De haber tenido el poder,
Sireiya, hubiera hecho caer el rayo destructor sobre Nimrod, hasta verlo
convertido en una pila de cenizas.
En ese momento que la imaginaciòn
fluìa con imàgenes, Nimrod largò la carcajada, abrazàndola jocoso.
_ Te dejo ir a dormir.
Entrò corriendo a la casa, su
abuela la interceptò en el pasillo, al notarla agitada, pàlida, asustada y a la
vez resignada, susurrò dulcemente:
_ Vamos a mi cuarto.
La abuela tenìa el mejor cuarto de la casa, allì
tenìa sus recuerdos y lo mejor, una gran chimenea, que casi siempre estaba
prendida.
Metida en la cama con olor a alcanfor, con el cuarto
caldeado, la abuela, apagò la vela, diciendo:
_ Buenas noches Sireiya.
_ Buenas noches abuela.
Por suerte se durmiò ràpidamente,
cuando era muy pequeña solìa refugiarse allì, sintièndose protegida, que ningùn
mal podìa tocarla.
3
Abriò los ojos, atajando las
ganas de saltar de la cama, porque Nimrod la miraba sentado en una silla,
cayendo en la cuenta que era de noche.
La cabeza comenzò a dolerle
espantosamente, justamente no despertò de dìa sino de noche, era la primera vez
que le pasaba, tambièn la mirada de compasiòn en los ojos almendra de Nimrod:
_ Te traje algo de comer.
Como respuesta se cubriò la cara
con la sàbana, se sentìa muy mal, màs allà de la debilidad corporal, tuvo
naùseas, por el temor de pasar una noche màs en ese lugar.
Suavemente le destapò la cara,
como para èl era transparente como el cristal, murmurò como si le contara un
secreto, aunque estaban solos en la habitaciòn roja, que la oprimìa de manera
tremenda:
_ Mi madre saliò a cazar con sus
amigos. Comè y salgamos de aquì.
Como siempre su caràcter la
llevaba a no discutir, ni preguntar, aparte querìa salir de esa habitaciòn horrible, aunque lo que viniera quizàs fuera
peor que la noche anterior.
Comiò de mala gana al principio, un bocado del
sandwich, estaba exquisito, sintiò en la boca la delicadeza de la carne
ahumada, le encantaba, era su preferida, cuando se quiso acordar, iba por el
segundo.
Con la panza llena, un tanto màs
despierta, se dio cuenta que perdiò la dignidad ante un sandwich de carne
ahumada, pero a Nimrod no le importaban sus pruritos, le alcanzò la ropa,
incluso le dio la espalda mientras se vestìa sin salir de cama, porque sentìa
mucha vergûenza de ella misma.
Al levantarse, se mareò, hubiera
caìdo, pero con una reacciòn sobrenatural la atajò antes que toque el piso,
sentàndola en la cama, durante un segundo sus ojos se cruzaron, allì leyò que
estaba entre preocupado e irritado.
Fue hasta la pared, roja por
supuesto donde habìa un dintel, presionò, abrièndose un pequeño pànel, que en
apariencia daba a un tùnel oscuro.
_ Vamos.
Lo siguiò, caminando en cuatro
patas, en la oscuridad total, chocò con Nimrod al detenerse, la ayudò a
levantar, tenìa la mano en la suya, transmitièndole un frìo helado, con
desconfianza, pero resignada, dòcil como un cordero, escuchò un chasquido luego
de recorrer un buen trecho de subida.
Entraron a una habitaciòn enorme,
tenìa una biblioteca, con altìsimas estanterìas, repletas de libros, varios
sillones tapizados en cuero negro, un escritorio con patas de dragòn, varios
libros sobre este, abiertos, pergaminos y plumas, una chimenea con brasas,
Nimrod tirò leña para avivar el fuego, incluso en medio habìa una escalera que
daba a un piso superior.
Hizo una seña para que suba la
escalera de caracol, muy estrecha, lo hizo con miedo, al asomar la cabeza, dio
gracias que estuviera detràs suyo, porque puso cara de asombro.
Una gran cama con doseles negros,
tal como todas los del lugar, pero en vez de una ventana, habìa un viejo
observatorio, que jamàs notò desde afuera, claro que siempre que iba al enorme
castillo, miraba el suelo porque era su preferencia no mirar, como cuando
despertaba en el cuarto rojo.
Una extraña idea se colò en su
mente, incluso le pareciò que no era suya, no solo se negaba a mirar, sino
tambièn a sentir.
Puso el ojo en la lente del ultra
moderno telescopio, exclamando asombrada ante la belleza del cielo nocturno,
que titilaba e incluso se movìa, porque muy lentamente, lo obeservado salìa de
foco.
_ Esperaremos el dìa aquì. Nadie
sube jamàs.
Escuchò la extraña frase, sin
sacar el ojo de la lente fascinada de la vida que parecìa tener el cielo,
quizàs su abuela, sus mayores tuvieran razòn sobre dios.
Escuchò que Nimrod buscaba algo,
pero Sireiya estaba encantada con mirar el cielo, asì pudo enfocar los satèlites naturales del planeta, uno era
rojo lleno de cràteres, el otro estaba semioculto por la roja, pero blanco como la nieve.
_ Hace mucho que quiero darte
algo.
Le costò dejar de mirar el cielo
nocturno, sobre todo porque esas palabras le daban miedo, bajò del banquito, le
alcanzò algo envuelto en una tela azul brillante y suave.
Literalmente arrancò el paquete
de las manos, al abrirlo quedò con la mente en blanco, la muñeca de trapo que
le cosiò su abuela con retazos de las telas para hacer las ropas de la familia,
la primera vez que fue llamada al castillo la llevò, pero al regresar a su casa
no la tenìa màs.
Esa muñeca era su preferida,
llorò mucho por la pèrdida pero jamàs se le ocurriò pedirla, por el miedo que
le causaba la situaciòn que vivìa, hasta que finalmente quedò relegada al fondo
de su memoria.
_ Podès seguir durmiendo hasta el
amanecer, despuès te vas a tu casa.
Intentò ser medianamente amable,
como no le salìa mucho, preguntò un tanto violentamente:
_ ¿Porquè no salìs con tu madre?
La respuesta fue un encogimiento
de hombros, se acercò a un brasero dorado donde mantenìa caliente una ollita,
sirviò una gran jarra con un lìquido marròn y viscoso, alcanzàndoselo.
Sireiya lo oliò, era chocolate,
le encantaba y rara vez probaba, quizàs los dìas de fiesta, porque era muy caro
y escaso, sin dudar bebiò sintiendo el exquisito amargor que caìa hasta
selestòmago, hacièndola reconciliar en parte con su realidad de la que intentaba
escapar, trabajando a la par que sus padres en el campo, hasta caer rendida a
la noche.
Ese momento, fue uno de los pocos
que realmente mirò a Nimrod, aprendiò, como lo mencionè anteriormente, a no
mirar, para que ningùn detalle de dolor penetrara su coraza, sin conocer nada
de la vida, lo encontrò, joven como ella, la respuesta a sus pensamientos, fue algo que no querìa oìr.
_ Sabes que no es asì. _ hizo un
gesto señalando su cara _ Solo es una apariencia.
Bajò los ojos a la muñeca, al
verla tan limpia, recordò una imagen del cuarto rojo, la muñeca, tambièn roja,
una ira tremenda brotò de ella, arrojò la muñeca al rostro asombrado por el
volàtil carácter de Sireiya.
_ ¿Porquè yo?
_ ¿Por qué no? ¿Sos especial?
De pronto, caminò hacia èl,
transformada en una mujer, no en una vìctima, con los brazos en jarras, parada
con actitud desafiante:
_ Claro que soy especial, si no,
no estarìa acà.
Nimrod riò realmente con
sinceridad, tomàndola de los hombros.
La llevò al telescopio, durante
las tres horas siguientes, le enseñò las contelaciones, el mapa celeste, como
ubicarse, Sireiya jamàs recibiò educaciòn formal, los del castillo eran muy
antiguos, tuvieron tiempo de observar y aprender, dàndose cuenta que cierta
cantidad de tiempo era fundamental para ello.
En un momento, dijo.
_ Falta una hora para el
amanecer. Te acompaño a tu casa.
Bajaron por la escalera, Nimrod
tomò un libro como al pasar, eran mapas celestes.
_ No sè leer.
_ Aprendè, entonces. Te lo
regalo.
La dejò en la parte de afuera de
la cerca, al tomar el camino, esperò que llegara a la casa, hizo los ùltimos
metros corriendo, abriò la puerta con estruendo, sin mirar reboleò el libro,
que su padre esquivò.
_ Estabamos muy preocupados.
_ ¡No vi las antorchas reclamando
por mi persona a las puertas del castillo! _ explotò, gritando desaforada.
Saliò de la casa escondièndose en
el granero.
4
Como las ùltimas dos semanas
estaba ansiosa, el imsomnio regresò, por eso, a las dos de la mañana, despertò
sùbitamente, dio varias vueltas en la cama, los ojos se negaban a acatar la
orden de cerrarse, prendiò una vela, fue hasta el tocador, se cepillò el pelo,
enredado por las vueltas en la cama.
En un momento, no le gustò lo que
veìa, apagò la vela, quedando en la oscuridad, de pronto, escuchò que la traba
de los postigos cedìan y alguien se colaba
en la habitaciòn silencioso como una ràfaga de viento.
Durante mucho tiempo, Nimrod
entraba mientras dormìa, con los años se acostumbrò a encontrar el aroma
picante, que exhudaba su piel.
Con un movimiento de la mano
prendiò la vela, colocàndose detràs, miràndose por el espejo durante un minuto,
era lo màs parecido a un amigo que tuviera jamàs, que apareciera en el momento
en que cierta angustia le apretaba el pecho, le daba ciertoalivio.
Acercò una silla, ponièndose a su
lado.
_ Nadie puede obligarte a nada.
Mi madre quiere que me haga cargo del castillo, pero aùn no le respondo. Quiero
irme de aquì, esa tarea puede hacerla Gora mucho mejor que yo.
Mientras hablaba, tenìa la mano
càlida de Sireiya entre las suyas, permitìa con su natural resignaciòn que la
toque asì, de manera afectuosa, pero esa vez, lo mirò a los ojos, tìmidamente,
acariciò la mejilla frìa, eternamente juvenil.
_ A veces siento que te complace
ver como me pongo vieja.
Lo vio sonreìr.
_ Veintisiete años, no son
precisamente los de la senectud.
_ No importa. Quizàs si te hacès
cargo del castillo, las cosas cambien.
_ O quizàs no.
Durante un instante, sintiò que
los ojos de Sireiya hurgaban dentro con esa extraña magia que poseen
innatamente las mujeres, que comprendìa que ser amable, no ser como el resto de
su familia y amigos, requerìa de una gran fuerza de voluntad.
Tomàndola de la barbilla, acercó
su rostro al suyo, apretando màs de la cuenta.
_ Podes vivir conmigo allà,
quizàs logres frenar mis ansias. Claro, hasta que envejezcas y tus huesos sean
polvo.
Sacudiò la cabeza violentamente,
Nimrod la soltò, ella se levantò de un salto, un escalosfrìo corriò por la
columna, el viejo terror, saltò a primer plano.
_ Me tenès miedo por el pasado,
pero no temès casarte con un hombre que
ni siquera conoces. ¿Porquè no rompès el mandato? Veo que te hace infeliz. _
aseverò desde la silla.
_ ¿Huyendo rompès tu mandato?.
_Por lo menos no lo ejerzo. _
replicò un tanto ofuscado_ Que podès entender vos, que tenès una vida tan
limitada.
Sireiya enrojeciò de furia, le
pegò una cachetada que reverberò en la noche como un chasquido, fue como
golpear màrmol, el brazo entero quedò
sentido.
_¿Estàs bien?
_ Sì. Perdòn Nimrod. Siento
nàuseas de casarme, pero no sè que hacer.
La abrazò con cariño, diciendo:
_ Soy tu prìncipe, el que vive en
el castillo, que te rescatarà del viejo libidinoso.
Lo empujò, porque reìa a
carcajadas.
_ Si viene mi hermano harà un
escàndalo. Vivo en su casa.
_ ¡Ah! Me olvidaba la herencia es
del hijo varòn.
Metiò la mano en un bolsillo de
la camisa, dàndole una gruesa barra de chocolate envuelto en papel dorado,
haciendo una reverencia.
Le gustaba mirar cuando comìa,
ella lo sabìa, sentada en el borde de la cama intentando no devorar la
golosina, Nimrod le tocò el cuello cuando tragaba, oliò el aroma del chocolate
en su boca, maravillàndose al verla saborear la golosina, sintiendo como su
cuerpo absorvìa lo que consumìa.
_ Cuando comès, el olor de tu piel cambia. _
susurrò con los labios helados pegados a su brazo.
De manera inconciente, se le puso
la piel de gallina, dejò de tocarla al instante.
_ ¿Porquè me haces esto? Dejame
vivir mi vida de mierda en paz.
Durante un segundo le pareciò que
iba a replicar, pero simplemente le dio un beso en la mano, saliò por la
ventana, al instante entrò su hermano, con un cuchillo en cada mano.
Al ver a su hermana sentada
comiendo chocolate quedò desconcertado, aceptò un pedazo, sentàndose a su lado
sin hablar.
Dos dìas antes de casarse,
durante un almuerzo compartido entre las dos familias, en la casa del novio, un
viudo que tenìa hijos de la edad de Sireiya, apareciò un sirviente de librea dorada, en una moto con
los colores del castillo.
Le entregò un sobre con una
reverencia, al leer la misiva todos, la vieron palidecer, con las pupilas
dilatadas, demudada exclamò:
_ ¡Me mandan llamar del
castillo!.
6
Cuando llegò el dìa, fue sola,
con todas las ganas de salir huyendo, pero ràpidamente encontrò el lugar mental
del escape.
Como siempre la esperaba una
mujer que la condujo a un vestidor, sin emitir una palabra se cambiò de ropa,
usando la extraña habilidad para mirarse en el espejo sin verse en verdad, se
acomodò el escote del vestido de seda labrada, la mujer hizo una maravilla con
su cabello, que llevaba màs corto que el resto de las mujeres, terminò el
peinado con una preciosa hebilla de piedras de colores.
Tambièn colocò un collar con
piedras facetadas rojas, que le recordò el cuarto rojo, sin que su expresiòn
cambiara, sintiò como se le retorcìan las tripas del miedo.
Al salir del vestidor un
sirviente la guiò, como en un automàtico casi sigue de largo cuando el tipo
doblò por un pasillo de techo altìsimo con arcadas, pasò una enormes puertas de
hierro con dragones que envolvìan un extraño àrbol, el sirviente abriò las
puertas, entrò sola.
El recinto de techo abovedado
como una catedral gòtica, una chimenea caldeaba el ambiente, caminò hasta
Nimrod que le corriò la silla delante de una mesa, miràndola comer en silencio,
apenas unos bocados, tendiò la mano, que aceptò con terror cerval, la condujo
hasta otra mesa donde habìa un ajedrez bellìsimo de cristal, durante la noche
se dedicò con paciencia sideral, a enseñarle a jugar.
A la madrugada cuando se dio
cuenta que estaba cansada, hablò.
_ Preparè un lugar para que
descanses. Mandè cerrar este lado del castillo.
Durante largos minutos sostuvo la
mirada de Sireiya, que ya no era una pre pùber sino una mujer, en la plenitud
de su vida, realzada por las ropas lujosas.
_ Tomaste el mando.
_ Sì. _ le besò la mano, mientras
respondìa a la afirmaciòn.
Por una vez, se permitiò ser
cariñosa, lo abrazò, la cabeza de Nimrod fue apoyada sobre el pecho de Sireiya,
allì escuchò el corazòn latiendo, una tanto màs ràpido, el miedo, siempre presente.
Cuando hablò, las palabras sonaron
como mùsica para sus oidos:
_ Prefiero ver las
constelaciones.
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